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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Gwyneira le dio la razón.

– Al menos nos ahorraremos el escándalo en torno a un proceso, mientras ese delicado tema de los maoríes todavía coletee. Tonga le sacará el jugo a todo esto…, sírvame un poco más de brandy, George, por favor. No doy crédito a todo esto. ¡Estamos aquí sentados y charlando sobre qué ingeniosa estrategia seguir mientras han muerto dos seres humanos!

Mientras George volvía a llenar su vaso, Friday ladró una vez más.

– ¡La policía! -Paul se llevó la mano al revólver, pero George lo agarró por el brazo-. ¡Por todos los cielos, no hagas de ti un desgraciado, chico! Si matas a otra persona o simplemente amenazas a Hanson, te ahorcarán, Paul Warden. Y de nada servirá ni tu fortuna ni tu apellido.

– Tampoco puede ser el agente de policía -intervino Gwy-neira, y se levantó tambaleándose ligeramente. Aun si la gente de Haldon había enviado un mensajero a Lyttelton, era imposible que Hanson llegara antes del día siguiente por la tarde.

En lugar de ello, Helen O’Keefe estaba tiritando y empapada por la lluvia en la puerta que unía la cocina con el salón. Desconcertada por las voces que se oían en la sala de caballeros, no había osado entrar y pasaba ahora insegura la mirada de Gwyneira a George Greenwood.

– George… ¿Qué haces…? Da igual, Gwyn, esta noche tienes que hospedarme en algún lugar. No me importa dormir en el establo, si me das un par de mantas secas. Estoy totalmente empapada. Nepumuk no va muy deprisa.

– ¿Pero qué haces tú aquí? -Gwyneira abrazó a su amiga. Helen nunca había estado en Kiward Station.

– Yo…, Howard ha encontrado las cartas de Ruben…, las ha tirado por la casa y ha roto la vajilla…, Gwyn, si esta noche regresa borracho a casa, ¡me matará!

Cuando Gwyn informó a su amiga de la muerte de Howard, ésta se mostró muy serena. Las lágrimas que derramaba más bien respondían a toda la pena, dolor e injusticia que había experimentado y contemplado. Hacía ya tiempo que el afecto por su marido había desaparecido. Manifestó mucha más preocupación por el hecho de que Paul fuera juzgado de asesinato.

Gwyneira reunió todo el dinero que pudo encontrar en la casa e indicó a Paul que se dirigiera a su habitación y empaquetara sus cosas. Sabía que debería ayudarle a hacerlo, pues el joven estaba demasiado confuso y extenuado. Era indudable que no tenía la mente clara. Sin embargo, mientras Paul estaba subiendo por la escalera, Marama salió a su encuentro con un hatillo.

– Necesito tus alforjas, Paul -dijo con dulzura-. Y luego iremos a la cocina, tendremos que llevarnos algo que comer, ¿no te parece?

– ¿Nosotros? -preguntó Paul de mal humor.

Marama asintió.

– Claro. Yo voy contigo. Estoy a tu lado.

13

No fue poca la sorpresa que se llevó el oficial Hanson cuando al día siguiente no se encontró a Paul Warden en Kiward Station sino a Helen O’Keefe. Como es obvio, la situación no le entusiasmó demasiado.

– Miss Gwyn, en Haldon hay gente que acusa a su hijo de asesinato. Y ahora también ha eludido la investigación del caso. No sé qué opinar de esto.

– Estoy convencida de que volverá -respondió Gwyn-. Todo lo ocurrido…, la muerte de su abuelo y, aún más, que Helen se presentara de golpe aquí… Se ha avergonzado enormemente ante su presencia. Todo esto le ha superado.

– Bueno, entonces esperemos a que ocurra lo mejor. No se tome usted este asunto a la ligera, Miss Gwyn. Al parecer disparó al hombre directamente en el pecho. Y O’Keefe, en eso todos los testigos están de acuerdo, estaba prácticamente desarmado.

– Pero él le obligó -intervino Helen-. Mi marido, que en paz descanse, podía ser muy provocador, sheriff. Y estoy segura de que el joven no estaba sobrio.

– Es probable que el chico no pudiera calibrar bien la situación -añadió George Greenwood-. La muerte de su abuelo le desconcertó totalmente. Y al ver que Howard O’Keefe agarraba el arma…

– ¡No pretenderá en serio echarle la culpa a la víctima! -lo reprendió Hanson con severidad-. ¡Esa antigua escopeta de caza no representaba ninguna amenaza!

– Es cierto -respondió George cambiando de tono-. Me refería más bien a que…, bueno, las circunstancias eran sumamente adversas. Esa estúpida pelea, el horrible accidente. Todos deberíamos haber intervenido antes. Pero pienso que la investigación puede esperar hasta que Paul regrese.

– ¡Si es que regresa! -refunfuñó Hanson-. No tengo ningunas ganas de enviar tras él una patrulla de búsqueda.

– Mis hombres se pondrán de buen grado a su disposición -anunció Gwyneira-. Créame, preferiría ver a mi hijo bajo su segura custodia que en algún lugar montaña arriba. Sobre todo cuando no puede esperar ningún apoyo de las tribus maoríes.

No cabía duda de que en eso tenía razón. Si bien el sheriff había renunciado en un principio a emprender una investigación y no había cometido el error de interrumpir a los barones de la lana en medio del esquileo para formar una patrulla de búsqueda, Tonga no se conformó tan fácilmente. Paul tenía a Marama. No importaba si ella había ido con él de forma voluntaria o a la fuerza: Paul tenía a la muchacha que Tonga quería para sí. Y ahora, por fin, las paredes de las casas pakeha habían dejado de proteger a Paul. El rico ganadero y el joven maorí a quien nadie tomaba realmente en serio ya no existían. Ahora sólo había dos hombres en la montaña. Para Tonga, Paul era libre como un pájaro. Pero primero esperó. No era tan tonto como los blancos para ponerse a perseguir sin más al forajido. En algún momento se enteraría de dónde se escondían Paul y Marama. Y entonces lo encontraría.

Gwyneira y Helen dieron sepultura a Gerald Warden y Howard O’Keefe. A continuación, ambas reanudaron sus vidas, con lo cual la de Gwyneira no experimentó muchos cambios. Organizó el esquileo y luego propuso a los maoríes restablecer la paz.

Llevando a Reti como intérprete, se dirigió al poblado y emprendió las negociaciones.

– Podéis quedaros con la tierra en la que está situado vuestro poblado -anunció con una sonrisa vacilante. Tonga, de pie frente a ella, la miraba fijamente, protegido por el hacha santa, signo de su condición de jefe tribal-. En caso contrario deberemos pensar otra cosa. No tengo mucho dinero en efectivo, pero después del esquileo la situación mejorará un poco y tal vez podamos vender otras propiedades de valor. Todavía no he llegado a fondo en lo que a los bienes del señor Gerald se refiere. Pero si no… ¿Se podría llegar a algún acuerdo con las tierras que se extienden entre los prados de nuestra propiedad y los de O’Keefe Station?

Tonga alzó una ceja.

– Miss Gwyn, aprecio su buena voluntad, pero no soy tonto. Sé exactamente que usted carece de autoridad para venir a hacer aquí cualquier tipo de oferta. No es usted la heredera de Kiward Station; de hecho, la granja le pertenece a su hijo Paul. ¿No pretenderá hacerme creer que le ha dado poderes para negociar en su nombre?

Gwyneira bajó la mirada.

– No, no lo ha hecho. Pero Tonga, convivimos aquí. Y siempre hemos vivido en paz…

– ¡Su hijo ha roto la paz! -replicó con dureza Tonga-. Nos ha ofendido a mí y a mi gente…, el señor Gerald, además, engañó a mi tribu. Soy consciente de que hace mucho de ello, pero hemos requerido más tiempo para descubrirlo. Hasta el momento nadie nos ha ofrecido sus disculpas…

– ¡Lo lamento! -dijo Gwyn.

– ¡Usted no lleva el hacha sagrada! Yo la acepto, no obstante, Miss Gwyn, como tohunga. Usted entiende más de la crianza de ganado que la mayoría de sus hombres. Pero desde el punto de vista legal usted no es nada y no tiene nada. -Señaló a una muchachita, que jugaba junto al lugar donde negociaban-. ¿Puede hablar esta niña en nombre de los kau tahu? No. Pues en igual medida representa usted, Miss Gwyn, a la tribu de los Warden.

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