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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Entonces, ¿qué hacemos? -preguntó Gwyn desesperada.

– Lo mismo que antes. Nos encontramos en estado de guerra. No la vamos a ayudar, al contrario, le causaremos dificultades en lo que sea posible. ¿Acaso no le extraña que nadie quiera esquilar sus ovejas? Lo impediremos. También cerraremos sus vías de comunicación, pondremos obstáculos al transporte de su lana, no dejaremos en paz a los Warden, Miss Gwyn, hasta que el gobernador haya pronunciado una sentencia y su hijo esté dispuesto a aceptarla.

– No sé cuánto tiempo estará Paul ausente -contestó impotente Gwyn.

– Entonces, tampoco nosotros sabemos cuánto tiempo lucharemos. Lo siento, Miss Gwyn -concluyó Tonga, volviéndole la espalda.

Gwyneira gimió.

– Yo también.

Durante las semanas siguientes, la mujer salió airosa del período de esquileo firmemente apoyada por sus hombres y los dos trabajadores que Gerald y Paul habían contratado en Haldon. Aunque no había que quitarle el ojo de encima a Joe Trif-fle, cuando se le mantenía alejado del alcohol rendía como tres pastores normales. Helen, quien hasta entonces nunca había tenido asistentes, envidiaba a Gwyn por contar con ese hombre.

– Te lo cedería -dijo Gwyn-. Pero hazme caso, tú sola no puedes controlarlo, sólo funciona si todo el batallón tira de la misma cuerda. De todos modos, te los enviaré a todos en cuanto hayamos terminado aquí. Lo que sucede es que dura una eternidad. ¿Podrás alimentar las ovejas durante todo este tiempo?

En esa época los animales ya se habían comido casi toda la hierba de los prados que circundaban las granjas. Los animales se conducían en verano a las tierras altas.

– Más mal que bien -susurró Helen-. Les doy el forraje que estaba destinado a los bueyes. A éstos, George los vendió en Christchurch, de otro modo no habría podido pagar el entierro. A la larga tendré que desprenderme de la granja. Yo no soy como tú, Gwyn, no lo lograré sola. -Acarició con torpeza al primer joven perro pastor que Gwyn le había regalado. Era un animal completamente adiestrado y le prestaba una enorme ayuda en el trabajo de la granja. No obstante, Helen no lo controlaba lo suficiente.

La única ventaja con que contaba respecto a Gwyn consistía en que sus relaciones con los maoríes seguían siendo amistosas. Sus discípulos la ayudaban de forma espontánea en el trabajo en el jardín y gracias a ellos Helen tenía al menos verdura en el huerto, huevos, leche y carne en abundancia cuando los jóvenes practicaban la caza o sus padres les daban pescado con que obsequiar a su maestra.

– ¿Ya has escrito a Ruben? -preguntó Gwyn.

Helen asintió.

– Pero ya sabes cuánto tarda. El correo se distribuye primero en Christchurch y luego en Dunedin…

– Pese a ello, los coches de los almacenes O’Key pronto podrían recogerlo -observó Gwyneira-. Fleur contaba en su última carta que se espera una entrega en Lyttelton. Deberán enviar a alguien a recogerla. Es probable que ya estén en camino. Pero hablemos ahora de mi lana: los maoríes amenazan con cerrar los caminos que conducen a Christchurch y creo que Tonga es capaz de robar simplemente la lana como un pequeño anticipo de las compensaciones que el gobernador le asignará. Bueno, creo que nos aguará la fiesta. ¿Estás de acuerdo en que lo llevemos todo a tu granja, lo almacenemos en tu establo hasta que hayas terminado tú el esquileo y luego lo transportemos todo junto a Haldon? Pondremos el producto a la venta algo más tarde que el resto de los ganaderos, pero no podemos hacer más…

Tonga se enfureció, pero le plan de Gwyn funcionó. Mientras los hombres vigilaban los caminos, con cada vez menor atención, George Greenwood transportó la lana de Kiward Station y O’Keefe Station a Haldon. La gente de Tonga, a la que él había prometido unos pingües beneficios, empezó a impacientarse y le reprochó que en esa época solían ganar dinero con los pakeha.

– ¡Casi lo suficiente para todo el año! -se quejó el marido de Kiri-. En vez de eso, ahora tendremos que cambiar de lugar y cazar como antes. ¡Kiri no se alegra de pasar el invierno en la montaña!

– Puede que allí se reúna otra vez con su hija -respondió Tonga de mal humor-, y con su marido pakeha. Que se le queje a él; a fin de cuentas, él es el responsable.

Tonga todavía no había oído nada acerca de Paul y Marama. Pero era paciente. Permanecía a la espera. Y entonces, al cerrar los caminos cayó en las redes un carro entoldado. Éste, sin embargo, no procedía de Kiward Station sino de Christchurch. No contenía vellones, sino ropa de señora y en realidad no había razón justificada para detenerlo. Pero los hombres de Tonga se iban descontrolando de forma paulatina. Y con ello desencadenaron unos acontecimientos que Tonga nunca habría sospechado.

Leonard McDunn conducía su pesado vehículo por la todavía bastante accidentada carretera que unía Christchurch a Haldon. Hacía, sin lugar a dudas, un rodeo, pero su patrón, Ruben O’Keefe, le había encargado que entregara un par de cartas en Haldon y echara un vistazo a una granja de la zona.

– ¡Pero con discreción, McDunn, por favor! Si mi padre descubre que mi madre está en contacto conmigo la pondré en un apuro. Mi esposa opina que es arriesgarse demasiado, pero tengo una desagradable sensación… No puedo creer que la granja esté prosperando tanto en realidad como afirma mi madre. Probablemente bastará con que pregunte un poco por Haldon. Todos se conocen en la región y al menos la dueña de la tienda es muy parlanchina…

McDunn había asentido amistosamente y había anunciado con una sonrisa que en ese caso practicaría un poco la técnica de la audición discreta. En el futuro, así pensaba de nuevo satisfecho, la necesitaría. Era su último viaje como transportista para O’Keefe. La población de Queenstown lo había elegido poco antes constable de la policía. McDunn, un hombre tranquilo, rechoncho y en la cincuentena, sabía valorar el honor y la mayor estabilidad que comportaba esa ocupación. Llevaba cuatro años encargado del transporte con O’Keefe y ya tenía suficiente.

Además, disfrutaba de ese paseo a Christchurch gracias también a la amable compañía de que disfrutaba. Laurie estaba sentada a su derecha en el pescante y Mary, a la izquierda, o al re-vés, pues aún ahora no conseguía distinguir a las mellizas entre sí. No obstante, a ellas no parecía importarles lo más mínimo. Tanto la una como la otra se dirigían con igual alegría a McDunn, preguntaban con avidez y miraban con los ojos curiosos de un niño el paisaje que los rodeaba. McDunn sabía que Mary y Laurie realizaban una tarea de valor inestimable como chicas para todo y compradoras en los Almacenes O’Kay. Eran amables y estaban bien educadas e incluso sabían leer y escribir. De natural, sin embargo, eran simples: se impresionaban con la misma facilidad con que se ponían contentas, y también podían caer en profundas crisis cuando no se las trataba de la forma idónea. Pero eso ocurría pocas veces, en general las dos estaban de un humor óptimo.

– ¿Tenemos que parar pronto, señor McDunn? -preguntó alegremente Mary.

– ¡Hemos comprado comida para hacer un picnic, señor McDunn! Hasta muslo de pollo asado de esa tienda china de Christchurch… -prosiguió Laurie.

– ¿Es realmente pollo, señor McDunn? ¿No es perro? En el hotel nos han contado que en China se come carne de perro.

– ¿Se imagina que alguien se comiera a Gracie, señor McDunn?

McDunn sonrió satisfecho al tiempo que se le hacía la boca agua. El señor Lin, el chino de Christchurch, sin duda no ofrecía a sus clientes ningún muslo de perro, sino de pollo.

– Los perros pastores como Gracie son demasiado caros para comérselos -respondió-. ¿Qué más lleváis en los cestos? También habéis ido a la panadería, ¿verdad?

– ¡Ah, sí, hemos visitado a Rosemary! Recuerde, señor McDunn, que vinimos a Nueva Zelanda en el mismo barco.

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