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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Pero Sila necesitaba drama. Tenía suficiente perspicacia para darse cuenta de que, ahora que era senador, eso representaba un fallo de carácter; pero ya con treinta y seis años, no se veía capaz de suprimir ese aspecto de su carácter. Hasta aquella horrenda e interminable marcha por la Via Emilia Scauri y los Alpes marítimos, había disfrutado mucho con su carrera militar, llena de acción y desafío, ya fuese en combate o modelando una nueva Africa. Pero él no había venido a la Galia Transalpina a hacer carreteras y excavar canales. ¡Ni mucho menos!

A finales de otoño habría elecciones consulares y a Mario le sustituiría alguien que a él le resultaría perjudicial; todo lo que Mario podría apuntarse en su segundo consulado sería una magnífica calzada que ya llevaba el nombre de otro. ¿Cómo podía estar tan tranquilo y despreocupado? Ni siquiera se había tomado la molestia de contestar a la objeción de Aquilio en el sentido de que le privarían del mando. ¿Qué se traía entre manos el zorro de Arpinum? ¿Por qué no se le veía preocupado?

Sila olvidó de pronto aquellos arduos interrogantes, porque acababa de ver algo que prometía ser deliciosamente picante, y sus ojos comenzaron a bailar de interés y recreo.

Fuera de la tienda de los tribunos había dos hombres hablando. O al menos eso era lo que le habría parecido a un observador cualquiera, pero a Sila se le antojó el prólogo de una maravillosa farsa. El más alto de los dos era Cayo Julio César y el más bajo Cayo Lusio, sobrino del "gran hombre" (sólo por matrimonio, se habría apresurado a añadir Mario).

Sila se dirigió hacia ellos pensando en si habría que serlo para reconocerlo. Era evidente que César no sabía distinguirlo, y, sin embargo, Sila notaba en él una especie de alarma.

– ¡Oh, Lucio Cornelio! -relinchó Cayo Lusio-. Estaba preguntándole a Cayo Julio si sabía qué clase de vida nocturna hay en Arelate, y si quería ir a probarla conmigo.

El bello rostro longilíneo de César era una máscara inexpresiva de cortesía, pero se le notaba claramente el deseo de apartarse de aquella compañía, pensó Sila, por la mirada que procuraba mantener fija en Lusio y que se le iba hacia un lado, por los imperceptibles movimientos que sus pies hacían en las botas militares, por el leve movimiento de dedos, y por muchas cosas más.

– Quizá Lucio Cornelio lo sepa mejor que yo -dijo César, comenzando a buscar la manera de evadirse, cargando el peso sobre un pie y desviando el otro un poco.

– ¡Oh, no, Cayo Julio, no te vayas! -dijo Lusio-. ¡Cuantos más seamos, mejor! -añadió con una risita.

– Lo siento, Cayo Lusio, tengo servicio -dijo César, alejándose.

Sila agarró a Lusio del codo y le apartó de la tienda. Pero le soltó inmediatamente.

Cayo Lusio era muy bien parecido. Tenía ojos verdes con largas pestañas y una poblada melena rizada rojo castaño, cejas bien arqueadas y oscuras y una nariz de longitud más bien griega, recta y carnosa. Un pequeño Apolo, pensó Sila sin impresionarse ni sentir tentación alguna.

Le extrañaba que Mario hubiese puesto los ojos en el joven; era raro en él. Presionado por su familia para que aceptase a Cayo Lusio bajo su mando, Mario había nombrado al joven tribuno sin que le hubieran elegido porque tenía la edad adecuada, pero habría preferido olvidarse de que existía hasta que llegara a destacar por alguna hazaña de valor o de extraordinaria habilidad.

– Cayo Lusio, voy a darte un consejo dijo Sila enérgicamente.

El joven parpadeó con sus largas pestañas y bajó los ojos.

– Te agradezco cualquier consejo, Lucio Cornelio.

– Tú te incorporaste ayer al ejército y has venido desde Roma por tu cuenta -comenzó a decir Sila.

– Desde Roma no, Lucio Cornelio -le interrumpió Lusio-, desde Ferentinum. Mi tío Cayo Mario me dio permiso para quedarme en Ferentinum porque mi madre estaba enferma.

¡Aaah!, se dijo Sila para sus adentros. Eso explicaba el brusco distanciamiento de Mario respecto a su sobrino por matrimonio. ¡Cómo no iba a detestar dar semejante excusa por la tardanza del joven en incorporarse a filas, cuando ni a él se le habría ocurrido recurrir a ella!

– Mi tío aún no me ha pedido que vaya a verle -añadió Lusio-. ¿Cuándo voy a verle?

– Espera a que te llame, pero dudo que lo haga. Hasta que no demuestres lo que vales, eres un estorbo para él, por la simple razón de que has pedido privilegios antes de que comenzase la campaña… y te has incorporado tarde.

– ¡Es que mi madre estaba enferma! -replicó Lusio, indignado.

– Todos tenemos madre, Cayo Lusio, o todos la hemos tenido. Muchos de nosotros nos hemos visto obligados a ir al servicio militar cuando teníamos enferma a nuestra madre, y muchos nos hemos enterado de la muerte de la madre haciendo el servicio militar muy lejos de ella. Y todos tenemos gran cariño a nuestra madre. Pero que la madre esté enferma no se considera un pretexto aceptable para incorporarse tarde a filas. Imagino que ya habrás contado a tus compañeros de tienda por qué has llegado tarde…

– Sí -contestó Lusio, cada vez más perplejo.

– Lástima. Mejor habría sido que no hubieses dado explicaciones y que hubiesen pensado lo que quisieran. Con esa excusa no ganas nada ante ellos y tu tío sabe que él tampoco por consentirlo. Pero el parentesco es el parentesco, y se presta a la injusticia -dijo Sila, frunciendo el entrecejo-. De todos modos, no es lo que quería decirte. Estamos en el ejército de Cayo Mario, no en el de Escipión el Africano. ¿Sabes a qué me refiero?

– No -contestó Lusio, totalmente despistado.

– Catón el censor acusó al Africano y a sus oficiales de mandar un ejército minado por la inmoralidad. Pues bien, Cayo Mario piensa mucho más como Catón el censor que como Escipión el Africano. ¿Me entiendes ahora?

– No -respondió Lusio, palideciendo.

– Yo creo que si -replicó Sila, sonriendo para mostrar sus desagradables dientes-. Te atraen los jóvenes guapos y no las mujeres. No puedo acusarte de afeminamiento manifiesto, pero si vas por ahí moviendo las pestañas a jóvenes como Cayo Julio (que, por cierto, es cuñado de tu tío, igual que yo), te encontrarás con graves problemas. Preferir el sexo propio no está considerado una virtud romana; al contrario, se considera, sobre todo en las legiones, un vicio nefando. Si no lo fuese, quizá las mujeres de las ciudades próximas a nuestros campamentos no harían tanto dinero ni las mujeres de los enemigos que vencemos sentirían la violación como primera imposición de la espada romana. ¡Pero algo de esto tienes que saber!

Lusio estaba muy nervioso; aquella reprimenda le causaba a la vez un sentimiento de inferioridad y de enorme injusticia.

– ¡Cómo cambian los tiempos -replicó-, ya no es el pecadillo social de antaño!

– Confundes los tiempos, Cayo Lusio, quizá porque quisieras que cambiasen y te juntas con gente de tu clase que piensa igual; os reunís y comparáis anécdotas, y aprovecháis cualquier afirmación para apoyar vuestro criterio. Pero te aseguro -añadió Sila, muy serio- que cuanto más te aísles en ese mundo en que naciste, más te engañarás a ti mismo. Y no hay ningún sitio en el que se perdone menos preferir al propio sexo como en el ejército de Cayo Mario. Y nadie te castigará más severamente que él si se entera de tu secreto.

– ¡Me volveré loco! -exclamó el joven Lusio, casi llorando y retorciéndose las manos.

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