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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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En las dos últimas semanas de mayo, Nerva había liberado a unos ochocientos esclavos itálicos de Siracusa, mientras que su cuestor en Lilybaeum mataba el tiempo en espera de órdenes. En éstas, se presentó en Siracusa una airada comisión de cultivadores de trigo, amenazando con entrar en acción -con medidas que iban desde la castración hasta la querella- si seguía manumitiendo a sus esclavos. A Nerva le entró pánico y cerró inmediatamente el tribunal. Ya no se liberaba a más esclavos. Pero, desgraciadamente, la directriz llegó demasiado tarde en Lilibaeum al cuestor, que ya estaba harto de esperar y había montado el tribunal en la plaza del mercado, y que cuando apenas había comenzado, se veía obligado a cerrar; y los esclavos congregados en la plaza del mercado se volvieron locos de rabia y se disolvieron con ánimos asesinos.

El resultado fue que estalló una sublevación en el extremo occidental de la isla. Comenzó con el asesinato de una partida de acaudalados hermanos, propietarios de una gran finca cerca de Haliciae y se fue extendiendo. Por toda Sicilia cientos de esclavos, que en seguida fueron miles, abandonaron las granjas, en algunos casos después de asesinar a capataces y a propietarios, y se reunieron en el bosque de los Palici, que creo se encuentra a unas cuarenta millas al sudoeste del monte Etna. Nerva convocó a la milicia y creo que ha aplastado la revuelta tomando por asalto una antigua fortaleza llena de esclavos. Acto seguido, disolvió la milicia y la envió a casa.

Pero aquello no era más que el principio de la revuelta, que volvió a estallar cerca de Heracleia Minoa; y cuando Nerva trató de volver a reunir la milicia, todos hicieron oídos sordos, y se vio obligado a recurrir a una cohorte de tropas auxiliares acantonada en Enna, localidad muy distante de Heracleia Minoa, pero era la única tropa disponible. En esta ocasión Nerva fue derrotado, la cohorte quedó aniquilada y los esclavos se hicieron con armas.

Entretanto, los itálicos nombraron un jefe, presumiblemente un itálico que no había sido manumitido antes de que Nerva clausurase los tribunales. Se llama Salvio y es un marso; parece que cuando era hombre libre tenía la profesión de encantador de serpientes, y fue esclavizado porque le sorprendieron tocando la flauta ante un grupo de mujeres entregadas a esos cultos dionisiacos que tanto preocuparon al Senado hace años. Ahora, Salvio se ha proclamado rey, pero como es itálico, lleva su dignidad al estilo romano, no al helénico, y viste la toga praetexta en vez de diadema, haciéndose preceder de lictores con los fasces y las hachas.

En el extremo de Sicilia, cerca de Lilybaeum, ha aparecido otro rey de esclavos, éste griego, llamado Atenión, quien también ha reunido un ejército. Tanto Salvio como Atenión se juntaron en el bosque de los Palici y celebraron un cónclave. Como consecuencia, Salvio (que ahora se hace llamar rey Trifón) es el jefe máximo y ha elegido como cuartel general una plaza inexpugnable llamada Triocala, en la falda de las montañas que dominan la costa vecina a Africa, a medio camino entre Agrigentum y Lilybaeum.

En estos momentos, Sicilia es una Iliada de infortunios. La cosecha está por recoger, salvo lo que los esclavos han cogido para alimentarse, y este año Roma no tendrá trigo de la isla. Sus ciudades protestan por la afluencia de refugiados que han buscado abrigo entre sus murallas y el hambre y las enfermedades campan por las calles. Un ejército de sesenta mil esclavos bien armados con una caballería de cinco mil hace de las suyas de un lado para otro de la isla, y cuando se ve en peligro se retira a esa fortaleza inexpugnable de Triocala. Han atacado Murgantia y se han apoderado de ella, y menos mal que no lograron hacerse con Lilybaeum, que debió su salvación a un contingente de veteranos que supieron de la revuelta y llegaron en su ayuda por mar desde Africa.

Y ahora te cuento lo más indignante. Roma no sólo sufre una gran carencia de trigo, sino que además parece que alguien ha intentado manipular los acontecimientos de Sicilia fomentando la escasez de grano. La revuelta de esclavos ha provocado no una escasez pasajera, sino una carestía drástica; pero nuestro estimado Escauro, príncipe del Senado, sigue una pista que espera que le conduzca al culpable supremo. Yo me malicio que sospecha del despreciable cónsul Fimbria y de Cayo Memio. ¿Por qué un hombre recto y decente como Memio se alía con un individuo como Fimbria? Bueno, sí, creo que podría contestar a la pregunta. Él habría debido ser pretor hace años, pero sólo ahora lo ha conseguido, y necesita dinero para ser cónsul. Y cuando la falta de dinero impide que un hombre ocupe la silla que cree que le corresponde, es capaz de cometer muchas imprudencias.

Cayo Mario dejó la carta a un lado con un suspiro, acercó los despachos oficiales del Senado, y se puso a leerlos, cómodamente, solo y sin inhibiciones para silabear en voz alta. No es que fuese una desgracia, porque todos leían en voz alta; pero los demás se suponía que hablaban griego.

Publio Rutilio tenía razón, como siempre. Su larguísima carta era mucho más explícita que los despachos, aunque éstos incluían el texto de la carta de Nerva y aportaban muchas estadísticas. Pero no eran tan convincentes ni nuevas, y no daban el cuadro tan preciso que se desprendía de la carta de Rutilio.

Le era fácil imaginar la consternación en Roma. Una drástica carestía de trigo significaba peligro para muchas carreras políticas y un mal ambiente entre los del Erario y los ediles buscando otras fuentes de abastecimiento. Sicilia era la panadería, y si Sicilia no daba una buena cosecha, Roma se enfrentaba a la perspectiva del hambre. Ni Africa ni Cerdeña aportaban tanto trigo como Sicilia. ¡Ni siquiera juntas! La crisis haría que el pueblo culpara al Senado de haber enviado un mal gobernador a Sicilia, y el censo por cabezas haría responsables del hambre al pueblo y al Senado.

El censo por cabezas no era un organismo político, y no le interesaba gobernar ni que le gobernasen; su participación en la vida pública se limitaba a los asientos que ocupaba en los juegos y a su presencia en los repartos de las fiestas. Y, sin embargo, el censo por cabezas era una fuerza a tener en cuenta.

No es que se diera el grano gratis al censo por cabezas, pero el Senado, mediante sus ediles y cuestores, garantizaba que le fuera vendido trigo a un precio razonable, aunque en épocas de escasez eso supusiera comprarlo más caro y expenderlo al mismo precio, con gran disgusto del Erario. Todos los ciudadanos romanos que vivían en Roma tenían derecho a su ración de trigo al precio estatal estipulado, independientemente de su riqueza, a condición de ponerse a la enorme cola que se formaba ante el mostrador edilicio en el Porticus Minucia para recibir la cédula, que, presentada en cualquiera de los silos estatales del acantilado del Aventino sobre el puerto de Roma, facultaba para adquirir los cinco modii de trigo barato. Que los pudientes no se molestasen era lógico, porque era mucho más fácil comprarlo en el Velabrum y que los mercaderes se encargaran de obtenerlo en los silos particulares situados al pie del acantilado del Palatino en el Viscus Tuscus.

Sabiéndose atrapado en lo que podía ser una precaria posición política, Cayo Mario frunció sus esplendorosas cejas. En cuanto el Senado ordenara al Tesoro abrir sus cajas fuertes llenas de telarañas para comprar trigo barato para el censo por cabezas, comenzarían los alaridos; los jefes de los tribuni aerarii, burócratas del Erario, comenzarían a despotricar diciendo que no podían gastarse grandes sumas en comprar trigo habiendo seis legiones del censo por cabezas empleadas en las obras públicas en la Galia Transalpina. Eso, a su vez, haría que la responsabilidad recayera en el Senado, el cual tendría que entablar una horripilante batalla con el Tesoro para conseguir el trigo necesario; y luego el Senado se quejaría al pueblo de que, como de costumbre, el censo por cabezas era un estorbo muy costoso.

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