El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Bien, ¡basta de escaramuzas! -añadió en tono algo burlón-. Vivimos en una península codo con codo con nuestros amigos itálicos, que no son romanos y nunca lo serán. Que se hayan elevado a su actual prominente posición en el mundo se debe exclusivamente a los grandes logros de Roma y los romanos. Que los pueblos itálicos estén ampliamente presentes en las provincias y esferas de influencia romana se debe estrictamente a los grandes logros de Roma y los romanos. El pan de su mesa, el fuego de sus casas en invierno, la salud y el número de sus hijos se lo deben a Roma y a los romanos. Antes de Roma, era el caos, la total desunión. Antes de Roma estaban los crueles reyes etruscos al norte de la península y los codiciosos griegos al sur. Por no hablar de los celtas de la Galia.
La cámara escuchaba en silencio ahora que Mario hablaba en serio, y hasta sus más acendrados enemigos prestaban atención, pues aquel militar, por crudo y directo que fuera, era un buen orador en su latín provinciano mientras dominase sus impulsos y hablase con un acento no muy distinto al de Escauro.
– Padres conscriptos, vosotros y el pueblo de Roma me habéis dado un mandato para librar a Italia de los germanos. Tan pronto como sea posible, llevaré como legados a la Galia Transalpina al propretor Manio Aquilio y al valiente senador Lucio Cornelio Sila. ¡Aunque nos cueste la vida, os libraremos de los germanos y garantizaremos la eterna seguridad de Roma e Italia! Eso os prometo en mi nombre y en nombre de mis legados y de todos mis soldados. Nuestro cometido es sagrado para nosotros y nada se opondrá a nuestro paso. ¡Llevaremos a la cabeza las águilas de plata de las legiones de Roma y alcanzaremos la victoria!
El grupo de senadores anodinos de los últimos bancos comenzó a vitorear y a patear, y al poco aplaudían también las primeras filas, Escauro incluido, pero no Metelo el Numídico.
Mario aguardó a que se hiciera el silencio.
– No obstante, antes de partir, debo suplicar a esta cámara que haga lo que pueda para paliar la preocupación de nuestros aliados itálicos. No podemos dar pábulo a estas alegaciones de que se emplean tropas itálicas para luchar en campañas que no son de incumbencia de los aliados itálicos, ni podemos dejar de alistar a todos los soldados que los aliados itálicos aceptaron formalmente darnos en virtud de un tratado. Los germanos amenazan a toda la península, incluida la Galia itálica. Pero la terrible escasez de hombres idóneos para servir en las legiones afecta a los aliados itálicos tanto como a Roma. El pozo se ha secado, colegas senadores, y el nivel de las aguas que lo alimentaban tardará en subir. Me gustaría dar a nuestros aliados itálicos la seguridad de que mientras exista un mínimo aliento de vida en este organismo nada augusto y nada notable, nunca más las tropas itálicas, ni romanas, perderán la vida en los campos de batalla. ¡Yo trataré con más reverencia y respeto que mi propia vida la vida de los hombres que lleve conmigo a defender a la patria! Así os lo prometo.
Se oyeron de nuevo vítores y aplausos, y esta vez las primeras filas se unieron antes, pero no Metelo el Numídico ni Catulo César.
Mario volvió a aguardar a que se hiciese el silencio.
– Ha llegado a mi conocimiento una reprensible situación. Se trata de que nosotros, el Senado y el pueblo de Roma, hemos sometido a esclavitud a muchos miles de itálicos y aliados en concepto de deuda, enviándolos como esclavos a las tierras de nuestros dominios en los confines del Mediterráneo. Como la mayoría de ellos proceden de la agricultura, casi todos se hallan cancelando su deuda en nuestros graneros de Sicilia, Cerdeña, Córcega y Africa. ¡Eso, padres conscriptos, es una injusticia! Si a los deudores romanos ya no se les inflige la esclavitud, tampoco debemos hacerlo con nuestros aliados itálicos. No, no son romanos, y nunca serán romanos; pero son nuestros hermanos de la península, y ningún romano esclaviza a sus hermanos por deudas.
Sin dar tiempo a que protestasen los grandes latifundistas que había entre los senadores, Mario prosiguió:
– Hasta que pueda dar a nuestros grandes terratenientes de las regiones trigueras la mano de obra a base de esclavos germanos, deberán procurársela de otro modo que no sea el de esclavos itálicos por deudas. Porque nosotros, padres conscriptos, debemos promulgar hoy mismo un decreto, que ratifique la Asamblea de la plebe, manumitiendo a todos los esclavos nacidos en los pueblos itálicos que son aliados nuestros. No podemos imponer a nuestros aliados más antiguos y fieles lo que no es aplicable entre nosotros. ¡Hay que liberar a esos esclavos! Tienen que volver a Italia para cumplir con su deuda natural con Roma: servir en las legiones auxiliares romanas.
"Se me informa que no queda población capíte censi en ningún pueblo itálico porque están reducidos a la esclavitud. Pues bien, colegas del Senado, el capite censi de Italia puede utilizarse mejor que trabajando en las regiones de abastecimiento de trigo. ¡Ya no podemos formar ejércitos al estilo tradicional, porque los pequeños propietarios que servían en ellos son demasiado viejos, demasiado jóvenes o han muerto! De momento, el censo por cabezas es el único recurso para alistar soldados. Mi valiente ejército africano, totalmente reclutado entre ese censo, ha demostrado que estos hombres llegan a ser magníficos soldados. Y del mismo modo que se ha demostrado que los propietarios procedentes de los pueblos itálicos, como soldados, no son en nada inferiores a los propietarios romanos, en los años venideros se demostrará que los hombres del censo por cabezas de los pueblos itálicos no son en nada inferiores a los soldados del censo por cabezas romano.
Mario descendió del estrado curul y dio unos pasos hasta el centro de la cámara.
– ¡Quiero ese decreto, padres conscriptos! ¿Me lo concederéis?
Lo había hecho magistralmente. Arrastrado por la fuerza de su oratoria, el Senado en pleno reaccionó como un solo hombre, mientras Metelo el Numídico, Metelo Dalmático, Escauro, Catulo César y otros trataban inútilmente de tomar la palabra.
– ¿Y cómo vas a lograr que los terratenientes trigueros acepten el decreto? -inquirió Publio Rutilio Rufo, mientras acompañaba a Mario en la breve distancia a su casa, después de la sesión de la cámara-. Supongo que te das cuenta de que estás pisoteando precisamente al grupo de caballeros y comerciantes de cuyo apoyo más dependes. Todos los favores que les concediste en Africa quedarán en agua de borrajas. ¿Te das cuenta de la cantidad de esos esclavos que son itálicos? ¡Sicilia funciona gracias a ellos!
– Ya tengo a mis agentes trabajando -respondió Mario, encogiéndose de hombros-. Saldrá bien. Además, porque haya estado apartado en Cumas este último mes, no creas que no me he movido. He realizado un estudio y los resultados son bien elocuentes, y muy interesantes. Sí, hay muchos miles de esclavos procedentes de los pueblos itálicos aliados trabajando en las zonas trigueras. Pero en Sicilia, por ejemplo, la gran mayoría de ellos son griegos. Y en Africa haré que el rey Gauda sustituya la mano de obra cuando liberen a los esclavos itálicos. Gauda es cliente mío y no le queda más remedio que avenirse a mis deseos. Cerdeña resulta más dificil, porque allí casi todos los esclavos son itálicos. No obstante, estoy seguro de que al nuevo gobernador, nuestro estimado propretor Tito Albicio, se le puede ganar para mi causa.
– Tiene un cuestor muy arrogante, Pompeyo el Bizco de Picenum -arguyó Rutilio Rufo, poco convencido.
– Los cuestores son como mosquitos -replicó Mario con desdén-, que no saben buscar otros sitios cuando empiezas a darte sopapos en la cabeza.
– No es una observación muy halagüeña para Lucio Cornelio.
– Él es distinto.
– No sé, Cayo Mario -dijo Rutilio Rufo con un suspiro-, no sé. Espero que todo te salga como piensas.
– Viejo cínico -dijo Mario con afecto.