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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Pero tal vez se había resuelto la crisis y la llamaba para anunciarle su llegada.

– ¡Diga!

– ¿Señorita Justine O'Neill?

– Sí; al habla.

– Aquí, la Casa de Australia, en Aldwych, ¿sabe?

La voz tenía acento inglés, y dio un nombre en el que no reparó Justine, porque todavía estaba asimilando el hecho de que no era Rain quien le hablaba.

– Diga, Casa de Australia.

Bostezando, levantó un pie y frotó la punta con la planta del otro.

– ¿Tiene usted un hermano llamado señor Dane O'Neill?

Justine abrió los ojos.

– Sí.

– ¿Está actualmente en Grecia, señorita O'Neill?

Elía se puso alerta, de nuevo con los dos pies sobre la alfombra.

– Sí, así es -dijo, sin ocurrírsele corregir a la voz y explicarle que él era padre, no señor.

– Señorita Justine O'NeiH, lo siento muchísimo, pero tengo el desagradable deber de darle una mala noticia.

– ¿Una mala noticia? ¿Una mala noticia? ¿Qué es? ¿De qué se trata? ¿Qué ha pasado?

– Lamento tener que comunicarle que su hermano, el señor Dane O'Neill se ahogó ayer en Creta, tengo entendido que en heroicas circunstancias, realizando un salvamento en el mar. Sin embargo, va sabe usted que hay revolución en Grecia y que las informaciones que tenemos son muy lacónicas y posiblemente poco exactas.

El teléfono estaba sobre una mesa, cerca de la pared, y Justine buscó el sólido apoyo que ésta le ofrecía. Pero sus rodillas flaquearon, y empezó a deslizarse lentamente, hasta quedar hecha un ovillo en el suelo. Sin reír y sin llorar, murmuraba algo entre audibles jadeos. Dane ahogado. Un jadeo. Dane muerto. Un jadeo. Creta, y Dane ahogado. Un jadeo. Muerto, muerto.

– Señorita O'Neill. ¿Está usted ahí, señorita O'Neill? -insistió la voz.

Muerto. Ahogado. ¡Mi hermano!

– ¡Conteste, señorita O'Neill!

– Sí, sí, sí, sí, ¡sí! ¡Oh, Dios mío! ¡Estoy aquí!

– Tengo entendido que usted es su pariente más próximo; por consiguiente, debe darnos instrucciones sobre lo que hay que hacer con el cadáver. ¿Me oye, señorita O'Neill?

– ¡Sí. sí!

– ¿Qué dispone usted sobre el cadáver, señorita O'Neill?

¡El cadáver! Era un cadáver, y ni siquiera podían decir su cadáver; tenían que decir el cadáver. Dane, mi Dane.

– ¿Su pariente más próximo? -se oyó decir! a sí misma, con voz muy débil, desgarrada por aquellos grandes jadeos-. Yo no soy el pariente más próximo de Dane. Es mi madre, supongo.

Hubo una pausa.

– Esto es muy complicado, señorita O'Neill. Si no es usted el pariente más próximo, hemos perdido un tiempo valioso. -La compasión cortés se había trocado en impaciencia-. No parece usted comprender que hay revolución en Grecia y que el accidente ocurrió en Creta, que está aún más lejos y con la que es aún más difícil establecer contacto. ¡Üf! La comunicación con Atenas es virtualmente imposible, y nos han ordenado que transmitamos inmediatamente los deseos e instrucciones del pariente más próximo acerca del cadáver. ¿Está su madre ahí? ¿Puedo hablar con ella, por favor?

– Mi madre no está aquí. Está en Australia.

– ¿Australia? ¡Dios mío, esto se pone cada vez peor! Ahora tendremos que enviar un cablegrama a Australia; más dilaciones. Si no es usted su pariente más próximo, señorita O'Neill, ¿por qué se expresa así en el pasaporte de su hermano?

– No lo sé -dijo ella, riendo sin querer.

– Déme la dirección de su madre en Australia; le enviaremos un cable inmediatamente. Tenemas que saber lo que hay que hacer con el cadáver! Pero dése cuenta de que, mientras cablegrafiamos y recibimos la contestación, pasarán veinticuatro horas. Ya era bastante difícil sin esta complicación.

– Entonces, telefoneen. No pierdan el tiempo con cables.

– Nuestro presupuesto no incluye las conferencias internacionales, señorita O'Neill -dijo ásperamente la voz-. Y ahora, tenga la bondad de darme el nombre y la dirección de su madre.

– Señora Meggie O'Neill -recitó Justine-, Dro-gheda, Gillanbone, Nueva Gales del Sur, Australia -y deletreó los nombres que debían resultar extraños a su interlocutor.

– Señorita O'Neill, repito mi profundo pésame.

Hubo un chasquido en el auricular y empezó el interminable zumbido indicador de que la línea estaba libre. Justine se sentó en el suelo y dejó resba lar el aparato sobre su falda. Tenía que ser un error. ¿Ahogarse Dane, cuando nadaba como un campeón?

No; no era verdad. Pero lo es, Justine; tú sabes que lo es; no quisiste ir con él, para protegerle, y se ahogó. Tú eras su protectora, cuando él era pequeño, y tenías que haber estado allí y ahogarte con él. Y la única razón de que no estuvieses allí fue que querías estar en Londres para hacer eJ amor con Rain.

Le costaba pensar. Todo era difícil. ííaria parecía funcionar, ni siquiera sus piernas. No podía levantarse; nunca volvería a levantarse. En su mente sólo había sitio para Dane, y sus pensamientos giraban en círculos cada vez más pequeños alrededor de Dane. Hasta que pensó en su madre, en los de Drogheda. ¡Oh, Dios mío! La noticia llegará allí, a ella, a ellos. Mamá no tendrá siquiera el adorable recuerdo de su rostro en Roma. Enviarán el cablegrama a la Policía de Gilly, supongo, y el viejo sargento Era subirá a su coche y recorrerá el largo trayecto hasta Drogheda, para decirle a mi madre que su único hijo varón ha muerto. No es el hombre adecuado para esta misión; es casi un desconocido, Señora O'Neill, le doy mi más profundo y sentido pésame; su hijo ha muerto. Palabras vanas, corteses, vacías… ¡No! No puedo permitir que le hagan esto; ¡ella es también mi madre! No quiero que se lo digan así, como yo tuve que oírlo.

Puso sobre sus rodillas la otra parte del teléfono, se aplicó el auricular al oído y llamó a la operadora.

– ¿Es la centralita? Una conferencia internacional, por favor. Necesito hablar urgentemente con Australia, Gillanbone, uno-dos-uno-dos. Y, por favor, dése prisa.

Meggie respondió personalmente a la llamada. Era tarde, y Fee se había acostado ya. Estos días, ella no podía acostarse temprano; prefería permanecer sentada, escuchando los grillos y las ranas, dormitando con un libro en la mano, recordando.

– iDiga!

– Conferencia de Londres, señora O'Neill -dijo Hazel, desde Gilly.

– Hola, Justine -dijo tranquilamente Meggie.

Justine solía llamar, de tarde en tarde, para saber cómo marchaban las cosas.

– ¿Mamá? ¿Eres tú, mamá?

– Sí, soy mamá -dijo amablemente Meggie, percibiendo el desconsuelo de Justine.

– iOh, mamá! ¡Oh, mamá! -Hubo algo que sonó como un jadeo o como un sollozo-. Mamá, Dane ha muerto. ¡Dane ha muerto!

Un abismo se abrió a los pies de Meggie. Y se ahondó, se ahondó, y no tenía fin. Meggie se deslizó en él, sintió cerrarse ios bordes sobre su capeza y comprendió que no saldría de él mientras vjiviese. ¿Qué más podían hacerle los dioses? Ella nó sabía nada cuando lo había pedido. ¿Cómo podía/pedirio, cómo podía no saberlo? No tientes a los dioses, pues es lo que éstos quieren. No le veré en el momento más hermoso de su vida, no lo compartiré con él, había decidido, creyendo que con esto pagaba su deuda. Dane se libraría de ésta, y se libraría de ella. No vería la cara que más quería en el mundo; éste sería su pago. El abismo se cerró, asfixiante. Y Meggie, plantada allí, se dio cuenta de que era demasiado tarde,

– Justine, querida, cálmate -dijo enérgicamente Meggie, sin temblarle la voz-. Tranquilízate y dírne: ¿estás segura?

– Me han llamado de la Casa de Australia; pensaban que yo era el pariente más próximo. Un hombre horrible que sólo quería saber lo que había de hacerse con el cadáver. Y venga llamar «el cadáver» a Dane. Como si no se mereciese algo más, como si no fuese una persona -sollozó Justine-. ¡Dios mío! Supongo que el pobre hombre estaba pasando un mal rato. ¡Oh, mamá! ¡Dane está muerto!

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