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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Por regla general, Gwyneira no habría esperado despierta el regreso de Paul y Gerald. En los últimos meses todavía estaba más agotada que de costumbre, pues junto al trabajo de la granja también dependían ahora de ella las tareas domésticas. Si bien Gerald había tenido que aprobar a la fuerza que se contrataran trabajadores blancos en la granja, no admitió personal doméstico. Así que Marama seguía echándole una mano. Pese a que la muchacha había ayudado en la casa a su madre, Kiri, desde que era pequeña, Marama no era hábil en esas labores. Su talento residía en el ámbito artístico: desempeñaba ahora las funciones de pequeña tohunga en su tribu, instruía a otras niñas en las disciplinas del canto y la danza y contaba unas historias llenas de fantasía en las que se mezclaban las sagas de su pueblo y las leyendas pakeha. Era capaz de administrar una casa maorí, encender un fuego y cocer los alimentos sobre piedras calientes o sobre las brasas. No era lo suyo pulir muebles, sacudir alfombras y servir los platos con elegancia. Pero Gerald concedía extrema importancia precisamente a la cocina y, para no irritarlo, Gwyn y Marama intentaron aprender las recetas de la difunta Barbara Warden. Por fortuna, Marama leía con fluidez en inglés. Así que la Biblia ya había dejado de ser necesaria en la cocina.

Esa noche, Paul y Gerald ya habrían cenado en Haldon. Marama y Gwyn se habían contentado con pan y fruta. Después aprovecharon para sentarse juntas delante de la chimenea.

Gwyn le preguntó si los maoríes se tomaban a mal que ella no apoyara la huelga, pero Marama respondió negativamente.

– Claro que Tonga está enfadado -explicó con su voz cantarina-. Quiere que todos hagan lo que él dice. Pero eso no es costumbre entre nosotros. Cada uno decide por sí mismo y yo todavía no me he acostado nunca con él en la casa de la comunidad, aunque él cree que un día lo haré.

– ¿Tienen tu madre y tu padre algo que opinar al respecto? -Gwyneira todavía no acababa de comprender las tradiciones de los maoríes. Seguía sin entender que las muchachas escogieran por sí mismas a sus hombres y que incluso que cambiaran de compañía con frecuencia.

Marama sacudió la cabeza.

– No. Lo único que dice mi madre es que sería extraño que me acostara con Paul porque somos hermanos de leche. Sería indecente si fuera uno de nosotros, pero es un pakeha y eso lo cambia todo…, no es en absoluto un miembro de nuestra tribu.

Gwyneira casi podría haberse atragantado al oír hablar de forma tan sensata a Marama del hecho de dormir con su hijo de diecisiete años. Sin embargo, despertaba ahora en ella la sospecha de por qué Paul reaccionaba con agresividad frente a los maoríes. Quería que lo expulsaran. ¿Para poder dormir un día junto a Marama? ¿O simplemente para que no lo considerasen «diferente» entre los pakeha?

– Entonces, ¿te gusta Paul más que Tonga? -preguntó con cautela Gwyn.

Marama asintió.

– Amo a Paul -respondió simplemente-. Igual que rangi amaba a papa.

– ¿Por qué? -La pregunta salió de los labios de Gwyneira antes de que pudiera reflexionarla. Entonces se sonrojó. Al final había admitido que en su propio hijo no encontraba nada digno de ser amado-. Me refiero -añadió para suavizar la respuesta-, a que Paul es difícil y…

Marama volvió a asentir.

– El amor tampoco es fácil -explicó-. Paul es como un río impetuoso que primero hay que vadear para llegar luego a los mejores caladeros. Pero es una corriente de lágrimas, Miss Gwyn. Hay que sosegarlo con amor. Sólo entonces podrá… podrá convertirse en un ser humano…

Gwyn había meditado largo tiempo sobre las palabras de la muchacha. Como era frecuente, se avergonzaba de todo lo que le había hecho a Paul al privarlo de su amor. ¡Pero en realidad había tenido pocas razones para ello! Mientras seguía dando vueltas en la cama sin conciliar el sueño, Friday ladró. Era algo inusual. Si bien se oían voces masculinas en la planta baja, la perra no solía reaccionar cuando Paul y Gerald regresaban. ¿Habrían traído a un invitado?

Gwyneira se cubrió con una bata y salió.

Todavía no era tarde y quizá los hombres todavía estaban lo suficientemente sobrios para informarla sobre el éxito de su búsqueda de esquiladores. Y en caso de que se hubieran traído un contertulio, sabría al menos lo que le esperaba al día siguiente.

Para poder retirarse en caso de duda sin ser vista se dirigió a hurtadillas escaleras abajo y se asombró de ver a George Greenwood en el salón. Estaba conduciendo a Paul, que presentaba un aspecto agotado, a la sala de caballeros de Gerald y encendió allí las luces. Gwyneira los siguió.

– Buenas noches, George…, ¿Paul? -les saludó-. ¿Dónde está Gerald? ¿Qué ha pasado?

George Greenwood no respondió al saludo. Había abierto con determinación la vitrina del bar, de donde sacó una botella de brandy, que prefería al omnipresente whisky, y llenó tres vasos con el líquido ambarino.

– Toma, Paul, bebe. Y usted, Miss Gwyn, también necesitará un poco. -Tendió un vaso a la mujer-. Gerald está muerto, Gwyneira. Howard O’Keefe le golpeó. Y Paul ha matado a Howard O’Keefe.

Gwyneira necesitó tiempo para entenderlo todo. Se bebió pausadamente el brandy, mientras George la ponía en antecedentes.

– ¡Fue en defensa propia! -se defendió Paul. Oscilaba entre el sollozo y una obstinada resistencia.

Gwyn miró a George de forma inquisitiva.

– Puede considerarse de este modo -dijo Greenwood vacilante-. Es cierto que O’Keefe cogió su escopeta. Pero en la práctica habría durado una eternidad hasta que la hubiera levantado, quitado el seguro y apuntado con ella. Los otros hombres podrían haberlo desarmado en ese tiempo. El mismo Paul podría haberle detenido con un puñetazo certero o al menos podría haberle arrancado el arma. Me temo que sea así como los testigos describan los hechos.

– ¡Entonces fue una venganza! -se vanaglorió Paul, bebiéndose un trago de brandy-. ¡Él fue el primero en matar!

– Entre un puñetazo de desdichadas consecuencias y un tiro certero en el pecho hay una diferencia -contestó George, también algo enojado en ese momento. Tomó la botella de brandy antes de que Paul se sirviera de nuevo-. No cabe duda de que O’Keefe habría sido acusado como mucho de homicidio. Si acaso. La mayoría de la gente del bar declarará que la muerte de Gerald fue accidental.

– Y por lo que yo sé, uno no tiene derecho a vengarse -gimió Gwyn-. Lo que tú has hecho, Paul, es tomarte la justicia por tu mano…, y eso se castiga.

– ¡No pueden encerrarme! -A Paul se le quebró la voz.

George asintió.

– Claro que sí. Y me temo que eso sea justamente lo que haga el oficial cuando mañana se presente aquí.

Gwyneira cogió de nuevo su vaso. No recordaba haber tomado nunca más de un sorbo de brandy, pero ese día lo necesitaba.

– ¿Y ahora qué, George? ¿Podemos hacer algo?

– ¡Yo no me quedo aquí! -gritó Paul-. Huiré, me marcho a la montaña. ¡Sé vivir como los maoríes! ¡Nunca me encontrarán!

– ¡Deja de decir tonterías, Paul! -le increpó Gwyneira.

George Greenwood jugueteaba con su vaso entre las manos.

– Tal vez no esté tan equivocado, Gwyneira -intervino-. Es probable que no tenga otro remedio que desaparecer de aquí hasta que se haya echado algo de tierra sobre este asunto. En uno año más o menos, los parroquianos del bar se habrán olvidado de lo sucedido. Y, dicho entre nosotros, no creo que Helen O’Keefe se ocupe con mucha energía de este caso. Está claro que cuando Paul regrese se abrirá un juicio. Pero entonces podrá defender la teoría de la defensa propia de forma más verosímil. ¡Ya sabe usted cómo es la gente, Gwyn! Mañana todavía recordarán que uno llevaba una vieja escopeta y el otro un revólver de tambor. En tres meses contarán que los dos iban armados con cañones…

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