El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—¿Cómo?
—Es la introducción de un relato de ciencia ficción escrito por Gordon Dickson. No sé si es una cita real o se la inventó Dickson. Dice: «Es mejor que molestes al tigre en su madriguera antes que al sabio entre sus libros, pues para ti los reinos y sus ejércitos son objetos poderosos y duraderos, más para él no son sino juguetes del momento, que serán derribados sólo con el movimiento de un dedo.»
—¿Puede hacerlo de veras? —preguntó Eileen.
—¿Forrester? Es un mago. Si Forrester dice que puede fabricar napalm, bombas y gas mostaza, es que puede hacerlo. —Tim suspiró—. Ojalá no tuviéramos que hacerlo. Me educaron para que odiara el gas venenoso. Naturalmente, no creo que importe si se trata de gas o de una bala. Un muerto es un muerto.
Cogió su rifle y un trapo grasiento de una bolsa sobre la mesa y empezó a limpiar el cañón.
—¿Es preciso que vayas? —inquirió Eileen.
—Convinimos en que no hablaríamos de esto —dijo Tim.
—No me importa lo que convinimos. No quiero que vayas. Yo...
—A mí tampoco me gusta mucho la idea —confesó Tim—. Pero ¿qué podemos hacer? Forrester insistió. El se quedará aquí y construirá armas terribles para defender la fortaleza si enviamos refuerzos a la central nuclear. —Tim movió la cabeza, con un gesto admirativo—. Es el único hombre en el mundo que ha podido chantajear al senador y a George Christopher. No parecía tener tanto aplomo, con todas esas excusas y parpadeos, pero estoy seguro de que no pensaba decir una palabra más sobre armas hasta que ellos accedieran a sus peticiones.
—¿Pero por qué has de ir tú? —insistió Eileen. Metió un par de calcetines recién tejidos, confeccionados con pelo de perro.
—¿Para que más puedo servir? Tú lo sabes muy bien, pues ayudaste a Hardy a preparar los programas de trabajo. No sé nada de cultivos y no soy tan buen mecánico como Brad, no monto bien a caballo y no puedo ir con el grupo de Christopher... Podría formar parte del escuadrón suicida. Es lo único que queda.
—Oh, no hables así.
Eileen dejó su tarea y se acercó a su lado. Tim le dio unas palmaditas en el vientre.
—No te preocupes. Volveré, nadando si es preciso, o repitiendo el numerito del coche que avanza por el agua. Quiero ver a nuestro niño o niña. ¿O serán mellizos? Ya tienes un poco el aspecto de un signo de interrogación.
Se dio cuenta de que hablaba por hablar y que se notaba el miedo bajo aquella cháchara.
—Tim...
—No lo hagas más difícil, Eileen.
—No. Ya está todo preparado.
Tim oprimió el botón de su reloj.
—Aún queda una hora para la partida —dijo. Se levantó y tomó a Eileen de un brazo—. Te cogí.
—Tim...
—¿Sí?
—¿Has hecho la reserva en el Savoy?
—Todo estaba reservado. Encontré un sitio más cerca.
—Estupendo.
Eran doce hombres, al mando de Johnny Baker. Tres de ellos eran rancheros de Deke Wilson. También estaba Jack Ross, cuñado de Christopher. A Tim no le sorprendió ver a Mark Czescu y Hugo Beck entre los voluntarios. Reconoció a la mayor parte de los otros como rancheros del valle, pero uno de los hombres, de edad mediana y que vestía unas ropas demasiado grandes para su talla, era desconocido. Tim se acercó a él y se presentó.
—Me llamo Jason Gillcuddy —dijo el hombre—. Vi sus programas de televisión. Encantado de conocerle.
—Gillcuddy. Ese nombre me suena. ¿Dónde lo habré oído?
Jason sonrió.
—Tal vez por mis libros. Es lo más probable. Harry y yo estamos casados los dos con Donna... Donna Adams. Su madre armó un escándalo por eso.
—Oh. —Tim siguió la mirada de Gillcuddy y vio a una muchacha esbelta, rubia, que no tendría veinte años, al lado de Eileen. Colocó la mochila en el camión y se puso el rifle al hombro—. ¿Cuánto falta para salir? —preguntó al escritor.
—Están esperando algo —dijo Jason—. No sé qué será. No hace falta que nos quedemos aquí. Hasta luego.
Jason se dirigió hacia Harry y la muchacha. Esta abrazó a Gillcuddy mientras Harry los miraba.
Tim se preguntó qué pensaría Hardy de aquello. Le gustaban las cosas claras. ¿Y qué vínculo tenían Jason y Harry? ¿Seguían siendo cuñados aunque los dos fueran maridos de la misma mujer? Sin duda era un arreglo conveniente, pues Harry se pasaba semanas enteras fuera del rancho, en expediciones de vigilancia, y alguien tenía que cuidar del rancho Chicken mientras Harry estaba ausente. Tim encontró a Eileen con Maureen Jellison.
—Parece que mi cometa está alterando las normas convencionales —dijo inclinando la cabeza en dirección a Harry, Jason y Donna.
Eileen le cogió la mano y se la apretó con fuerza.
—Hola, Maureen —saludó Tim—. ¿Dónde está el general Baker?
—Saldrá dentro de un momento.
Eileen, Maureen y Donna tenían las tres el mismo aspecto. Tim sintió un impulso de reír, pero se contuvo. Se parecían exactamente a las mujeres de las películas de John Wayne, cuando los soldados de caballería estaban a punto de cruzar las puertas del fuerte. ¿Habrían ellas visto las películas o John Ford supo captar la realidad?
Se acercó un pequeño camión del que bajaron dos rancheros. El jefe de policía Hartman bajó de la cabina.
—Cuidado con eso —dijo a los rancheros. Miró a su alrededor y se acercó a Tim y Maureen—. ¿Dónde está el general? —preguntó.
—Dentro.
—Bueno, de todos modos será mejor que lo sepa más de uno. Venga a ver, señor Hamner. Hemos traído su equipo de radio. —Señaló las cajas que los rancheros estaban cargando en el camión—. Funciona con una batería de coche. Esa otra caja contiene una antena direccional. Se coloca en el lugar más alto que pueda encontrar, dirigiéndola hacia nosotros. Desde la central nuclear son veinte grados magnéticos. Es posible que podamos oírle, aunque nadie podría asegurarlo. Estaremos a la escucha cinco minutos antes y cinco después de cada hora. Es el canal trece. Y tenga en cuenta que la Nueva Hermandad puede escucharle también. ¿Está claro?
—Sí. —Tim repitió las instrucciones.
Johnny Baker salió de la casa. Llevaba un rifle y tenía una pistola al cinto. Maureen se acercó a él y le abrazó.
Todos tenían semblantes sombríos. Tim decidió que parecer despreocupado era un esfuerzo inútil. Mark Czescu parecía indecentemente alegre, pero aquella alegría armonizaba con su forma de ser. Tim le había oído preguntar a Harry, el cartero, con toda inocencia, si debían llamar a aquello la «Guerra del camión de Harry». Mark no sabía por qué luchaban, ni le importaba.
Hugo Beck estaba más sombrío que el resto. Si los Angeles capturaban al apóstata tendría razón... pero tal vez tenía razón ahora. Nadie se acercaba a él. Se sentía como un pobre paria.
—¿A qué diablos esperamos? —preguntó Jack Ross. Tenía la envergadura de un Christopher, y era un hombre macizo y colérico. Le faltaban tres dedos de la mano izquierda y tenía una cicatriz que le llegaba hasta el codo, debido a un accidente con la máquina segadora. Su fino bigote rubio apenas era visible.
—A los exploradores —dijo Baker—. No pueden tardar.
Rick Delanty parecía de malhumor. Se acercó a Baker, ignorando a los que rodeaban a éste.
—Johnny, quiero ir contigo.
—No.
—Maldita sea...
—Ya te lo he explicado —dijo Baker. Apartó a Delanty a un lado. Tim apenas podía oír sus voces. Se esforzó por entender lo que decían—. No podemos arriesgar a todos los astronautas. Tampoco podemos dejar aquí un ruso solo, y de todos modos los rusos no servirían de mucho. Esta es una misión diplomática. Puede que no fueran bien recibidos.
—Bueno, que se queden aquí y llévame a mí.
—¿Y quién cuida de ellos, Rick? Son nuestros amigos y se lo prometimos. Les dijimos que vinieran a nuestra casa y que tendrían un guía nativo. Ya viste cómo reaccionaron estos granjeros. Los rusos no son populares precisamente ahora.