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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Esa mujer lo sabía todo sobre Rand y ella. Todo. Sintió enrojecer sus mejillas. Sorilea parecía estar intentando decidir si Min Farshaw era una… amante adecuada para Rand al’Thor. Esa palabra la hacía sentirse tontamente mareada; ¡ella no era una cabeza de chorlito! Esa palabra la hacía desear mirar hacia atrás, con culpabilidad, buscando a las tías que la habían criado. «No —pensó mordazmente—, no eres una cabeza de chorlito. ¡Un chorlito tiene juicio, comparado contigo!»

O quizá Sorilea quería saber si Rand era adecuado para ella; a veces daba esa impresión. Las Sabias la aceptaban como una de ellas, o casi, pero en las últimas semanas Sorilea la había exprimido como un rodillo de la lavandería. La Sabia de cabello blanco y tez curtida como cuero viejo quería saber hasta el mínimo detalle de ella, y de Rand. ¡Darles la vuelta a los bolsillos para sacar hasta la más pequeña pelusilla que hubiese en ellos! En dos ocasiones Min había intentado eludir el incesante interrogatorio, ¡y en ambas ocasiones Sorilea había echado mano a una vara! Esa terrible anciana se limitó a empujarla sobre un lado de la mesa más cercana, y después le había dicho que quizás eso le refrescaría la memoria y se acordaría de otro pequeño detalle. ¡Ninguna de las otras Sabias pronunció una sola palabra de conmiseración! ¡Luz, las cosas que una tenía que aguantar por un hombre! ¡Y ni siquiera podía tenerlo para ella sola!

Cadsuane era absolutamente otro cantar. A la enormemente circunspecta Aes Sedai, de cabello tan entrecano como blanco era el de Sorilea, no parecía importarle un pimiento Min ni Rand, pero se pasaba casi todo el día en el Palacio del Sol, de manera que evitarla por completo era del todo imposible; al parecer, se movía por el palacio como si fuese su casa, yendo allí donde le apetecía. Y cuando Cadsuane la miraba, aunque lo hiciera brevemente, Min no podía evitar verla como una mujer capaz de enseñar a bailar a los toros y a cantar a los osos. Siempre esperaba que la mujer la señalara mientras manifestaba que era el momento de que Min Farshaw aprendiera a sostener una pelota en equilibrio sobre la punta de la nariz. Antes o después, Rand tenía que encontrarse con Cadsuane de nuevo, y la mera idea le producía un nudo en el estómago.

Se obligó a poner atención en el libro. Una de las puertas se abrió y Rand entró con el Cetro del Dragón apoyado en el doblez del brazo. Llevaba una corona dorada, un ancho aro de hojas de laurel —debía de ser la Corona de Espadas de la que todo el mundo hablaba—, calzas que hacían lucir al máximo sus piernas, y una chaqueta de seda verde, bordada en oro, que le sentaba estupendamente. Estaba guapísimo.

Marcó la hoja con la nota que maese Fel había escrito diciendo que era «demasiado bonita», cerró tranquilamente el libro y lo soltó con igual tranquilidad en el suelo, a un lado del sillón. Luego se cruzó de brazos y esperó. Si se hubiese encontrado de pie, habría dado golpecitos impacientes en el suelo, pero no estaba dispuesta a que el hombre pensara que se levantaba de un brinco porque finalmente se dignaba aparecer.

Él se quedó un momento parado, sonriendo y dándose tironcillos del lóbulo de la oreja por alguna razón —¡parecía estar canturreando entre dientes!— y después se giró bruscamente para mirar ceñudo hacia las puertas.

—Las Doncellas que montan guardia fuera no me dijeron que estabas aquí. En realidad, apenas pronunciaron palabra. Luz, parecían a punto de velarse el rostro cuando me vieron.

—Quizá se sienten molestas —contestó con calma—. Quizá se preguntaban dónde te habías metido. Igual que yo. Quizá se preguntaban si estarías herido, o enfermo o congelado. —«Igual que yo», pensó amargamente. ¡Y encima parecía desconcertado!

—Te escribí —contestó despacio, y ella resopló.

—¡Dos veces! Dos notas despachadas por Asha’man, Rand al’Thor. ¡Si a eso llamas escribir!

Él se tambaleó como si lo hubiese abofeteado —no, como si le hubiese atizado una patada en la tripa— y parpadeó. Min se controló y se recostó en el respaldo del sillón. Si una se mostraba comprensiva con un hombre en el momento equivocado nunca recuperaba el terreno perdido. Una parte de su ser deseaba arrojarse en sus brazos, consolarlo, compartir sus penas, aliviar sus angustias. Tenía muchas, pero rehusaba admitir una sola. Pero ella no iba a saltar del sillón y correr hacia él, ni a inquirir anhelante qué iba mal o… Luz, tenía que encontrarse bien.

Algo la tomó suavemente por las axilas y la levantó del sillón. Colgando en el aire, flotó hacia él. El Cetro del Dragón se apartó flotando de Rand. Vaya, de modo que creía que con una sonrisa se arreglaba todo, ¿verdad? ¿Pensaba que con eso la haría cambiar de humor? Abrió la boca para decirle lo que opinaba. Sin andarse con contemplaciones. Rodeándola con los brazos, la besó.

Cuando la joven pudo respirar de nuevo, alzó los ojos hacia él.

—La primera vez… —Tragó saliva para aclararse la voz—. La primera vez, Jahar Narishma entró, intentando traspasar con la mirada el cráneo de todo el mundo, del modo que él sabe hacer, y desapareció después de entregarme un trozo de papel. Veamos. Decía: «He reclamado la corona de Illian. No confíes en nadie hasta que regrese. Rand». No puede decirse que fuera una carta de amor, exactamente.

Él volvió a besarla.

En esta ocasión, recobrar el aliento le costó un poco más de tiempo. Aquello no estaba saliendo como había esperado, ni mucho menos. Por otro lado, tampoco iba demasiado mal.

—La segunda vez, Jonan Adley me entregó un trocito de papel que decía: «Regresaré cuando termine aquí. No confíes en nadie. Rand». Por cierto, Adley entró en mi baño —añadió—, y no sintió ningún apuro en echar una buena ojeada.

Rand siempre fingía que no se sentía celoso —como si hubiese un solo hombre en el mundo que no lo fuera—, pero ella se había fijado en las miradas ceñudas que lanzaba a los que la miraban. Y también que su ya considerable ardor era aún más intenso después. Se preguntó cómo sería el siguiente beso. Tal vez debería sugerirle que se retiraran al dormitorio. Ni hablar; no pensaba ser tan descarada, por mucho que…

Rand la soltó en el suelo; su semblante se había tornado sombrío de repente.

—Adley ha muerto —anunció.

De pronto la corona salió disparada de su cabeza y cruzó toda la sala, como si la hubiesen lanzado por el aire. Justo cuando Min creía que iba a estrellarse contra el respaldo del Trono del Dragón, quizás a atravesar el mueble, el ancho aro de oro se frenó de golpe y se posó suavemente sobre el asiento.

La joven se quedó sin aliento cuando miró a Rand. La sangre brillaba en los mechones rojizos, encima de la oreja izquierda. Sacó un pañuelo de puntillas de la manga y alzó la mano hacia su sien, pero él le agarró la muñeca.

—Lo maté —musitó.

Su voz sonó de un modo que le produjo un escalofrío. Tan quedo. Como la quietud de la tumba. Tal vez lo de ir al dormitorio era una estupenda idea. Por atrevida que fuera. Obligándose a sonreír —y enrojeciendo al darse cuenta de la facilidad con que había esbozado la sonrisa al pensar en la enorme cama— agarró la pechera de la camisa, dispuesta a arrancarle camisa y chaqueta en ese mismo momento.

Alguien llamó a la puerta.

Las manos de Min se retiraron prestamente de la camisa de Rand. Y también ella se apartó de un salto. Se preguntó, irritada, quién sería. Las Doncellas entraban para anunciar las visitas cuando Rand estaba allí o simplemente las hacían pasar.

—Adelante —contestó él en voz alta al tiempo que le dirigía una sonrisa apesadumbrada. Lo cual la hizo enrojecer de nuevo.

Dobraine asomó la cabeza por la puerta antes de entrar y la cerró tras de sí al ver que estaban de pie, juntos. El noble cairhienino era un hombre pequeño, poco más alto que ella, con la parte delantera de la cabeza afeitada y el resto del cabello, gris en su mayor parte, cayéndole sobre los hombros. Franjas azules y blancas decoraban la pechera de su chaqueta negra hasta más abajo de la cintura. Incluso antes de ganarse el favor de Rand, había sido una figura poderosa en el país. Ahora lo gobernaba; al menos hasta que Elayne pudiese reclamar el trono.

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