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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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¡Si al menos Helen le confesara por dónde andaba el chico! Se dirigiría allí y lo arrastraría de vuelta por los cabellos. Lo apartaría de esa putilla que se había escapado poco después que él y le haría entrar a bastonazos la palabra «deber». Sólo de pensar en ello, Howard cerraba los puños de alegría anticipada.

Por el momento, sin embargo, no encontraba sentido a conservar la herencia para Ruben. Que reconstruyera él la granja cuando volviera. ¡Bien se merecía tener que renovar las cercas y reparar las cubiertas de los barracones de esquila! Howard se dedicaba en esos tiempos a ganar dinero rápidamente. Entre las tareas para conseguirlo estaba la de vender la nueva generación de animales, que prometía mucho, antes que correr el riesgo de seguir criándolos él mismo y de perder los animales en la montaña. Era una pena que George Greenwood y ese soberbio chico maorí, en quien George tanto confiaba y al que le plantaba siempre delante de la nariz como consejero, no lo entendieran.

– ¡Howard, el resultado de la última esquila fue totalmente insuficiente! -señaló George a Howard, motivo constante de sus preocupaciones, para que reflexionara-. La lana ni siquiera llegaba a un nivel medio de calidad y además estaba bastante sucia. ¡Y, sin embargo, habíamos alcanzado una calidad realmente alta! ¿Dónde están todos los rebaños de excelente clase que usted tenía? -George se esforzaba en no perder los estribos. Y eso porque Helen estaba sentada junto a ellos y ya parecía apenada y habiendo abandonado sus esperanzas.

– Hace un par de meses se vendieron los tres mejores carneros a Lionel Station -intervino Helen acongojada-. A Sideblossom.

– ¡Eso es! -presumió Howard, sirviéndose un whisky-. Los quería a toda costa. ¡Según su opinión eran mejores que todos los animales de cría que Warden le había ofrecido! -Y buscando aprobación, miró a su interlocutor.

George Greenwood suspiró.

– Seguro. Porque Gwyneira Warden se guarda los mejores carneros, como es lógico, para ella. Sólo vende la segunda selección. ¿Y qué pasará ahora con los bueyes, Howard? Ha vuelto a adquirir otros más. Pero nos habíamos puesto de acuerdo en que su terreno no es…

– ¡Gerald Warden gana mucho dinero con sus bueyes! -repitió Howard pese a los repetidos argumentos en contra.

George tuvo que hacer un esfuerzo para no zarandearlo, así como para no caer él mismo en los viejos reproches. Howard no lo entendía, era así de sencillo: vendía unos valiosos animales de cría, para comprar con ello forraje adicional para los bueyes. Obviamente, a éstos los vendía por el mismo precio que alcanzaban los de los Warden y que, a primera vista, parecía bastante elevado. Sólo Helen, que veía que la granja estaba al borde de la ruina, como un par de años antes, podía entenderlo.

Pero también los socios más inteligentes en el ámbito del comercio, como los Warden de Kiward Station, daban que pensar a George en los últimos tiempos. Si bien la cría de ovejas, al igual que la de bueyes, seguía prosperando, algo se cocía bajo la superficie. George se había dado cuenta sobre todo por el hecho de que Gerald y Paul Warden no incluían a Gwyneira en sus negociaciones. Como consecuencia, Gerald había tenido que introducir a Paul en los negocios y la madre de éste, al parecer, suponía para ellos más un estorbo que una ayuda.

– ¡Es que no da cuerda al chico, si entiende a qué me refiero! -explicó Gerald mientras se servía más whisky-. Ella siempre lo sabe todo mejor, me pone de los nervios. ¿Cómo va a aprender Paul, que acaba de empezar?

George no tardó en comprobar, al hablar con los dos, que Gerald ya hacía tiempo que había perdido la visión global de la cría de ovejas en Kiward Station. Y a Paul le faltaban el conocimiento y la perspicacia, lo que no era de extrañar en un chico que acababa de cumplir los dieciséis años. En cuestiones de crianza desarrollaba unas teorías fantásticas que contradecían toda experiencia. En su opinión, por ejemplo, era preferible criar ovejas merinas.

– La lana fina está bien. Cualitativamente es mejor que la de tipo Down. Si cruzamos suficientes ovejas merinas, obtendremos una mezcla nueva por completo que lo revolucionará todo.

Ante esta postura, George sólo podía sacudir la cabeza, pero Gerald escuchaba con atención al joven y con los ojos iluminados. Justo lo contrario que Gwyneira, que montaba en cólera.

– Si permito que el chico haga lo que quiere, todo se irá a la ruina -se acaloró cuando George se reunió con ella un día más tarde y le contó bastante inquieto la conversación que había mantenido con Gerald y Paul-. Bueno, a la larga él heredará la granja y entonces ya no tendré nada más que decir. Pero hasta entonces tiene un par de años todavía para entrar en razón. ¡Si Gerald fuera sólo un poco más razonable y lo influyera de forma consecuente! No entiendo qué le pasa. Dios mío, ¡era un hombre que entendía de la cría de ovejas!

George hizo un gesto de impotencia.

– Ahora entiende mucho más de whisky. Se está emborrachando el entendimiento. Disculpe que lo diga así, pero cualquier otra cosa sería disimular. Por eso necesito urgentemente apoyo. El problema de Paul con sus ideas sobre la cría no es el único. Por el contrario, es el más pequeño. Gerald disfruta de buena salud, pasarán años hasta que Paul se encargue de la granja. Y hasta si se le pierden un par de ovejas, el negocio resistirá. Pero los conflictos con los maoríes están por desgracia a la orden del día. Entre ellos no existe algo así como la mayoría de edad, o la definen de otro modo. En cualquier caso, han elegido ahora a Tonga como jefe de la tribu…

– Tonga es el joven a quien Helen ha dado clases, ¿lo recuerdo correctamente? -preguntó George.

Gwyneira asintió.

– Un chico muy inteligente. Y el enemigo del alma de Paul. No me pregunte por qué, pero ambos se han estado peleando desde que eran bebés. Creo que se trata de Marama. Tonga le ha echado el ojo, pero ella adora a Paul desde que dormían juntos en la cuna. Incluso ahora: ningún maorí quiere establecer relaciones con él, pero Marama siempre está ahí. Habla con él, intenta arreglar las cosas. ¡Paul no se da cuenta del tesoro que tiene a su lado! Tonga, sin embargo, lo odia y creo que anda tramando un plan. Los maoríes están mucho más reservados desde que Tonga lleva el hacha sagrada. Todavía vienen a trabajar, pero ya no son tan diligentes, tan… inofensivos. Tengo la sensación de que algo se está cocinando, aunque todos me tachan de loca.

George reflexionó.

– Podría decirle a Reti que se acercara. Tal vez él averigüe algo. Entre ellos seguro que serán más locuaces. Pero el conflicto entre la dirección de Kiward Station y la tribu maorí que está junto al lago siempre será crítico. ¡Necesita a los trabajadores!

Gwyneira le dio la razón.

– Además los aprecio. Kiri y Moana, mis sirvientas, hace tiempo que se hicieron amigas mías, pero ahora casi no hablan de nada personal conmigo. Sí, Miss Gwyn; no, Miss Gwyn, eso es todo lo que sale de ellas. Lo odio. Ya he pensado en dirigirme yo misma a Tonga…

George negó con la cabeza.

– Veamos primero qué descubre Reti. Si están maquinando alguna acción contra Paul y Gerald, usted no mejorará las cosas.

Greenwood montó la guardia y lo que descubrió fue tan alarmante que una semana después ya estaba de vuelta en Kiward Station acompañado de su asistente Reti.

Esta vez insistió en que Gwyneira participara en la conversación con Gerald y Paul, aunque habría preferido hablar sólo con el primero y Gwyn. El viejo Warden, sin embargo, insistió en que su nieto estuviera presente.

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