El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—Espera un momento. —La voz de George Christopher mostraba una mezcla de interés e incredulidad—. Henry Armitage era un predicador de la radio. Solía escucharle. Era un buen hombre. ¿Ahora dices que se ha vuelto loco?
A Hugo le costó mirar directamente a Christopher, pero habló con voz bastante firme.
—Está completamente ido, señor Christopher. Todos sabéis que la caída del cometa ha enloquecido a mucha gente. Armitage tenía más motivos que la mayoría.
—Pero lo que decía tenía sentido, siempre. De acuerdo, continúa. ¿Qué le hizo volverse loco y por qué te lo dijo a ti?
—¡Pero eso formaba parte de su discurso! Nos dijo que sabía que el Martillo de Dios traería el fin del mundo. Advirtió al mundo lo mejor que pudo, por la radio, la televisión, los periódicos...
—Eso es correcto —dijo George.
—Y el último día reunió cincuenta buenos amigos, no sólo miembros de su congregación, sino amigos, junto con su familia, y subió a lo alto de una montaña para observar. Vieron tres impactos. Aguantaron aquella misteriosa lluvia que empezó con bolitas de barro caliente y terminó como el Diluvio Universal, y Armitage esperó la llegada de los ángeles.
»Ninguno de nosotros se rió cuando dijo eso, pues no eran sólo los prisioneros los que escuchaban, sino muchos.. Angeles del Señor, como se llaman a sí mismos, que le habían rodeado y eran todo oídos. De vez en cuando exclamaban ¡amén! y agitaban sus armas ante nosotros. No nos atrevíamos a reírnos.
»Armitage esperó a que llegaran los ángeles en busca de su rebaño, pero nunca llegaron. Con el tiempo, bajaron la colina, en busca de seguridad.
»Anduvieron por la orilla del mar de San Joaquín, y vieron cadáveres por todas partes. Algunos de los amigos de Armitage perdieron la esperanza y murieron. El hombre estaba desesperado. Descubrieron toda clase de horrores, lugares en donde habían estado los caníbales. Algunos de ellos enfermaron, y un par de ellos fueron muertos a tiros cuando trataban de entrar en una escuela medio inundada...
—Vaya al grano —dijo el senador.
—Sí, señor. Lo estoy intentando. La parte que sigue es nebulosa. Durante todo ese tiempo. Armitage trató de imaginar dónde habían ido los ángeles, por así decirlo. Y en algún punto de su vagabundeo lo descubrió. Aquí encaja Jerry Owen, de alguna manera.
—¿Owen?
—Sí. Owen se había unido a aquel grupo. Según él, hizo que Armitage volviera a la vida. No sé si algo de eso es cierto, pero sé con certeza que en cuanto Jerry le pescó, Armitage se unió a la banda de caníbales, que ahora se llama Ejército de la Nueva Hermandad y está dirigido por los Angeles del Señor.
—¿Y Jerry Owen es su general? —preguntó George Christopher. Aquello parecía divertirle.
—No, señor. Ignoro cuál es su posición. Desde luego, es un dirigente, pero no creo que sea tan importante. Déjenme que les diga esto, por favor. Tengo que decírselo a alguien. —Alzó el vaso de whisky y se lo quedó mirando—. Esto es lo que Armitage dijo a los caníbales, y lo que nos dijo a nosotros.
Hugo se concedió tiempo para pensar mientras terminaba el whisky. Harry pensó que Hugo lo estaba haciendo bien, que no iba a tener problemas por su culpa.
—Nos dijo que la obra del Martillo no ha terminado, que Dios no pretendió terminar con la humanidad, sino que su propósito fue sólo destruir la civilización, de manera que el hombre pudiera vivir de nuevo como Dios lo desea. Se ganará el pan con el sudor de su frente. Ya no contaminará la tierra y el mar y el aire con la basura de una civilización industrial que le aleja más y más del camino de Dios. Algunos de nosotros hemos sido salvados para terminar la obra realizada por el Martillo de Dios.
»Y los que han sido salvados para ese fin son los Angeles del Señor. No pueden errar. El asesinato y el canibalismo son cosas que hacen cuando deben, y no manchan sus almas. Armitage nos exigió que nos uniéramos a los Angeles.
»En ese momento, unas doscientas personas agitaban metralletas, escopetas, hachas y cuchillos de carnicero. Una muchacha agitaba un tenedor, lo juro, esa clase de tenedor con dos largas púas que va en los juegos de trinchar... y todo aquello era bastante convincente. Pero Armitage era el más convincente de todos. Usted le ha oído, señor Christopher, y sabe que puede ser tremendamente convincente.
Christopher no dijo nada.
—Y los otros gritaban «Aleluya» y «Amén», y allí estaba Jerry, blandiendo un hacha y gritando con el resto de ellos. Pude ver en sus ojos que él era el causante de todo aquello. Me miró como si nunca me hubiera visto antes, como si no le hubiera dejado vivir en mi granja durante meses.
El senador, sentado en aquel sillón a modo de trono, alzó la vista. Había estado escuchando con los ojos entornados.
—Espera un momento, Hugo —le dijo—. ¿No fundaste el Shire con esa misma intención? Una vida natural, todo orgánico y autosuficiente, nada de jerarquías ni contaminación. ¿No era precisamente eso lo que buscabas? Porque parece como si ese Armitage quisiera lo mismo.
Aquel comentario sobresaltó a Hugo Beck.
—Oh, no, señor. No. Ya estaba harto de eso antes de que cayera el cometa, y después... Senador, nunca nos dimos cuenta de la cantidad de cosas modernas que teníamos. ¡Hasta teníamos dos hornos de microondas! Y aquel maldito molino de viento nunca produjo suficiente electricidad para mantener las baterías cargadas, y mucho menos para hacer funcionar las microondas, y después de que cayera el cometa lo destrozaron los huracanes. Tratamos de cultivar la huerta sin usar insecticida, sólo con fertilizante orgánico, y no fueron los seres humanos los que comieron la mayor parte de la cosecha, sino los bichos. Después de aquella experiencia yo quería echar insecticida, pero no lo hicimos, y un día tras otro alguien tenía que sentarse en el polvo y sacar bichos de las lechugas. Y teníamos el camión, un arado rotatorio y una segadora eléctrica. Teníamos un equipo de alta fidelidad, una colección de discos, luces estroboscópicas y guitarras eléctricas. Teníamos un lavavajillas y una secadora de ropa, pero colgábamos las ropas a secar para ahorrar gas. Oh, sí, a veces también lavábamos a mano la ropa, pero siempre había alguna ocasión especial en que no queríamos molestarnos.
»Y aspirina, agujas, imperdibles, una máquina de coser y una gran estufa de hierro forjado fabricada en Maine nada menos...
—Entonces debo entender que no estabas de acuerdo con Armitage —dijo el senador Jellison.
—No, pero mantuve la boca cerrada y observé a Jerry. Parecía importante, e imaginé que si él podía unirse a aquella banda y tener su propia hacha, también yo podría hacerlo. Cheryl y yo hablamos de ello en voz baja, porque ellos no aguantarían que ninguno de nosotros interrumpiera a Armitage, y estuvimos de acuerdo en que nos uniríamos al grupo. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Así que nos unimos. De hecho, todos lo hicieron aquella vez. Más tarde hubo dos que retrocedieron, en el último...
Pareció como si Hugo tuviera un nudo en la garganta. Paseó su mirada angustiada por la estancia, y no encontró simpatía en nadie. Prosiguió apresuradamente su relato.
—Primero teníamos que matar a los que no quisieran unirse a la banda. Creo que nos hubieran dado cuchillos para hacerlo, pero no fue necesario, porque todo el mundo se unió. Luego había que cocer a los muertos. Eso lo hicimos, porque cuatro prisioneros habían muerto por heridas de bala. Un tipejo con aspecto conejil nos dijo que no podíamos utilizar a dos de ellos porque no parecían bastante saludables. ¡Sólo los sanos eran comestibles! Más tarde hablé con él y... —Hugo parpadeó.