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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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»Signy regresó a las tierras de Gotland, junto a su esposo, y dejó a su hijo adiestrándose en las artes guerreras junto a Sigmund. Pasado el tiempo, Sigmund y Sinfjotle se presentaron ante la fortaleza de Siggeir, dispuestos a luchar. Pero cayeron en una trampa que les tendió Siggeir y fueron capturados prisioneros. Siggeir ordenó que los enterrasen vivos a los dos, en una fosa cubierta por una enorme piedra rúnica. Por suerte, antes de que taparan la fosa, Signy, confundida con las sombras de la noche, dejó caer la espada mágica en la fosa y desapareció. Durante toda la noche Sigmund y Sinfjotle se turnaron con la espada hasta conseguir horadar la piedra. Luego no les fue difícil matar a los vigías, puesto que estaban borrachos celebrando su victoria. Padre e hijo reunieron leña suficiente, prendieron fuego a la casa de Siggeir y remataron a todo aquel que se atrevía a huir.

»Gritaron a Signy que saliera para salvarse, pero Signy se negó. Les explicó que Siggeir por fin había muerto y ella podía descansar: había cumplido su misión de vengar la afrenta de su familia. De joven no la dejaron elegir y la obligaron a casarse, y ahora que podía elegir, elegía la muerte. Abrazó a su hermano y su hijo para despedirse, tras lo cual entró en la casa, cerró las ventanas y se entregó a las llamas que pronto la devoraron.»

Cuando Gunnar acabó de explicar aquella historia, me invadió una gran tristeza: por la pobre Signy, a quien obligaron a casarse con su enemigo; por su triste final, devorada por las llamas; por su terrible deber con el honor, sacrificando a su hijo. Me pareció demasiado trágico y contundente. Además, no sabía adónde quería ir a parar Gunnar.

– ¿Quieres que me lance a las llamas para purificarme? -pregunté con sorna.

– ¡Ni lo sueñes!

– ¿Entonces? ¿Por qué me has explicado esta historia?

Gunnar dudó.

– La vida de Signy es como la vida de mis antepasados, tuvieron que luchar, que pelear, y todos tenían su destino escrito.

– ¿Crees en el destino? -pregunté incrédula.

– ¿Tú no? -me espetó Gunnar.

Recordé que una vez, de niña, una oráculo etrusca visitó a mi madre y leyó mi destino. Nunca quisieron explicarme qué vio en las vísceras del cordero que la asustó tanto. Yo pregunté, pero como única respuesta Deméter me dijo que los destinos no eran inamovibles, que podíamos modificarlos. Eso quería decir que mi destino no auguraba nada bueno. ¿Era eso?

– Yo creo que todos escribimos las páginas de nuestro propio libro, que antes de eso las páginas están en blanco.

Gunnar me miró admirado.

– Eres voluntariosa.

– Llámalo así; mi madre diría que soy rebelde.

– No te va a gustar lo que te voy a decir.

Yo estaba en ascuas. Desde el primer momento en que le vi, sabía que había alguna cosa que quería decirme y no sabía cómo. Ese no mirarme a los ojos, esa saga islandesa tan extraña…, todo era una dilación para confesar algo turbio.

– Meritxell está embarazada.

De todas las posibilidades que se me habían pasado por la cabeza, ésa era la única que no se me había ocurrido.

– Y quiere tener a su hijo -añadió.

Me hubiera gustado llorar, pero no pude. Me hubiera gustado sentir rabia, pero no pude. Sólo me quedé desconcertada. Mientras yo creía que tenía la potestad de decidir sobre la vida de los demás, los demás escribían su propia historia. Me temblaban las manos cuando le pregunté con un hilillo de voz:

– ¿Y qué vas a hacer?

Gunnar no se atrevió a mirarme a los ojos.

– A veces no podemos decidir sobre lo que desearíamos ni está en nuestras manos optar por la felicidad.

Era una forma como otra de decirme que se sentía responsable de esa criatura. Me pareció loable, pero hacía tan sólo una hora había confesado que no quería a Meritxell.

– ¿Así pues tu destino es tu deber…?

Al fin había entendido la moraleja de la saga. Me la explicó para justificar su propia decisión.

– No puedo dejar a Meritxell sola.

Me levanté y me marché con la cabeza retumbando como un millar de tambores. La felicidad había pasado rozándome, pero se alejaba de mí. Yo no podía ser feliz.

Meritxell tampoco. Estaba pálida, triste y muy desmejorada. Me compadecí de ella. Hubiera tenido que alejarme de su lado, y en verdad regresé dispuesta a cambiar de piso y a perderla de vista, pero no pude.

– Este fin de semana no ha querido ir a Andorra -me susurró Carla preocupada.

Entonces me acordé de la extraña revelación de Karen y la comenté, pero Carla se rió de mí y me mostró la dirección de Ordino que constaba en los documentos de Meritxell, las cartas enviadas por su padre y algunas fotos que hizo ella misma una vez que la acompañó de fin de semana. Decidí no dar importancia a esa confusión. Meritxell parecía tan indefensa, tan frágil, que me sentí en la obligación de ayudarla igual que ella me había ayudado a mí. Supongo que me hice trampas a mí misma. Esperaba oírle confesar una frase:

– Gunnar no me quiere.

Me la dijo una noche, después de vomitar la cena. Hacía días que el estómago no le admitía nada y yo la protegía para que Carla no la pusiese en un brete, pero no pude evitar que nuestra cocinera se molestase por el desaire de tantos platillos rechazados con un mohín de disgusto. Natural. Carla se había pasado horas cocinando un exquisito plato de verduras salteadas en una sartén china llamada wok, regalo de un amigo, y estaba expectante para que valorásemos su exquisitez. Sin embargo, en cuanto nos sentamos a la mesa, la reacción de Meritxell fue olerlo y comenzar con sus arcadas.

– Anda, prueba, y no hagas el numerito de cada día -exclamó Carla mientras le servía.

– ¿No ves que no se encuentra bien? -dije defendiéndola.

– Yo también sé fingir.

– No finge, está destrozada.

Meritxell me pidió neutralidad.

– Selene, no hace falta que me defiendas.

Y retiró su plato. Entonces Carla se lo volvió a colocar delante.

– Vas a probar mis verduras salteadas.

Meritxell palideció.

– No tengo hambre.

– No pienso permitirte que dejes de comer porque te haya dejado tu novio.

– No es eso -sollozó Meritxell, retirando el plato.

– Claro que es eso -respondió Carla con despecho volviendo a colocarle el plato delante-. ¿Tienes dignidad? Pues no la pierdas consumiéndote de anorexia por un borde que está como un queso y que te ha dejado por otra.

Yo palidecí. ¿Había tirado a matar adrede o había sido a voleo?

– Estoy fatal -musitó Meritxell.

– De amor no muere nadie. Anda, come -atacó Carla con determinación.

Y a pesar de la advertencia de Meritxell, intervine para evitar que Carla fuese indiscreta.

– ¿Lo has probado acaso?

– ¿La verdura? Está riquísima.

– El amor, burra, el amor.

Carla calló en seco y entendí que toda su agresividad hacia Meritxell seguramente provenía de algún chasco que se había llevado últimamente. Antes la llamaba siempre un tal Joaquín y desde hacía un tiempo el teléfono había dejado de sonar. Me pareció tristísimo. Tres chicas peleadas y al borde del suicidio por culpa del amor.

– A Joaquín le faltaba un poco de sal y pimienta, lo que le sobraba al vikingo macizo de Meritxell -confesó Carla degustando los espárragos trigueros.

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