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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– ¿Cómo ha sido, Justine? ¿Dónde? ¿En Roma? ¿Por qué no me ha llamado Ralph?

– No, no ha sido en Roma. Probablemente el cardenal no sabe nada. Ha sido en Creta. El nombre dijo que se había ahogado, en una operación de salvamento. Estaba de vacaciones, mamá; me pidió que le acompañase y yo no lo hice, porque queríaVepre-sentar Desdémóna y estar con Rain. ¡Si hubiese estado con él, tal vez no habría ocurrido! ¡Oh, Dios mío! ¿Qué puedo hacer?

– Basta, Justine -dijo severamente Meggie-. No debes pensar así, ¿me oyes? Sabes que a Dane no le habría gustado. Las cosas pasan, y no sabemos por qué. Ahora, lo importante es que tú estás bien, que no os he perdido a los dos. ¡Eres cuanto me queda! ¡Oh, Jussy, Jussy, estás tan lejos! El mundo es grande, demasiado grande. ¡Ven a Drogheda! Es horrible pensar que estas tan sola.

– No; tengo que trabajar. El trabajo es mi única solución. Si no trabajase, me volvería loca. No quiero compañía, no quiero comodidades. -Empezó a llorar amargamente-. ¿Cómo vamos a vivir sin él?

¡Cómo, sí! ¿Era esto vida? Tú eras de Dios, y volviste a Dios. El polvo vuelve al polvo. La vida és para los que fracasamos. Dios es ambicioso; se lleva a los buenos y deja que ios demás nos pudramos en el mundo.

– Nadie puede saber el tiempo que va a vivir -dijo Meggie-. Gracias, Justine, por habérmelo dicho tü misma, por haber telefoneado.

– No podía soportar que un extraño te diese la noticia, mamá. No, tratándose de una cosa así. ¿Qué vas a hacer? ¿Qué puedes hacer?

Meggie trataba, con todas sus fuerzas, de consolar a su afligida hija que estaba en Londres, a miles de millas de ella. Su hijo había muerto; su hija vivía. Debía hacer que se repusiera. Si era posible. En toda su vida, Justine parecía haber amado sólo a Dane. A nadie más, ni siquiera a ella misma.

– No llores, Justine, querida. Trata de no afligirte. A él no le habría gustado, ¿verdad? Ven a casa, y procura olvidar. Traeremos a Dane a Drogheda. Le-galmente, vuelve a ser mío; ya no pertenece a la Iglesia, y no podrán impedírmelo. Llamaré inmediatamente a la Casa de Australia, y a la Embajada en Atenas, si puedo comunicar con ella. ¡Él tiene que volver a casa! Sería insoportable pensar que yace lejos de Drogheda. Éste es su hogar, y tiene que volver a él. Ven tú también, Justine.

Pero Justine, acurrucada en el suelo, meneaba la cabeza como si su madre pudiese verla. ¿Volver a casa? Nunca podría hacerlo. Si hubiese acompañado a Dane, éste no estaría muerto. ¿Volver a casa, y tener que contemplar diariamente el rostro de su madre durante el resto de sus días? No; ni pensarlo.

– No, mamá -dijo, mientras unas lágrimas ardientes como metal rundido surcaban sus mejillas. ¿Quién había dicho que las personas realmente afligidas no lloran? Quien lo hubiese dicho era un ignorante-. Continuaré trabajando aquí. Iré a casa con Dane, pero volveré aquí. No podría vivir en Drogheda.

Durante tres días, esperaron en una especie de vacío; Justine, en Londres; Meggie y la familia, en Drogheda; extrayendo del silencio oficial una débil esperanza. ¡Oh! Tal vez había sido un error; de haber sido verdad, ¡sin duda les habrían confirmado ya la noticia! Dane aparecería sonriente en la puerta de Justine, y diría que todo había sido una estúpida equivocación. Dane, plantado en la puerta, se reiría de que hubiesen podido creerle muerto; permanecería allí, alto, fuerte, vivo, y reiría. La esperanza aumentó, creció con cada minuto de espera. Traidora, horrible esperanza. No estaba muerto, ¡no! No se había ahogado; Dane era tan buen nadador que podía desafiar al mar más embravecida y triunfar. Por consiguiente, esperaron, negándose a aceptar lo sucedido, en la esperanza de que todo hubiese sido un error. En otro caso, ya habría tiempo de comunicarlo a la gente, de notificarlo a Roma.

El cuarto día, por la mañana, Justine recibió el mensaje. Como una vieja, cogió una vez más el te léfono y pidió una conferencia con Australia.

– ¿Mamá?

– ¿Justine?

– ¡Oh, mamá! Ya lo han enterrado, ¡no podemos llevarlo a casa! ¿Qué vamos a hacer? Todo lo que han sabido decirme es que Creta es un lugar muy grande, que no saben el nombre del pueblo, que, cuando llegó el cablegrama, había sido ya enviado a alguna parte y enterrado. ¡Ahora yace en una tumba anónima, no sabemos dónde! No puedo conseguir el visado para ir a Grecia; nadie quiere ayudarme; es un caos. ¿Qué vamos a hacer, mamá?

– Reúnete conmigo en Roma, Justine -dijo Meggie.

Todos, salvo Anne Mueller, estaban alrededor del teléfono, todavía anonadados. Los hombres parecían haber envejecido veinte años en tres días, y Fee, encogida como un pájaro, blanca y ceñuda, vagaba por la casa, repitiendo una y otra vez: «¿Por qué no había de ser yo? ¿Por qué tuvieron que llevárselo a él? ¡Yo soy tan vieja, tan vieja! No me habría importado marcharme. ¿Por qué tenía que ser él? ¿Por qué no podía ser yo? ¡Soy tan vieja!» Anne se había derrumbado, y la señora Smith, Minnie y Cat, no cesaban de llorar.

Meggie les miró en silencio y colgó el teléfono. Esto era cuanto quedaba en Drogheda. Un grupHo de viejos y viejas, estériles y destrozados.

– Dane se ha perdido -dijo-. No pueden encontrarle; está enterrado en algún lugar de Creta. ¡Y Creta está tan lejos! ¿Cómo podría descansar tan lejos de Drogheda? Iré a Roma, a ver a Ralph de Bricassart. Es el único que puede ayudarnos.

El secretario del cardenal De Bricassart entró en el despacho de éste.

– Siento molestarle, Eminencia, pero una señora desea verle. Le he dicho que se está celebrando un congreso, que está usted muy ocupado y no puede ver a nadie; pero ella dice que esperará en el vestíbulo hasta que tenga usted un momento para ella.

– ¿Está atribulada, padre?

– Muy atribulada, Eminencia; esto salta a la vista. Me dijo que le dijese que. se llama Meggie O'Neill -y dio a este nombre una pronunciación extranjera, que lo hizo sonar como Meghee Onill.

El cardenal Ralph se puso en pie, y su cara palideció hasta quedar tan blanca como sus cabellos.

– ¡Eminencia! ¿Se encuentra mal?

– No, padre; estoy perfectamente, gracias. Cancele todos mis compromisos hasta nueva orden, y haga pasar inmediatamente a la señora O'Neill. Que nadie nos interrumpa, si no es el mismo Santo Padre.

El sacerdote hizo una inclinación y salió. O'Neill. ¡Claro! Era el apellido del joven Dane; debía haberlo recordado. Sólo que, en el palacio del cardenal, todos le llamaban simplemente Dane. ¡Oh! Había cometido un grave error al hacerla esperar. Si Dane era el sobrino bien amado de Su Eminencia, la señora O'Neill debía ser su queridísima hermana.

Cuando Meggie entró en el despacho el cardenal Ralph casi no la reconoció. Habían pasado trece años desde la última vez que la había visto; ella tenía ahora cincuenta y tres, y él, setenta y uno. Ahora, no sólo él era viejo; lo eran los dos. Su cara no había cambiado mucho, pero parecía fundida en un molde diferente a aquel en que la había conservado en su imaginación. En vez de dulzura, una energía cortante; en vez de blandura, un toque de acero; más que la santa contemplativa de sus sueños, parecía una mártir vigorosa, madura, resuelta. Su belleza era tan impresionante como siempre, y sus ojos conservaban su claridad gris y plateada; pero todo se había endurecido, y los antaños resplandecientes cabellos eran ahora de un rubio desvaído, como los de Dane, pero sin la vida de éstos. Lo más desconcertante era que ella no le iniraba el tiempo suficiente para que él pudiese satisfacer su ansiosa y amorosa curiosidad.

Incapaz de saludar con naturalidad a esta Meggíe, le indicó un sillón con rígido ademán.

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