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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Tres hombres les esperaban en el porche. Hicieron una seña a Dan Forrester para que entrara en la casa, sin hablarle. George Christopher señaló a Harry con el pulgar.

—Te necesitan dentro —le dijo.

—En seguida voy.

Harry ayudó a Hugo Beck a bajar del camión y luego cargó con la mochila de Forrester. Al volverse, George apuntó con su escopeta al vientre de Hugo.

—Yo lo he traído —dijo Harry—. Debes haberte enterado por el telégrafo.

—Oímos lo del doctor Forrester, pero nada sobre este tipo. Beck, te pusimos en la carretera. Yo mismo te mandé allí. ¿No recuerdas que te dije que no volvieras? Estoy seguro de que te lo dije.

—Está conmigo —repitió Harry.

—¿Es que has perdido el juicio, Harry? Este despreciable chorizo de tres al cuarto no es digno de...

—George, si tengo que empezar a explorar el territorio de los Christopher, sin duda el senador te dará las noticias que crea convenientes.

—No me apremies —dijo George, pero apartó ligeramente la escopeta, de manera que no apuntaba a nadie—. ¿Por qué lo dices?

—Puedes devolverle a la carretera si quieres —dijo Harry—, pero creo que primero debes escucharle.

Christopher pensó un momento en aquellas palabras. Luego se encogió de hombros.

—Están esperando dentro. Vamos.

Hugo Beck se enfrentó a sus jueces.

—He venido a traer información —dijo en voz muy baja.

Quienes le juzgaban eran pocos. Deke Wilson, Al Hardy, George Christopher... y los otros. Harry tuvo la misma impresión que los demás: los astronautas parecían dioses. Harry reconoció a Baker por su fotografía en la portada de Time, y no le fue difícil saber quiénes eran los otros dos. La bonita mujer que no hablaba debía ser la cosmonauta soviética. Harry ardía en deseos de hablarle. Pero de momento era preciso decir otras cosas.

—¿Sabes lo que estás haciendo, Harry? —preguntó Al Hardy. Su tono revelaba la sinceridad de la pregunta, como si estuviera a medias seguro de que Harry había perdido el juicio—. Tú eres el servicio de información. No Beck.

—Lo sé —dijo Harry—, pero me pareció que esta información debería ser de primera mano. Es un poco difícil de creer.

—Y yo puedo creerla, ¿eh? —dijo George Christopher.

—¿Puedo sentarme? —preguntó Harry.

Hardy le indicó una silla y Harry se sentó. Deseaba que Hugo mostrara más temple, pues su conducta se reflejaba en Harry. Aquella recepción no era la que él acostumbraba a tener, y la culpa era de Beck. Ni tazas de porcelana, ni café, ni un chorrito de whisky.

El equilibrio del poder era cuestión de vida o muerte en la fortaleza. Uno tenía que seguir bien el juego o quedarse al margen. Harry trataba de no intervenir, de disfrutar los beneficios de su utilidad sin verse envuelto en la política local. Pero esta vez tenía que jugar. ¿Había ofendido gravemente a Christopher? ¿Y si así fuera, le preocupaba? Era extraño que los instintos viriles de Harry se hubieran extinguido tras la caída del cometa.

—Le pusimos en la carretera —dijo George Christopher—. A él y a Jerry Owen. Yo di las órdenes. Los echaron incluso del Shire, y esos chorizos trataron de vivir robándonos a nosotros. ¡Owen intentó enseñar comunismo a mis rancheros! Beck no se quedará aquí mientras yo viva.

Se oyó una risita al fondo de la habitación. Era de Leonilla Malik o de Pieter Jakov. Nadie prestó atención. No había nada divertido en la situación, y Harry se preguntó si habría ido demasiado lejos.

—Mientras discutes sobre Hugo Beck, los pies del doctor Forrester están cada vez peor. ¿Puedes ayudarles o primero has de arreglar las cosas con Beck?

—Eileen —dijo Al Hardy, sin apartar la mirada de Christopher y Beck, en el centro de la estancia—. Lleva al doctor Forrester a la cocina y cuida de él.

—De acuerdo.

Eileen indicó el camino al astrofísico, y éste la siguió rígidamente, con signos evidentes de agotamiento.

Hugo Beck se pasó la lengua por sus gruesos labios.

—Me conformaré con una comida —dijo Hugo, sudoroso—. Diablos, me conformaré con una galleta rancia. Sólo quiero saber que aún estáis aquí.

Los demás le miraron perplejos.

—Estamos aquí —dijo Al Hardy—. ¿Tienes información o no? Todavía no he despertado al senador, y quiere hablar con Harry.

Hugo tragó saliva.

—He estado con los bandidos, con el Ejército de la Nueva Hermandad.

—Hijo de perra —dijo Deke Wilson.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Al Hardy, súbitamente interesado—. ¿Te enteraste de algo?

—¿O te escapaste a la primera oportunidad que tuviste? —intervino Christopher.

—Me he enterado de lo suficiente para perder el juicio —dijo Hugo.

Harry asintió. Era la verdad estricta.

—Será mejor que nos lo digas —dijo Hardy. Se volvió hacia la cocina y añadió—: Alice, trae, un vaso de agua.

Harry pensó que Beck había logrado atraer su atención. Lo importante ahora era que hablase como un hombre.

—Son más de un millar —dijo Hugo. Vio que Deke Wilson retrocedía al oír aquello—. Tal vez el diez por ciento son mujeres, quizá más. No importa mucho. La mayoría de las mujeres están armadas. No podría decir quién está realmente al mando. Parece que es un comité. Aparte de eso, están muy bien organizados... ¡Pero, Dios, están locos de atar! Ese predicador chalado es uno de los líderes...

—¿Predicador? —le interrumpió Deke Wilson—. ¿Han abandonado entonces el canibalismo?

Hugo tragó de nuevo saliva y meneó la cabeza.

—No. Los Angeles del Señor no han abandonado el canibalismo.

—Será mejor que vaya en busca del senador. —Al Hardy salió de la estancia. Alice Cox entró con un vaso de agua y miró a su alrededor, insegura.

—Déjalo sobre la mesa —dijo George Christopher— Hugo, creo que debes esperar para proseguir tu historia.

—¡Te dije por qué me marché del Shire! —exclamó Hugo—. Mi propia tierra. ¡Mía, maldita sea! Me daban el doble de trabajo que a cualquier otro. Después de la catástrofe, dijeron que ellos tenían tanto derecho a la tierra como cualquier otro. ¿No fue así? Todos nosotros iguales, así es como lo entendí. Pues bien, ahora cada uno de ellos ha de demostrar que era mi igual de alguna manera, ahora que tienen la oportunidad de hacerlo.

Nadie replicó.

—Lo único que quiero es trabajo y un sitio donde dormir —dijo Hugo.

Miró a su alrededor, y lo que vio no era tranquilizador: la expresión despectiva de Christopher hacia un hombre que no podía dominar a sus propios trabajadores; Deke Wilson, temeroso tanto de oír como de no hacerlo; Eileen de pie junto a la puerta, la mujer del espacio en su silla, sin decir nada; la expresión sombría de Harry, que se preguntaba si, después de todo, debía haber traído a Hugo; el alcalde Seltz...

El alcalde se levantó de repente y acercó una silla a Hugo. Este se dejó caer en ella, susurrando las gracias. Luego el alcalde ofreció silenciosamente a Hugo el vaso de agua y regresó a su sitio.

Leonilla habló en voz baja a Pieter. Los demás seguían guardando silencio y todos oyeron las palabras rápidas. La miraron, y ella tradujo lo que había dicho.

—Una reunión en el Presidium —dijo—. Al menos, así es como imagino que debían ser tales reuniones. Perdonen.

George Christopher frunció el ceño, y luego se sentó. Poco después entró Al Hardy con el senador. Se detuvo en el umbral y llamó a Alice.

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