El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—¿Quieres ir en busca de Randall? Y trae también al señor Hamner. Será mejor que les lleves caballos.
El senador Jellison iba en zapatillas y llevaba batín. Su cabello gris canoso sólo estaba en parte peinado. Entró en la estancia y saludó a todo el mundo con movimientos de cabeza. Luego miró a Harry.
—Celebro que estés de vuelta —le dijo—. Empezábamos a preocuparnos por ti. Al, ¿por qué nadie le ha dado a Harry una taza de té?
—Me encargaré de eso —dijo Hardy.
—Gracias. —Jellison se dirigió a su sillón de respaldo alto y tomó asiento—. Siento haberte hecho esperar. Quieren que haga la siesta por la tarde. Señor Beck, ¿le ha hecho alguien alguna promesa?
—Sólo Harry. —El obsequio de la silla había restaurado un poco la compostura de Hugo—. Que saldré vivo de aquí. Eso es todo.
—Bien. Cuente su historia.
Hugo asintió.
—Usted nos envió a la carretera a Jerry Owen y a mí, ¿recuerda? Jerry estaba furioso y con deseos de matar. Hablaba de... venganza, de las semillas de rebelión que había plantado en sus hombres, señor Christopher.
George sonrió.
—Por poco le matan a patadas.
—Exacto. Jerry no podía ir muy de prisa y yo no quería seguir solo. Fue espantoso allá afuera. Una vez alguien nos disparó sin aviso, y corrimos como demonios. Fuimos hacia el sur, porque ésa era la dirección de la carretera, y Jerry no estaba en condiciones de subir a la Sierra, ni tampoco yo. Andamos todo el día y la mayor parte de la noche, y no sé qué distancia recorrimos, pues no teníamos más que un viejo mapa de la Union Oil, y ahora todo ha cambiado. Jerry encontró unas espigas que crecían en la cuneta. Parecían hierbajos, pero dijo que podíamos comer aquellos granos, y al día siguiente conseguimos encender fuego y los comimos. Son buenos.
—Oye, no necesitamos que nos cuentes cómo os las arreglasteis para comer —gruñó Christopher.
—Perdón, pero lo que viene ahora es importante. Jerry me contaba cosas extrañas. ¿Sabíais que le buscaba el FBI y todos los demás? Era general del... —Hugo hizo una pausa—. El Ejército de Liberación de la Nueva Hermandad.
—Nueva Hermandad —musitó Al Hardy—. Supongo que eso encaja.
—Así lo creo —dijo Hugo—. La cuestión es que utilizaba el Shire como escondrijo. Mantuvo la boca cerrada y nunca lo supimos, hasta después del cometa. Probablemente estábamos en el territorio del señor Wilson, y yo empezaba a pensar en desembarazarme de Jerry. Ir más lento no me molestaba, pero ¿cómo iba a unirme con la gente del señor Wilson si Jerry quería iniciar una revolución popular? Si hubiera visto una sola ventana iluminada me hubiese ido, y Jerry jamás habría sabido dónde.
«Pero no vimos casi nada. Una vez pasó un camión, pero no se detuvo. Pasamos junto a granjas rodeadas de barricadas, pero si nos acercábamos demasiado lanzaban los perros contra nosotros. Así que seguimos avanzando hacia el sur, cada vez más hambrientos, y hacia el tercer o cuarto día vimos un puñado de tipos desharrapados. Eran unos cincuenta y todos parecían al borde de la extenuación.
—Pensé en echar a correr, pero Jerry se dirigió directamente a ellos. Me llamó para que fuera con él, pero yo no tenía ningún deseo de unirme a aquella gente. Pensé que podrían ser los caníbales de los que Harry nos había hablado, pero no parecían peligrosos, sino tan sólo acabados.
—¿No llevaban uniformes militares? —preguntó Deke Wilson—. ¿Ni armas?
—No me acerqué lo suficiente para ver qué armas tenían, pero estoy seguro de que no había ningún uniforme militar.
—Entonces no era el Ejército de la Nueva Hermandad...
—Escucha —le interrumpió Harry—. Todavía no ha terminado.
Entró Eileen con una bandeja.
—Aquí tienes el té, Harry. —Sirvió una taza y la depositó en la mesa al lado del cartero—. Y el tuyo, senador.
Beck miró el té de Harry y luego sorbió un poco de agua de su vaso.
—Bien, Jerry se quedó con aquel grupo y yo me largué. Supuse que no volvería a verle y que podía volver a los terrenos del señor Wilson, pero me encontré con una anciana y su hija. Vivían en una casita en medio de un almendral y no tenían armas. Nadie las molestaba porque estaban alejadas de la carretera, y no habían salido desde la caída del cometa. La chica tenía diecisiete años y estaba enferma, con mucha fiebre, tal vez a causa del agua. Cuidé de ellas y me mantuvieron.
—¿De qué vivías? —le preguntó el alcalde Seltz.
—Principalmente de almendras. Además la señora tenía algunas conservas y un par de sacos de patatas.
—¿Qué les ocurrió? —quiso saber George Christopher.
—A eso iba. —Hugo Beck se estremeció—. Llevaba allí tres semanas. Cheryl, la chica, estaba muy mal, pero las obligué a hervir el agua y fue reponiéndose. Estaba ya bastante bien cuando. —Beck se interrumpió, luchando visiblemente por dominarse. Tenía lágrimas en los ojos—. Me gustaba de veras. —Se interrumpió de nuevo. Todos esperaron.
»No podíamos ir a ninguna parte a causa de la señora Home, la abuela de Cheryl. La señora Horne nos decía que nos marcháramos antes de que alguien nos encontrara, pero no podíamos dejarla allí. —Beck se encogió de hombros—. Así que nos encontraron. Primero pasó un jeep. No se detuvo, pero sus ocupantes parecían matones. Supongo que ellos dieron el aviso, porque poco después se presentaron diez tipos armados y nos cogieron. No dijeron ni una palabra. Nos metieron a Cheryl y a mí en el camión y se nos llevaron. Supongo que algunos de los otros se quedaron en la casa con la señora Horne. Por lo que sucedió luego, estoy seguro de eso. No iban a desperdiciar un lugar como aquel. Seguro que la mataron.
»Recorrimos varios kilómetros en el camión. Oscurecía cuando llegamos allí. Habían encendido fogatas, tres o cuatro. Les pregunté una y otra vez qué iban a hacernos, y ellos siempre me decían que me callara. Finalmente, uno de ellos me dio un puñetazo, y ya no dije nada más. Cuando llegamos al campamento nos encerraron con otra docena de personas, vigilados por tipos armados.
»Algunas de aquellas personas estaban heridas, cubiertas de sangre. Tenían heridas de bala, cuchilladas, huesos rotos... —Hugo se estremeció de nuevo—. Nos alegramos de no haber opuesto resistencia. Dos de los heridos murieron mientras esperábamos. Estábamos rodeados de alambre espinoso, tres tipos con metralletas nos vigilaban, y otros muchos armados iban de un lado a otro.
—¿Llevaban uniformes? —preguntó Deke Wilson.
—Algunos sí. Uno de los tipos con metralleta. Era un negro con galones de sargento.
Ahora Hugo parecía hablar con desgana. Las palabras le salían lentamente, con esfuerzo.
Al Hardy miró inquisitivamente al senador, el cual hizo un gesto de asentimiento. Al se volvió a Eileen, que seguía en el umbral. Ladeó la cabeza hacia el estudio, y ella salió, caminando apresuradamente para no perderse el relato.
—Cheryl y yo hicimos hablar a los prisioneros —dijo Hugo Beck—. Había habido una guerra, y ellos la perdieron. Eran granjeros, y tenían un grupo como el del señor Wilson, creo, un puñado de vecinos que querían que les dejaran en paz.
—¿Dónde ocurrió eso? —preguntó Deke Wilson.
—No lo sé, pero no importa. Ya no están allí.
Eileen regresó con un vaso a medio llenar. Se lo ofreció a Hugo Beck.
—Tenga.
El hombre bebió, pareció sorprendido y bebió de nuevo, vaciando la mitad del líquido.
—Gracias, muchas gracias. —El whisky afirmó su voz, pero no cambió la expresión atormentada de su mirada—. Entonces llegó el predicador. Se acercó a la alambrada y empezó a hablar. Estaba muy asustado y no recuerdo todo lo que dijo. Se llamaba Henry Armitage, y estábamos en manos de los Angeles del Señor. Habló y habló, a veces con naturalidad, otras en un tono declamatorio, como si estuviera en el púlpito. Dijo que todos habíamos sido salvados, habíamos superado el fin del mundo y teníamos una finalidad en esta vida. Teníamos que completar la obra del Señor. El Martillo de Dios había caído, y el pueblo de Dios tenía una misión sagrada. Lo que escuché con más atención fue la alternativa que nos propuso: unirnos a ellos o morir. Si nos uníamos, tendríamos que disparar contra los que no lo hicieran, y entonces..