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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Tampoco lo son los negros.

—Pero tú sí. ¡Eres un héroe del espacio. Se lo prometimos, Rick. Y bajamos en su cápsula.

—Entonces quédate e iré yo. Maldita sea, Johnny, esa central nuclear es importante.

—Lo sé. Ahora recuerda dónde vamos y dime lo que pensará cualquiera que vea un rostro negro desde cierta distancia. No puedes hacer de embajador. Calla y acata las órdenes, coronel Delanty.

Rick se quedó un momento en silencio.

—Sí, señor. Me gustaría presentar una queja pero no sé la dirección del inspector general.

Baker dio unas palmadas a Delanty en el hombro y volvió a Tim, el cual no mencionó nada de lo que había oído.

—Te necesitan dentro —le dijo.

Hamner parpadeó.

—De acuerdo.

Entró en la casa, todavía sujetando la mano de Eileen. La hinchazón de su vientre sólo empezaba a notarse, pero le hacía perder el equilibrio; tropezó y tuvo que sostenerse del brazo de Tim.

Jellison, Hardy y Dan Forrester estaban en la sala de estar. Forrester entregó a Tim una bolsa de plástico que contenía papeles.

—Son algunas otras ideas que he tenido. El general Baker también tiene copias, pero...

—De acuerdo —dijo Tim.

—Si tenéis ocasión, explorad la orilla occidental —dijo Al Hardy—. Nos gustaría saber cómo están las cosas allí. Y aquí tienes una lista de cosas que podríamos usar.

Tim miró los papeles. A través del plástico sólo podía ver la primera hoja. Era una lista: óxido de hierro (se encuentra en tiendas de pintura, recibe el nombre de pigmento rojo; también se encuentra en piezas oxidadas en los cementerios de coches; también puede extraerse de cualquier hierro oxidado, convirtiéndolo en polvo fino); aluminio en polvo (se encuentra en tiendas de pintura en forma de pigmento); escayola...

La lista era larga, y la mayor parte de los artículos parecían inútiles. Pero Tim sabía que en las demás hojas estaban indicados los medios para convertir aquellos artículos corrientes en armas mortíferas. Miró a Forrester.

—No me gustaría nada tenerte en contra mía —le dijo.

Forrester pareció azorado.

—Recuerdo todo lo que leo, y leo mucho.

—¿Has practicado alguna vez buceo sin escafandra? —le preguntó Al Hardy. Era una extraña pregunta.

—Sí.

—Lo suponía —dijo Hardy—. Resulta que tú y Randall sois los únicos que habéis tenido esa idea. Ese campamento de pescadores cerca de Porterville tiene equipos de inmersión que pudieron rescatar, y nos los venden junto con los botes. —Hardy miró tristemente a Forrester—: Esta expedición es cara. No puedes imaginar hasta qué punto. Hemos tenido que hacer trueques por los botes, y necesitan gasolina, de la que no tenemos bastante. Y todos esos sacos que te llevas... Buen fertilizante...

—Lo siento —dijo Forrester.

—Está bien —dijo Hardy—. Hamner, en el valle hay poblaciones sumergidas. Confiamos en que tú o Baker tendréis ocasión de efectuar algunas operaciones de rescate. Ambos tenéis experiencia en submarinismo, pero el único traje de hombre rana que hemos podido conseguir es pequeño. No sé si le irá bien a Baker, pero me temo que no, así que tú tendrás que sumergirte. Hay otra lista entre esos papeles que te ha dado Forrester. Cosas que necesitamos. Pero a esto debes darle prioridad.

—Y queremos información —dijo el senador Jellison. Hablaba en tono de fatiga, y a Tim le pareció que tenía mal aspecto, pero tal vez sólo se debía a la pálida luz amarilla de la lámpara de keroseno—. Hemos tenido un breve contacto por radio con gente al otro lado del San Joaquín —añadió el senador—. Allí había muchos yacimientos petrolíferos, y parece que hay supervivientes. Por la radio parecían amistosos, pero vete a saber. Averigua cuanto puedas. Tal vez lo sepan los de la central nuclear. Podrían ser aliados, y Baker tiene autoridad para hacer tratos. Tú no, pero conoces las condiciones mejor que Johnny. El necesitará tu consejo.

Tim se quedó pensativo.

—Todo el mundo ha supuesto que la gente de la central nuclear nos recibirá bien, pero ¿y si no es así? Yo creía que mi observatorio... Bueno, ¿qué hacemos si son hostiles?

—En ese caso Baker tiene instrucciones —dijo Jellison—. Advertidles del peligro de los caníbales y dejadles solos.

—Y ved lo que se puede salvar en el valle —dijo Hardy—. No podemos dejar que este gasto de gasolina y mano de obra sea inútil.

Un ranchero asomó la cabeza por la puerta.

—Los exploradores han vuelto —anunció—. Todo está bien. Tenemos los botes.

Hardy asintió.

—Bien Hamner, despídete. Ahora averiguaré con exactitud cuánto nos cuesta todo esto.

Tras decir aquellas palabras en tono disgustado, Hardy salió de la estancia.

Bajo la poblada barba negra, los labios de Dan Forrester formaban una línea dura. Forrester no siempre mostraba su enojo. Ahora se mostraba en su forma de farfullar las palabras.

—Abandonar la central nuclear no sería la solución óptima —dijo.

—La salvaremos. Tú custodia el frente civil.

Tim salió a la fría noche. Faltaban cuatro horas para el alba.

Cuando el camión se alejó, Maureen se esforzó por contener las lágrimas. Contempló las luces traseras hasta que se desvanecieron en la carretera del sur.

Pensó que todo aquello era lógico. Si tenían que enviar una expedición, era lógico que la mandara Johnny Baker. La gente le conocía. Podían reconocerle o al menos sabían quién era, y nadie más en la fortaleza reunía esas condiciones. George Christopher y los demás que iban a caballo podrían avanzar por el lado oriental del valle, sin bajar las colinas, buscando ranchos, valles organizados y gente a la que pudieran reclutar para resistir el ataque de los caníbales. Pero nadie al otro lado del San Joaquín habría oído hablar de los Christopher, y en cambio conocerían a Johnny Baker. Johnny era un héroe.

Maureen no deseaba entrar. Allí estarían Al Hardy y Harvey Randall, trabajando con el doctor Forrester, planeando la actividad del día siguiente, localizando suministros y productos químicos que Forrester podría usar. También su padre estaría allí. No quería ver a Harv en aquellos momentos, ni tampoco a su padre.

—No soy más que un premio en un maldito concurso —dijo en voz alta—, en un cuento de hadas. ¿Por qué nunca habla nadie en favor de la princesa?

Difícilmente podía culpar a su padre por aquella situación, aunque se sentía tentada a hacerlo. Pero no podía negar la lógica de las cosas.

Era preciso que la fortaleza tuviera aliados, gente que se les pudiera unir para luchar contra los caníbales, y aquella gente estaba sólo en las montañas, donde los hombres no podían llegar más que a pie o a caballo. En su mayoría serían de la región. Era lógico enviar a veinte personas del lugar que subirían a las montañas a caballo, dirigidas por uno de ellos, un buen jinete: George Christopher.

Y, gracias a la suave extorsión de Forrester, era preciso salvar la central nuclear. Pero, cortados todos los vínculos con el exterior, ¿cómo sabrían los defensores distinguir a los amigos de los enemigos? Lo mejor era enviar a un hombre con cierta autoridad militar, un hombre que cualquier adulto norteamericano reconocería en medio de la niebla o en una noche sin luna: el general Johnny Baker.

Quedaba, pues, Harvey Randall para trabajar con el doctor Forrester, al que había conocido en una vida anterior, en la preparación de las armas para defender la fortaleza.

Y así los caballeros cabalgaban en todas direcciones, y el que regresara con el premio —su vida— heredaría a la princesa y la mitad del reino. Todos podían regresar. Sí, podría suceder. ¿Pero cuándo tendría elección la princesa?

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