El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
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—Todavía no tenemos datos suficientes —dijo Jellison—. Tal vez sea posible llegar a un acuerdo con la Nueva Hermandad.
—Tonterías —dijo George Christopher.
—No son tonterías —intervino Harvey Randall—. Conozco a Montross y sé que no está loco, no es un caníbal y no es un malvado aunque se presentara en sus tierras y tratara de ayudar a los agricultores para que organizasen un sindicato...
—Basta ya —dijo Jellison en tono firme—. George, sugiero que esperemos a Harry. Tenemos que saber más sobre las condiciones del exterior. Creo que Deke nos ha dicho casi todo lo que sabe. Harvey, ¿tiene tiempo para ayudar o ha de hacer alguna otra cosa?
El tono de Jellison decía claramente que Harvey Randall ya no sería necesario en la Biblioteca en aquellos momentos.
—Si puede prescindir de mí, tengo que hacer algunas cosas...
Se levantó y fue hacia la puerta. Casi rió entre dientes cuando oyó que George Christopher iba tras él.
—Veré los mapas cuando estén terminados —decía Christopher—. También yo tengo trabajo. Encantado de conocerle, general Baker. —Siguió a Harvey al exterior—. Espere un minuto.
Harvey caminó lentamente, preguntándose que ocurriría ahora. Era evidente que al senador le había disgustado el exabrupto de Harvey. Había tratado de separarle de Christopher, pero sin resultado...
—Bien, ¿qué hacemos ahora? —le preguntó Christopher.
Harvey se encogió de hombros.
—Mire, no estamos bien enterados de lo que ocurre. Además, aún disponemos de algunas días. Tal vez si saliéramos con Deke podríamos encontrar suficientes fertilizantes y materiales para el invernadero, de modo que pudiéramos alimentar a los hombres de Deke durante el invierno...
—No me refería a eso —dijo Christopher—. Vamos a tener que luchar contra esos malditos caníbales, y es mejor que lo hagamos antes de que se hagan más fuertes. Hemos de coger todas las armas y todos los hombres capaces de usarlas, ir ahí y acabar con ellos de una vez por todas. No quiero pasarme todo el invierno mirando por encima del hombro. Cuando alguien te asusta, sólo puedes hacer una cosa, y es derribarle y darle de patadas hasta que no te pueda hacer ningún daño.
O echar a correr, o hablar por los codos, pensó Harvey, pero no dijo nada.
—El asunto entre usted y Maureen me ponía nervioso —dijo George.
—A mí también me interesa —replicó Harvey. Se detuvo ante la puerta cerrada de la cocina y miró a Christopher—. Si usted me derriba y me da de patadas, va a ser algo muy embarazoso para todos. Ahora le toca a usted jugar.
—Todavía no. Cuando me haga salir de mis casillas, irá a parar a la carretera. Por el momento, ambos tenemos un problema.
—Sí, yo también me he dado cuenta —dijo Harvey—. ¿Va a ponerle a él en la carretera?
—No sea estúpido. Es un héroe. Salgamos fuera.
Christopher avanzó el primero a través de la cocina. En aquel momento no había nadie. Abrió la puerta que daba al exterior y los dos hombres salieron a la oscuridad.
—Mire, Randall —dijo Christopher—, creo que no le gusto mucho.
—No. Creo que es algo mutuo.
Christopher se encogió de hombros.
—No tengo nada contra usted. No creo que me dispare por la espalda o me golpee cuando esté desprevenido.
—Gracias.
—Y a menos que lo haga así, no puede vencerme. La cuestión estriba en si ella decide casarse con el general Baker. ¿Qué haría usted?
—Llorar mucho.
—Mire, estoy tratando de ser cortés —dijo Christopher.
—Bueno, ¿qué quiere que le diga? Si se casa con Baker, bien casada esté. Eso es todo.
—¿Y no la importunará? ¿No tratará de verla a escondidas?
—¿Por qué diablos iba a hacer eso? —preguntó Harvey.
—Oiga, usted me toma por un estúpido palurdo, ¿no? Y a lo mejor lo soy, desde su punto de vista. He vivido siempre aquí. Iba a la iglesia, me ocupaba de mis asuntos, no iba a bailes, no tenía una amiguita en cada ciudad a las que visitaba cargando los gastos a la cuenta de representación...
Harvey se echó a reír.
—Yo no vivía de esa manera —le dijo—. Ha leído demasiado el Playboy.
—¿Ah, sí? Mire, Randall, supongo que soy anticuado, pero pienso que si un hombre está casado, tiene que quedarse en casa. Yo nunca me casé. Estuve comprometido una vez, pero no salió bien, luego me enteré de que Maureen se había divorciado, y aunque no puedo decir exactamente que la estuviera esperando, pues sabía muy bien que ella no querría vivir de nuevo en este valle ni yo querría vivir en Washington, nunca encontré a nadie más. Entonces ocurrió el desastre, y ahora ella tiene que vivir aquí. Tal vez podría vivir conmigo. Una vez quisimos casarnos, pero aquello no salió bien, éramos demasiado jóvenes...
—¿Por qué me cuenta todo esto?
—Porque tenía algo que decir. Maldita sea, Randall, si alguna vez me caso, seguiré casado, sí, y también seré fiel a mi esposa. Puede que Baker lo fuera, pero estoy seguro de que usted no.
—¿Ahora qué diablos quiere...?
—Sé cómo están las cosas en este valle, Randall. Lo sabía antes de que cayera el cometa y lo sé ahora. Así que deje en paz a Maureen. Usted no es la clase de hombre que ella necesita.
—¿Por qué no? ¿Quién le ha nombrado a usted guardián de la moral pública?
—Yo mismo. Y usted no es bastante bueno para ella. Usted tiene sus aventuras por ahí. De acuerdo, fue con ella. Eso no me gusta, pero no le eché la culpa a ella. Usted estaba casado, Randall. ¿Qué diablos significaba Maureen para usted? ¿Otra más que añadir a su marcador? Mire, me estoy poniendo nervioso, y no lo quiero. Sólo le pido que la deje en paz. Hágame caso y apártese de ella.
George dio media vuelta y se alejó antes de que Harvey pudiera decir nada más.
Harvey Randall se quedó donde estaba, asombrado, y apenas pudo contenerse para no echar a correr tras el fornido ranchero. Pensó que debía estar loco. Debería odiar a aquel bastardo...
Pero no le odiaba, sino que sentía un fuerte impulso de correr hacia aquel hombre y explicarle que las cosas no habían sido como él creía, que Harvey Randall pensaba sobre el matrimonio lo mismo que George Christopher, que estaba de acuerdo, y por eso él y Maureen habían...
¿Qué habían hecho?, se preguntó Harvey. Tal vez Christopher tuviera razón. Pero Loretta nunca lo supo, no sufrió por ello, ni tampoco Maureen, y todo era un montón de excusas porque él sabía muy bien lo que estaban haciendo.
Pero se limitó a regresar a la sala de estar para hablar con los astronautas.
HISTORIA DE UN EXILIADO