En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– Tendrá que ver si encuentra ayuda en Haldon -dijo George, con un gesto de resignación-. Aunque en Lyttelton la mano de obra sea más barata, la mitad de los trabajadores procede de la gran ciudad y en su vida han visto una oveja. Hasta que haya enseñado el oficio a un número de personas suficiente, habrá pasado el verano. Y dese prisa. Los Warden también se informarán en Haldon. Pero ellos siguen teniendo la cantidad habitual de trabajadores y todos saben esquilar. Bien, necesitarán tres o cuatro veces más de tiempo para concluir el esquileo, pero Miss Gwyn lo conseguirá.
Helen se había animado a pedir ayuda a los maoríes. En realidad era la mejor idea, pues desde que la tribu de Tonga no quería trabajar para los Warden, había muchos pastores con experiencia y sin ocupación. Howard refunfuñó porque la idea no se le había ocurrido a él, pero no protestó cuando Helen se encaminó presta hacia el poblado. Él, por su cuenta, se marcharía a Haldon… ¡y para eso necesitaba dinero!
Entretanto, había revuelto ya el tercer armario de cocina, con lo que había echado a perder dos tazas y un plato. Irritado, arrojó todos los platos del último armario de pared directamente al suelo. De todos modos, no había más que tazas de té desportilladas…, pero ahí; espera, ¡ahí había algo! Lleno de avidez, Howard desprendió la última tabla de la pared trasera del armario. ¡Vaya, tres dólares! Satisfecho, se metió el dinero en el bolsillo! Pero… ¿qué más debería esconder Helen aquí? ¿Guardaba secretos?
Howard echó un vistazo al dibujo de Ruben y su rizo, luego los tiró a un lado. ¡Cursiladas sentimentales! Pero esto: cartas. Howard metió la mano dentro del escondite y sacó una pila de cartas pulcramente atadas.
Howard se sentó a la mesa con las cartas y las sostuvo junto a la lámpara de petróleo. Por fin podía distinguir quién era el emisor.
«Ruben O’Keefe, Almacenes O’Kay, Calle Mayor, Queenstown, Otago.»
¡Lo había pillado! ¡Y a ella! Había estado en lo cierto: ya hacía tiempo que Helen estaba en contacto con el desgraciado de su hijo! Durante cinco años le había estado tomando el pelo. Vaya, ¡se las iba a ver con ella en cuanto volviera!
Pero primero Howard se dejó llevar por la curiosidad. ¿Qué hacía Ruben en Queenstown? Howard esperaba ardientemente que el muchacho estuviera, como mínimo, muriéndose de hambre…, y no tenía la menor duda de que así era. Sólo algunos buscadores de oro conseguían enriquecerse, y sin lugar a dudas Ruben no era de los más hábiles. Impaciente, abrió la última carta.
Querida madre,
Tengo la gran alegría de informarte del nacimiento de tu primera nieta. La pequeña Elaine Florence vino al mundo el doce de octubre. Fue un alumbramiento fácil y Fleurette se encuentra en buen estado de salud. El bebé es tan pequeño y delicado que al principio no podía creer que un ser tan diminuto estuviera vivo y capacitado para la vida. La comadrona, sin embargo, nos aseguró que todo está en orden y tras el potente grito que lanzó Elaine debo reconocer que tanto por su delicada figura como por su capacidad de imponerse será igual que mi querida esposa. El pequeño Stephen está totalmente fascinado con su nueva hermana e insiste en mecerla para que duerma. Fleurette teme que pueda volcar la cuna, pero a Elaine parece gustarle que la balanceen y gorjea complacida cuanto más fuerte la columpia su hermano.
Por lo demás, sólo puedo darte buenas noticias de nuestra empresa. Almacenes O’Kay prospera, así como el departamento de señoras. Fleurette tenía razón cuando propuso su creación. Queenstwon está convirtiéndose en una ciudad y la población femenina no deja de aumentar.
Mi actividad como juez de paz me satisface ampliamente. En breve se creará el puesto de oficial de policía, este lugar está cambiando en todos los aspectos.
Lo único que enturbia nuestra felicidad es la falta de contacto contigo y la familia de Fleurette. Tal vez el nacimiento de nuestro segundo hijo sea una buena oportunidad para poner al corriente a padre. Cuando oiga que nos hemos de-senvuelto con éxito en Queenstown, reconocerá que hice bien en marcharme de O’Keefe Station. El almacén produce muchos más beneficios que los que yo habría podido obtener en la granja. Entiendo que padre siga aferrado a su tierra, pero aceptará que yo prefiera otro tipo de vida. A Fleurette le gustaría, además, visitaros. Según su parecer, Gracie está desesperadamente desocupada desde que sólo cuida de niños y de ninguna oveja más.
Te saludan a ti, y quizá también a padre, tu hijo Ruben que te quiere, tu nuera Fleurette y los niños.
Howard resoplaba encolerizado. ¡Unos almacenes! Así que Ruben no había seguido su ejemplo, sino, cómo no, ¡el de su idolatrado tío George! Era probable que éste le hubiera prestado incluso el capital para empezar…, y todo a la chita callando. ¡Él era el único que no sabía nada! ¡Y los Warden burlándose de él! Ya podían estar contentos con el yerno en Queenstown que, por azar, se llamaba O’Keefe. ¡Ellos ya tenían su heredero!
Howard tiró las cartas de la mesa y se puso en pie de un salto. Ya le enseñaría él esa noche a Helen lo que pensaba de su querido hijo y del próspero negocio. ¡Pero primero iría al bar! Echaría un vistazo a ver si encontraba a un par de esquiladores como es debido y tomaría unos buenos tragos. En caso de que ese Warden anduviera por ahí…
Howard agarró su escopeta, que colgaba junto a la puerta. ¡Ése iba a enterarse! ¡Todos iban a enterarse!
Gerald y Paul Warden estaban sentados a una mesa en el rincón del pub de Haldon e inmersos en negociaciones con tres jóvenes que acababan de ofrecerse como esquiladores. Dos de ellos entraban seriamente en consideración, uno incluso había trabajado en una patrulla de esquiladores. La razón de por qué no lo habían conservado pronto quedó clara: el hombre vaciaba la botella de whisky todavía más deprisa que Gerald. Pero en el momento de emergencia en que se encontraban, era un tesoro, sólo habría que vigilarlo con atención. El segundo hombre había trabajado en distintas granjas como pastor y aprendido entretanto a esquilar. Seguro que no era tan rápido, pero serviría. En cuanto al tercer hombre, Paul no estaba seguro. Hablaba mucho, pero no mostraba indicios de sus conocimientos. Paul decidió ofrecer un contrato fijo a los dos primeros y hacer una prueba con el tercero. Los dos elegidos aceptaron enseguida cuando les hizo la propuesta. El tercero, sin embargo, miró interesado a la barra.
Howard O’Keefe estaba comunicando en ese momento que buscaba esquiladores. Paul mostró indiferencia. Bueno, si no estaba interesado en hacer una prueba en Kiward Station, que se lo quedara O’Keefe.
De todos modos, O’Keefe ya había echado un vistazo a la primera elección de los Warden. Joe Triffles, el Bebedor. Al parecer los hombres se conocían. Aun así, O’Keefe se acercó a ellos y saludó a Triffles sin dirigir ni una mirada a Paul y Gerald.
– ¡Qué tal, Joe! Estoy buscando a un par de buenos esquiladores. ¿Te interesa?
Joe Triffles hizo un gesto de impotencia.
– Me gustaría, pero acabo de aceptar un puesto aquí. Una buena oferta, cuatro semanas a sueldo fijo y un extra por cada oveja esquilada.
Howard se inclinó iracundo sobre la mesa.
– Yo pago más -anunció.
Joe sacudió apenado la cabeza.
– Demasiado tarde, Howie, he dado mi palabra. No sabía que habría una subasta, en ese caso hubiera esperado…
– ¡Y habrías pringado! -rio Gerald-. Este hombre va fanfarroneando por ahí, pero el año pasado no pudo pagar a los esquiladores. Por eso este año nadie quiere ir con él. Además, su cobertizo tiene goteras.