En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– Bueno, no será para tanto -Gwyn sonrió. La mayoría de los presidiarios de Lyttelton no pasaban tiempo suficiente en la cárcel para comprarse un animal doméstico. En general dormían la mona y estaban en la calle al día siguiente.
– En cualquier caso eso es inadmisible -dijo el sheriff con determinación-. Me llevé el animal a casa pero no quería quedarse ahí. En cuanto se abría la puerta, corría de nuevo a la cárcel. Por la noche, McKenzie se ha escapado. Esta vez ha forzado un cerrojo y ha robado carne para el chucho rápidamente. Por suerte no ha sido nada grave. El carnicero sostuvo después que se trataba de un regalo y no habrá otro juicio…, y a McKenzie ya lo tenemos de vuelta a la cárcel. Pero, naturalmente, esto no puede seguir así. El hombre lo arriesga todo por el perro. En fin, entonces he pensado que…, como usted crio al animal y el suyo acaba de morir…
Gwyneira tragó saliva. Incluso ahora no podía pensar en Cleo sin que las lágrimas no humedecieran sus ojos. Todavía no había elegido un nuevo perro. La herida era demasiado reciente. Pero ahí estaba Friday. Y se parecía a su madre en el pelaje.
– ¡Ha dado en el clavo! -dijo serenamente-. Friday puede quedarse aquí. Dígale al señor McKenzie que yo cuidaré de ella. Hasta que él nos…, hum, hasta que la recoja. Pero ahora venga y tómese un refresco, agente. Debe de estar sediento tras la larga cabalgada.
Friday yacía jadeando a la sombra. Todavía llevaba la correa y Gwyn sabía que corría un riesgo cuando se inclinó sobre ella y desató la cuerda.
– ¡Ven, Friday! -dijo dulcemente.
Y la perra la siguió.
11
Un año después de que James McKenzie fuera procesado, George y Elizabeth Greenwood regresaron de Inglaterra y Helen y Gwyneira por fin recibieron noticias de sus hijos. Fleur había rogado a Elizabeth que fuera discreta y ésta se tomó la advertencia en serio, así que ella misma se dirigió en su pequeño cabriolé a Haldon para entregar las cartas en mano. Ni siquiera había informado a su marido cuando se reunió con Helen y Gwyn en la granja de los O’Keefe. Naturalmente, ambas mujeres la asaltaron con preguntas acerca de su viaje, que, por su aspecto, debería de haberle sentado bien. Elizabeth parecía relajada y tranquila consigo misma.
– ¡Londres estaba maravilloso! -contó con la mirada iluminada-. La madre de George, la señora Greenwood, es un po-co…, bueno, necesita hacerse a la idea. ¡Pero reconoció que me encontraba muy bien educada! -Elizabeth resplandecía como la muchacha de antaño y miró a Helen buscando aprobación-. Y el señor Greenwood es encantador y muy amable con los niños. El que no me gusta nada es el hermano de George. ¡Y con qué mujer se ha casado! Es realmente ordinaria. -Elizabeth arrugó la naricita de forma autocomplaciente y plegó la servilleta. Gwyneira observó que seguía haciendo exactamente los mismos gestos que Helen les había inculcado tiempo atrás a las muchachas-. Pero ahora, al encontrar las cartas, me ha sabido mal que hayamos prolongado tanto el viaje -se disculpó Elizabeth-. Deben de haber estado muy preocupadas, Miss Helen y Miss Gwyn. Pero al parecer, Fleur y Ruben están bien de salud.
En efecto, Helen y Gwyneira se sintieron muy aliviadas, no sólo por las noticias acerca de Fleur, sino también por lo que explicaba con todo detalle acerca de Daphne y las mellizas.
– Daphne debió de encontrar a las niñas en algún lugar de Lyttelton -leyó en voz alta Gwyn en una de las cartas de Fleur-. Al parecer vivían en la calle y se mantenían a flote gracias a pequeños hurtos. Daphne se ha hecho cargo de las chicas y se ha ocupado de ellas de un modo conmovedor. Miss Helen, puede estar orgullosa de ella, aunque, naturalmente…, la palabra debe más bien deletrearse…, es una p-u-t-a. -Gwyneira rio.
– Así que has encontrado de nuevo a todas tus ovejitas. Pero ¿ahora qué hacemos con las cartas? ¿Las quemamos? Me daría mucha pena, pero ni Gerald ni Paul deben encontrarlas de ninguna de las maneras, ¡y Howard tampoco!
– Tengo un escondite -dijo Helen en tono conspirador, y se dirigió a uno de los armarios de la cocina. En la pared del fondo había una tabla suelta tras la cual podían depositarse pequeños objetos que no llamaran la atención. Helen también guardaba allí algo de dinero ahorrado y un par de recuerdos de cuando Ruben era pequeño. Enseñó emocionada a las otras dos mujeres unos dibujos y un rizo de su hijo.
– ¡Qué mono! -exclamó Elizabeth, y confesó a las dos amigas que llevaba un mechón de George en un medallón.
Gwyneira casi habría envidiado esa prueba tangible del amor de Elizabeth, pero luego arrojó una mirada a la perrita que descansaba delante de la chimenea y que la miraba con adoración. Nada podía unirla más estrechamente a James que Friday.
Un año más tarde, Gerald y Paul regresaron encrespados de una reunión de ganaderos celebrada en Christchurch.
– ¡El gobierno no sabe lo que hace! -protestó Gerald, sirviéndose un whisky. Tras pensarlo unos segundos llenó tam-bién un vasito para Paul, que ya tenía catorce años-. ¡Destierro a perpetuidad! ¿Quién va a controlarlo? Si ahí no le gusta, volverá en el próximo barco.
– ¿Quién volverá? -preguntó Gwyneira sin mucho interés.
Enseguida iba a servirse la comida y Gwyneira se llenó un vaso de oporto para acompañar a los hombres y no perder de vista a Gerald. No le gustaba nada que ya invitara a Paul a tomar una copa. El joven aprendería demasiado pronto. Por añadidura, su temperamento era difícil de controlar estando sobrio y bajo la influencia del alcohol se complicaría aún más.
– ¡McKenzie! ¡El maldito ladrón de ganado! ¡El gobernador lo ha indultado! -gritó Gerald, y Gwyneira sintió cómo la sangre se agolpaba en su rostro. ¿James estaba libre?- Pero con la condición de que abandone el país de inmediato. Lo embarcan con el próximo barco rumbo a Australia. Cuanto mayor sea la distancia, mejor: nunca estará lo bastante lejos. Pero ahí será un hombre libre. ¿Quién le impedirá que regrese? -vociferó.
– ¿No sería poco inteligente? -preguntó Gwyneira sin dejar traslucir ninguna emoción en la voz. Si James se marchaba realmente para siempre a Australia… Se alegraba por él a causa del indulto, pero ella, entonces, lo había perdido.
– En los próximos tres años, sí -respondió Paul. Dio un sorbo al whisky y miró con atención a su madre.
Gwyn luchó por mantener la calma.
¿Pero luego? Su condena se habría cumplido. Un par de años más y estaría prescrita. Paul dijo:
– Y si todavía tiene suficiente cabeza para no pasar por Lyttelton, sino por Dunedin tal vez… También puede cambiar de nombre, nadie hace caso de la lista de pasajeros. ¿Qué pasa, madre? No tienes buen aspecto…
Gwyneira se aferró a la idea de que Paul sin duda tenía razón. James encontraría una oportunidad de regresar. ¡Pero debía verlo una vez más! Debía escuchar de su propia boca que regresaría antes de que ella albergara alguna esperanza.
Friday se apretó contra Gwyn, quien la acarició distraída. De repente se le ocurrió una idea.
¡La perra, claro! Gwyn se dirigiría al día siguiente a Lyttelton para devolver a Friday al policía y que éste, a su vez, se la diera a James. Entonces le pediría si podía ver a James. A fin de cuentas había cuidado del animal durante casi dos años. Seguro que Hanson no se lo negaba. Era un tipo bondadoso y con toda certeza ignoraba totalmente su relación con McKenzie.
¡Si al menos eso no significara que tenía que separarse de Friday! A Gwyn se le encogía el corazón sólo de pensar en ello. Pero eso no servía de nada, Friday pertenecía a James.
Como era de esperar, Gerald se enfadó cuando Gwyn explicó que al día siguiente devolvería el animal a su amo.
– ¿Para que ese tipo se ponga enseguida a seguir robando? -preguntó sarcástico-. ¡Estás loca, Gwyneira!