Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » En El Pais De La Nube Blanca
En El Pais De La Nube Blanca - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
1 ... 152 153 154 155 156 157 158 159 160 ... 170
Перейти на страницу:

– Por eso pido un suplemento -intervino el tercer hombre, a quien George todavía no había aceptado-. Uno acaba con reuma.

Todos los hombres rieron y Howard echaba chispas.

– ¿Así que yo no puedo pagar? -vociferó-. Puede ser que mi granja no rinda tanto como tu distinguida Kiward Station. Pero yo no tuve que arrastrar a la fuerza a mi cama a la heredera de los Butler. ¿Lloró por mí, Gerald? ¿Te contó lo feliz que era conmigo? ¿Y eso te puso cachondo?

Gerald se puso en pie de un salto y miró a Howard con una expresión sarcástica.

– ¿Que si me puso cachondo? ¿Barbara, esa llorona? ¿Es minucia sin color ni agallas? ¡Presta atención, Howard, si por mí fuera te podrías haber quedado con ella! Ni con unas tenazas habría tocado yo a esa cosa tan flaca. ¡Pero tú te tuviste que jugar la granja! ¡Mi dinero, Howard! El dinero que yo había ganado con mi esfuerzo. Y tan cierto como hay Dios, que antes de volver a la pesca de la ballena preferí montar a la pobre Barbara. Y luego, después de que pasara la noche de bodas berreando, me importó un comino.

Howard se lanzó sobre él.

– ¡Estaba prometida a mí! -le gritó a Gerald-. ¡Era mía!

Gerald le paró el golpe. Ya estaba muy bebido, pero consiguió todavía evitar los poco certeros puñetazos de Howard. Entonces distinguió la cadenita con el trozo de jade que Howard siempre llevaba al cuello. Se la arrancó de un tirón y la sostuvo en alto para que todos en el bar la vieran.

– ¡Por eso sigues llevando su regalo! -se burló-. ¡Qué conmovedor, Howie! ¡Un signo de amor eterno! ¿Qué dice Helen de esto?

Los hombres del pub se echaron a reír. En su rabia impotente, Howard intentó recuperar su recuerdo, pero Gerald no estaba dispuesto a devolvérselo.

– Barbara no se había prometido a nadie -prosiguió Gerald sin hacerle caso-. Por muchas baratijas que intercambiarais. ¿Crees que Butler se la habría dado a un don nadie y jugador como tú? ¡Podrías haber acabado con tus huesos en la cárcel por malversación de fondos! Pero gracias a la indulgencia mía y de Butler obtuviste tu granja, tuviste tu oportunidad. ¿Y qué has hecho de ella? Una casa ruinosa y un par de ovejas mal cuidadas. De nada sirves a la mujer que te agenciaste en Inglaterra. ¡No es extraño que tu hijo huyera de ti!

– ¡Así que tú también lo sabes! -O’Keefe se abalanzó sobre él y propinó un puñetazo a Howard en la nariz-. Todo el mundo sabe de mi maravilloso hijo y su maravillosa mujer… ¿Acaso los has financiado, Warden? ¿Para jugarme una mala pasada?

Anegado por la cólera, Howard pensaba que todo era posible. Sí, debía de haber sucedido así. Los Warden estaban detrás del matrimonio que había alejado a su hijo de él, detrás de los almacenes que habían dado a Ruben la posibilidad de ignorar a Howard y su granja…

O’Keefe se inclinó ante el gancho de derecha de Gerald, bajó la cabeza y la hundió con ímpetu en el estómago de Howard. Éste se encogió. Howard aprovechó la oportunidad para lanzarle un gancho certero en la mandíbula que envió a Gerald hasta el centro del bar. Se oyó un horrible crujido cuando golpeó con la cabeza el borde de la mesa.

En el local reinaba un silencio aterrador cuando Gerald se desplomó en el suelo.

Paul vio fluir un delgado reguero de sangre de la oreja de Gerald.

– ¡Abuelo! ¡Abuelo, escúchame! -Horrorizado, Paul se acuclilló al lado del hombre que gemía en voz baja. Gerald abrió despacio los ojos, pero parecía mirar fijamente a través de Paul y de todo el decorado del bar. Haciendo un esfuerzo, intentó incorporarse.

– Gwyn… -susurró. Luego sus ojos se tornaron vidriosos.

– ¡Abuelo!

– ¡Gerald! ¡Dios mío, no era mi intención, Paul! ¡No era mi intención!

Howard se hallaba de pie, atenazado por el horror, delante del cadáver de Gerald Warden.

– Dios mío, Gerald…

Los demás hombres empezaron a salir con lentitud de su inmovilismo. Alguien llamó a un médico. La mayoría, no obstante, sólo tenía ojos para Paul, que se estaba levantando de forma pausada y con una mirada, fija y letalmente gélida, clavada en Howard.

– ¡Usted lo ha matado! -dijo Paul en voz baja.

– Pero yo… -Howard retrocedió. Casi podía sentir en su cuerpo el frío y el odio de los ojos de Paul. Howard no sabía en qué ocasión había experimentado un miedo así. Instintivamente tendió la mano hacia la escopeta, que antes había apoyado en una silla. Pero Paul se adelantó. Desde la revuelta maorí en Kiward Station ostentaba un revólver. Él sostenía que en defensa propia, pero, al fin y al cabo con él en cualquier momento podía atacar a Tonga. Pero hasta entonces, Paul nunca había sacado el arma. Tampoco ahora se precipitó. No era uno de esos pistoleros de las revistas malas que su madre había devorado de joven, sólo un asesino frío que desenvainó sin prisas el arma, apuntó y disparó. Howard O’Keefe no tuvo oportunidad de reaccionar. Sus ojos todavía reflejaban miedo e incredulidad cuando la bala lo tiró de espaldas. Estaba muerto antes de chocar contra el suelo.

– ¡Paul, por todos los cielos, qué has hecho! -George Greenwood había sido el primero en entrar en el bar después de que corriera la voz de la riña entre Gerald y Howard. Ahora quiso intervenir, pero Paul dirigió el arma hacia él. Su mirada centellaba.

– Yo he… ¡ha sido en defensa propia! ¡Todos lo habéis visto! ¡Ha cogido la escopeta!

– Paul, ¡aparta el revólver! -Lo único que George todavía esperaba era evitar otro baño de sangre-. Podrás explicárselo todo al oficial. Iremos a buscar al señor Hanson.

El pacífico y pequeño Haldon todavía no tenía un guardián de la ley.

– ¡Que venga Hanson! Ha sido en defensa propia, todos pueden dar fe de ello. ¡Ha matado a mi abuelo! -Paul se arrodilló junto a Gerald-. ¡Yo lo he vengado! Es lo justo. ¡Te he vengado, abuelo! -Los sollozos sacudían los hombros de Paul.

– ¿Tenemos que coger a Paul? -preguntó en voz baja Clark, el propietario del pub, a los presentes.

Richard Candler se negó horrorizado.

– ¡En absoluto! Mientras vaya armado… ¡Queremos seguir vivos! Ya se las apañará Hanson con él. Lo primero es que vayamos a buscar al doctor. -Haldon sí disponía de médico y, por lo visto, ya había sido informado. Apareció enseguida en el pub y confirmó la muerte de Howard O’Keefe. No se atrevió a acercarse a Gerald mientras Paul lo tenía entre sus brazos sollozando.

– ¿Puede hacer algo para separarlos? -preguntó Clark, dirigiéndose a George Greenwood. Era evidente que tenía interés en sacarse de encima lo antes posible el cadáver. A ser factible, antes de la hora de cierre: el tiroteo seguro que reavivaría el local.

Greenwood se encogió de hombros.

– Déjelo. Al menos mientras llore, no disparará. Y no lo irrite más. Si dice que fue en defensa propia, entonces es que fue en defensa propia. Lo que mañana cuente al oficial ya es otro asunto.

Paul se recompuso lentamente y permitió que el médico examinara a su abuelo. Con una última chispa de esperanza, observó cómo el doctor auscultaba al anciano.

El doctor Miller sacudió la cabeza.

– Lo siento, Paul, no hay nada que hacer. Fractura craneal. Se ha golpeado contra el borde de la mesa. El puñetazo en la mandíbula no lo ha matado, pero sí esa desafortunada caída. En el fondo, fue un accidente, chico, lo siento. -Dio unas palmadas de consuelo a Paul. Greenwood se preguntó si sabía que el joven había disparado a Howard.

– Llevémoslos al sepulturero, Hanson les dará allí un vistazo -convino Miller-. ¿Hay alguien que pueda acompañar al chico a su casa?

George Greenwood se ofreció, mientras los ciudadanos de Haldon reaccionaban con cierta reserva. No estaban acostumbrados a tiroteos, hasta los disparos en sí eran escasos. Por lo general enseguida se habría separado a los dos gallos de pelea, pero, en este caso, la disputa entre Gerald y Howard había sido demasiado fascinante. Probablemente cualquiera de los presentes se habría alegrado de ir a contar el intercambio de improperios a sus esposas. Al día siguiente, pensó George, lo ocurrido sería la comidilla del pueblo. Pero en el fondo eso no desempeñaba ningún papel. Ahora tenía que acompañar a Paul a su casa y luego reflexionar acerca de qué hacer. ¿Un Warden en un juicio por asesinato? George se resistía en su interior. Tenía que haber una posibilidad para zanjar esta cuestión.

1 ... 152 153 154 155 156 157 158 159 160 ... 170
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)