El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
»No importa. Había dos grandes cacerolas. Teníamos que descuartizar a los muertos, y Cheryl fue sintiéndose mal. Tuve que ayudarla. Nos dieron cuchillos y troceamos los cuerpos, y aquel médico con aspecto de conejo lo inspeccionaba todo antes de echarlo a la cacerola. Una mujer cogió un cuchillo de carnicero y se quedó mirando aquella... la mitad inferior de un hombre muerto. Entonces alzó las manos y echó a correr hacia un guardia. La mataron a tiros y el tipo aquel la inspeccionó y luego la descuartizamos a ella también.
»Y mientras el... cocido... iba haciéndose, Armitage no dejaba de predicar. Podía hacerlo durante horas sin detenerse. Todos los ángeles decían que aquello era una señal milagrosa, que un hombre de su edad pudiera predicar sin cansarse. Gritaba que nada les estaba prohibido a los Angeles del Señor, que nuestros pecados no eran perdonados. Llegó el momento y comimos. Un tipo que había soportado bien la carnicería no pudo comer. Entonces nos obligaron a derribarlo al suelo y degollarlo.
Hugo se detuvo, sin aliento, y el silencio se hizo en la estancia.
—¿Y tú comiste? —preguntó el senador Jellison.
—Sí, comí.
—Supongo que no pensarás que puedes quedarte aquí después de eso —dijo George Christopher casi con amabilidad.
Harry miraba a las mujeres. Eileen estaba serena, pero Harry observó que evitaba mirar a Hugo. La cosmonauta soviética, en cambio, le miraba horrorizada. A Harry le recordó la manera en que su hermana había mirado a una enorme araña que corría por la bañera que estaba a punto de llenar. Aquella mujer tenía los ojos muy abiertos y miraba fijamente a Hugo.
¡Vean ahora! El capitalista típico muestra ciertas tendencias que tenía latentes, de las cuáles el asesinato y el canibalismo...
Harry rogó que nadie mirase en su dirección. Nadie más sentía el impulso de echarse a reír. Tenía ganas de esconderse bajo la mesa.
—No, sé que no puedo quedarme aquí, ni en ninguna parte. En eso estriba su fuerza. Una vez has comido carne humana, ¿adonde puedes ir? Eres uno de ellos, y ese loco predicador te dice que todo está bien. Eres un Ángel del Señor. No puedes hacer nada malo, excepto huir, y entonces eres un apóstata. —Bajó el tono de voz y añadió—: Esa es su fuerza, y les va bien. Cheryl no quiso huir conmigo. Iba a entregarme a aquella gente, y tuve que matarla. Era la única forma de salir de allí... Ojalá no lo hubiera hecho, pero no tenía más remedio.
—¿Cuánto tiempo estuviste con ellos? —le preguntó Al Hardy.
—Unas tres semanas. Hubo otra guerra e hicimos más prisioneros. Todo fue igual que antes, sólo que ahora yo estaba fuera de la alambrada, con una pistola y gritando aleluya. Nos dirigimos de nuevo hacia el norte, hacia las tierras del señor Wilson, y cuando vi a Harry no me atreví a hablarle. Pero al ver que le dejaban libre...
—¿Te dejaron libre? —preguntó el senador.
—Sí, señor, pero se llevaron el camión —dijo Harry—. Tengo un mensaje para usted, de los Angeles del Señor. Por eso me soltaron. Cuando me capturaron les dije que era su cartero, que estaba bajo su protección, y les mostré aquella carta que usted escribió. Se echaron a reír, pero entonces Jerry Owen dijo...
—Owen de nuevo —dijo Christopher—. Sabía que debía matarle.
—Así que Owen es uno de los líderes —dijo Al Hardy.
Harry se encogió de hombros.
—Le escuchan, pero él no da ninguna orden, o al menos nunca vi que lo hiciera. Dijo que yo sería la persona más indicada para traerle un mensaje, y lo he traído. Había andado algunos kilómetros por la carretera cuando Hugo me dio alcance, y después de que me dijera cómo estaban las cosas aquí, pensé que debería oír esa historia antes de leer la carta que le han enviado.
—Sí. Has hecho bien, Harry —dijo Jellison—. ¿Qué dices, George? Beck fue expulsado por orden tuya.
Christopher parecía aturdido por todo lo que había oído.
—Podemos darle veinticuatro horas. Que pase aquí la noche y le daremos tres comidas como es debido.
—Creo que deberíamos leer ese mensaje antes de decidir nada —dijo Al Hardy—. Y necesitamos mucha más información. ¿Qué fuerza tienen, Hugo? Has dicho que son unos mil hombres. ¿Es un cálculo correcto?
—Es lo que Jerry Owen dijo que le había dicho el sargento Hooker. Creo que es más o menos correcto. Pero cada vez son más. Se han apoderado de Bakersfield. Todavía no se han organizado ahí, pero son los dueños, y su gente anda buscando entre los restos de la ciudad... armas y reclutas.
—¿Así que son más de un millar?
—Creo que sí, pero quizá no todos estén armados, ni muchos de ellos reclutados todavía.
—Parece que están en condiciones de doblar sus efectivos después de una... una ceremonia de iniciación —dijo Hardy—. Tenemos problemas. Has mencionado al sargento Hooker. ¿Quién es?
Beck se encogió de hombros.
—Sólo sé que manda mucho. Es un militar negro, o al menos lleva uniforme militar. Hay generales y otros jefes, pero el sargento Hooker los supera a todos en rango. No le he visto mucho. Tiene su propia tienda, y cuando va a alguna parte le llevan en un coche lleno de guardaespaldas. Armitage le habla siempre con mucha cortesía.
—Un negro —dijo George Christopher. Miró a Rick Delanty, que había permanecido sentado en silencio mientras Beck contaba su historia. Luego apartó apresuradamente la vista.
—Hay otros dirigentes negros —dijo Beck—. Pasan mucho tiempo con Hooker. Y hay que ir con cuidado para no decir nada malo de los negros, los chicanos o cualquier otro. Los dos primeros días te zurran si lo haces, lo mismo que si un negro insulta a un blanco, pero si no aprendes con rapidez piensan que no te has convertido realmente...
—No os preocupéis por mí —dijo Rick Delanty—. Tengo toda la igualdad que siempre he deseado.
Harvey Randall y Tim Hamner entraron en la sala, con sillas plegables de la biblioteca. Eileen se acercó a Tim y le susurró algo apresuradamente, y todo el mundo trató de ignorar la creciente expresión de horror en el rostro de Hamner. Alice Cox trajo lámparas de keroseno. Su alegre resplandor amarillo parecía fuera de lugar.
—¿Quiere que encienda fuego, senador? —preguntó Alice.
—Sí, por favor. ¿Viste su arsenal, Hugo?
—Sí, señor. Había muchas armas. Ametralladoras, algunos cañones y morteros...
—Necesito detalles —dijo Al Hardy—. Todos los necesitamos, y las cosas empiezan a complicarse. Podríamos necesitar más de un día para obtener toda la información útil que tiene Hugo. Señor Christopher, ¿podría reconsiderar su postura?
—No le quiero aquí. No puede quedarse.
Hardy se encogió de hombros.
—¿Y el gobernador? Hugo, ¿qué sabe del vicegobernador Montross?
—Nada, excepto que está allí. Cuando va a alguna parte está rodeado de guardaespaldas, igual que el sargento Hooker. El gobernador nunca se dirigió a nosotros, pero a veces nos dieron mensajes en su nombre.
—¿Pero quién está al mando de ese grupo? —preguntó Hardy.
—¡No lo sé! Creo que es un comité. Nunca llegué a hablar con los jefes... La mía era una mujer negra llamada Cassie, una mujerona de mal genio y muy creyente. Los jefes verdaderos eran Armitage y el sargento Hooker. El gobernador, tal vez. Y un negro de la ciudad, un tal Alim Nassor...
—¿Alim Nassor? —preguntó Randall—. Le conozco. Una vez le entrevistamos. Era un líder por naturaleza, muy poderoso en la zona de Watts.