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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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– ¿Quieres que hable con Gunnar?

Meritxell asintió y me abrazó.

– Anoche regresó muy tarde a la fiesta y estaba distante…

Me quedé helada. ¿Intuía algo Meritxell de lo que había sucedido entre Gunnar y yo? ¿Me estaba tendiendo una trampa? ¿Me pedía realmente que intercediese entre su amor y ella? ¿A mí, a la persona que se había interpuesto?

– ¿Te dijo algo?

Meritxell afirmó.

– Que había estado dando un largo paseo, que había pensado mucho y que quizá nos habíamos precipitado.

Me llevé la mano al corazón. Palpitaba con tanta intensidad que a la fuerza Meritxell tenía que oírlo. Retumbaba. Golpeaba mis costillas, se me quería salir por la boca.

Gunnar me prefería a mí, y me quería.

Pero… ¿y yo? ¿Qué haría yo sabiendo que estaba privando a mi amiga de lo único que la había hecho revivir tras la muerte de su madre?

Me debatía entre el deber y el deseo. Pero también me aliviaba pensar que el destino, a través de Meritxell, me ofrecía una segunda oportunidad para actuar como una Omar y restituir mi falta. No tendría que haber intervenido con mi vara torciendo la voluntad de Gunnar. No tendría que haberle ofrecido mi filtro. Jugué sucio y conseguí su amor con malas artes. Y de pronto lo vi todo fácil, sencillo. Había vivido una maravillosa noche de amor, pero había sido una noche robada. Le pertenecía a Meritxell. Se la devolvería y así yo recuperaría la paz, y ella, la estabilidad.

Con la connivencia de Meritxell, telefoneé a Gunnar y quedamos para vernos en un lugar tranquilo y charlar. Gunnar me invitó a su casa.

Sin embargo las cosas nunca son tan sencillas como las planeamos.

Gunnar vivía solo, en un loft cálido con suelos de madera de abedul y paredes cubiertas de estanterías repletas de libros.

Me abrió vestido despreocupadamente con unos vaqueros, unas sandalias y una camisa de cuadros sin abotonar, con las mangas dobladas por encima del codo, los brazos robustos, cubiertos de un vello rubio. Me rodeó la cintura con su mano derecha y me atrajo hacia él con firmeza mientras con la izquierda cerraba la puerta tras de mí. Me flaquearon las piernas y se me nubló la vista. Todos los propósitos que me había hecho de devolverlo a los brazos de Meritxell se esfumaron. Sin mediar palabra nos besamos. Sólo le oí murmurar, mientras me cogía en brazos, que era un hombre con hamindje por haberme conocido. Luego supe que quería decir suerte.

¿Suerte?

Gunnar se consideraba afortunado por haberse enamorado de mí. Meritxell se creía afortunada por ser mi amiga. Y yo los quería a los dos y me negaba a renunciar al uno o al otro. Deméter lo hubiera considerado codicia. Tía Criselda lo hubiera bautizado como gula. La prima Leto lo hubiera llamado capricho. Yo sabía que era un dilema.

Cuántas equivocaciones cometemos. A cuántos infelices arrollamos en nuestra loca carrera por sobrevivir.

Me veía obligada a atropellar a uno o a otro. Y lo peor, lo más complicado era que tenía que resolverlo yo sola. No podía contar con Deméter ni con el clan. Las había traicionado. El uso indebido de la magia estaba duramente castigado.

De momento decidí parchear la situación.

Al salir de casa de Gunnar le rogué que no le dijese nada a Meritxell sobre lo nuestro, que lo mantuviéramos en secreto hasta que Meritxell estuviese preparada para asimilarlo.

Gunnar mordisqueó mi cuello. Me tomó la cara con sus grandes manos y me obligó a mirarlo.

– No me gusta mentir.

Sus ojos azules centelleaban. Me hizo sentir mal.

– No te pido que mientas, sólo te pido que no le digas la verdad.

Gunnar chasqueó la lengua.

– La verdad es necesaria siempre. En mi tierra no se admite la traición.

Me sentí peor que un gusano, pero mi miedo a enfrentarme con el dolor de Meritxell me obligó a insistir.

– No te pido que seas traidor, te pido que no digas nada. Déjame que hable con ella y…

– Y prolongues su sufrimiento -sentenció Gunnar con acierto.

Yo sabía que no iba errado, pero también que a veces la verdad hiere como un cuchillo y en cambio el tiempo ayuda a diluir el dolor. Por eso insistí.

– Ahora Meritxell respira a través de tu amor. Si se lo quitas de golpe quedará sin oxígeno. Se tiene que ir acostumbrando poco a poco a prescindir de ti.

Gunnar era tozudo.

– Duele menos una mano cortada que una espada bailando sobre tu mano eternamente.

Sus metáforas guerreras me asustaban. Mi vikingo era impetuoso y leal, pero si blandía la espada de la verdad con la furia de un berseker despedazaría el corazón de la pobre Meritxell.

– Por favor te lo pido, hazlo por mí. Mantén en secreto mi nombre. Aléjate lentamente de Meritxell.

Y accedió.

A Meritxell le planteé que Gunnar tenía una crisis de nostalgia por su tierra y que dudaba entre echar raíces en el Mediterráneo o regresar a las brumas del Norte y al hielo de donde procedía; que quería tomar una decisión pronto y que no quería involucrar a nadie.

Meritxell parpadeó asombrada.

– ¿Y por qué no me lo dijo?

– Para no preocuparte.

– Es absurdo.

– Los hombres son bastante absurdos.

Meritxell sonrió.

– Si quiere volver a Islandia, le acompañaré.

Me quedé de una pieza.

– ¿Estás loca? Ese viento gélido, el largo invierno, la noche eterna…

– ¿Y qué?

– Te marchitarías como un lirio en la nevera. No puedes trasplantarte a otra latitud, a otro clima.

– Te equivocas. Nací en los valles de Ordino, mi tierra es el Pirineo.

Y aunque Meritxell parecía delicada como una flor de invernadero, era cierto. Había crecido entre montañas, nieve y temperaturas extremas. Seguramente aprendió a esquiar sin apenas saber caminar y jugó con el trineo en el patio de la escuela.

– ¿Y la lengua? Jamás te acostumbrarías a su lengua.

– ¿Es muy difícil?

– Dificilísima: escandinava con influencias germanas y sajonas.

Meritxell palideció. Había encontrado su talón de Aquiles.

– Soy negada para las lenguas.

La vi dudar e insistí en el punto que me parecía más frágil.

– ¿Y la luz? Durante seis meses no verías la luz.

Meritxell, pintora y amante de la luz, perdió pie.

– ¿Cuánto tiempo?

Fui yo quien no comprendí la pregunta.

– ¿El qué?

– ¿Cuánto tiempo necesita Gunnar para pensar?

– Un mes -respondí sin titubear.

Meritxell asintió.

– Está bien.

Me asombré de mi capacidad de mentir, de mi aplomo para resolver un problema que había creado yo misma.

Tenía un mes para decidir qué hacía con mi amor y mi amiga. Y, estúpida de mí, creí que era la única que tenía la voluntad para decidir. No concebía que los demás tomasen decisiones por su cuenta.

* * *

Selene calló y Anaíd se dio cuenta de que había oscurecido y de que Clodia, con los brazos en jarras y un estilo muy siciliano, las había interrumpido.

– Mamma mia! ¿Aún estás así?

Selene miró su reloj y se quedó atónita.

– Es tardísimo.

Anaíd se angustió. Faltaban unos minutos para la fiesta. Pronto comenzaría a llegar la gente. Los bocadillos estaban acabados y el local a punto, pero ella no se había cambiado.

Y mientras corría de la mano de Clodia hacia su casa para embutirse a toda prisa un top y unos pantalones de licra, iba degustando lentamente la historia de amor imposible que le estaba explicando Selene.

– Si tú te enamorases de mi novio sin saberlo, ¿qué harías? -le preguntó a Clodia a bocajarro.

– Ya me ha pasado.

Anaíd palideció.

– ¿Qué dices?

Clodia le señaló una figura que descendía de una moto y las saludaba con la mano.

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