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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Sila trataba de mostrarse comprensivo y al corriente de aquella lógica femenina, pero no hizo comentarios.

– Mi madre ha cambiado desde la muerte de mi padre -prosiguió Julia-. Creo que ninguno de nosotros se había dado cuenta de lo unidos que estaban y de cuánto confiaba ella en su prudencia y sus orientaciones. Y ahora se ha vuelto maniática y quisquillosa; todo le parece mal y a veces es insufriblemente crítica. Cayo Mario vio lo mal que andaban las cosas en casa y se ofreció a comprarle una villa en el mar para que el pobre Sexto viviera en paz, pero ella se puso como una fiera y dijo que ya sabía que no la querían y que si es que iban a tratarla como una perjura para que se fuera de su casa… ¡No sabes cómo fue!

– Me imagino que lo que insinúas es que invite a Marcia a vivir con Julilla y conmigo -dijo Sila-, pero ¿cómo va a atraerle esta solución si no le satisfizo lo de la villa en el mar?

– Porque se dio cuenta de que la solución de Cayo Mario era una simple excusa para quitársela de en medio, y ella en estos momentos está muy irritada para ceder ante la pobre esposa de Sexto -dijo Julia-. Pero si la invitas a vivir con Julilla es distinto; para empezar, estará a un paso de casa, y, además, verá que la necesitan, que es útil. Y podrá vigilar a Julilla.

– ¿Y querrá? -inquirió Sila, rascándose la cabeza-. Por lo que me ha dicho Julilla, nunca viene de visita a pesar de que vive al lado.

– Es que tampoco se lleva bien con Julilla -contestó Julia, ya menos preocupada-. ¡Se pelean! Julilla, apenas ve que entra por la puerta, le dice que se vuelva a casa; pero si tú la invitases a vivir con vosotros, Julilla no podría hacer nada.

– Parece que estás decidida a convertir mi casa en un infierno -replicó Sila, sonriente.

– ¿Y eso te importará, Lucio Cornelio? -respondió Julia enarcando una ceja-. Al fin y al cabo, tú estarás fuera.

Mientras se lavaba las manos en la palangana que le había traído un criado, Sila enarcó una ceja.

– Te lo agradezco, cuñada -dijo; se levantó y se inclinó a besar a Julia en la mejilla-. Mañana veré a Marcia y le pediré que venga a vivir con nosotros. Le expondré con toda franqueza los motivos. Mientras sepa que a mis hijos se les cuida, podré soportar el estar apartado de ellos.

– ¿No los cuidan bien los esclavos? -inquirió Julia levantándose.

– Oh, los esclavos los miman y los estropean. Julilla compró unas doncellas estupendas para ocuparse de ellos. ¡Pero eso es convertirlos en esclavos, Julia! Son chicas griegas, tracias, celtas o qué sé yo, llenas de supersticiones y costumbres provincianas, que piensan en sus propios idiomas en vez de hacerlo en latín y que siguen pensando en sus remotos padres y parientes como en una especie de hitos de autoridad. Quiero que mis hijos se críen como es debido, al estilo romano, que los eduque una romana. Tendría que hacerlo su madre, pero como tengo mis dudas, no encuentro mejor alternativa que se ocupe su abuela Marcia, que es una mujer resuelta.

– Bien -dijo Julia.

Se dirigieron a la puerta.

– ¿Me es infiel Julilla? -inquirió Sila de repente.

Julia no fingió espanto ni se ofendió por la pregunta.

– Lo dudo mucho, Lucio Cornelio. Su vicio es el vino, no los hombres. Tú eres hombre y consideras que los hombres son un vicio peor que el vino, pero yo no estoy de acuerdo; el vino puede causar peores males a tus hijos que la infidelidad de tu esposa. Una mujer infiel no deja de cuidar a sus hijos ni quema la casa, mientras que una ebria sí. Ahora -añadió con un gesto de la mano-, lo importante es que mi madre se ponga manos a la obra.

En aquel momento irrumpió Cayo Mario en la habitación, correctamente vestido con la toga bordada de púrpura y gran aspecto de cónsul.

– ¡Vamos, vamos, Lucio Cornelio! ¡Acabemos la ceremonia antes de que se oculte el sol y salga la luna!

La esposa y el cuñado intercambiaron una sonrisa y los dos hombres salieron hacia el templo de Júpiter.

Mario hizo cuanto pudo para ablandar a los aliados itálicos.

– No son romanos -dijo ante la cámara con ocasión de la primera reunión práctica en los nones de enero-, pero son nuestros mejores aliados en todas nuestras empresas y comparten con nosotros la península de Italia. Comparten también la carga de aportar tropas para defender Italia y no han sido bien servidos. Como tampoco lo ha sido Roma. Como sabéis, padres conscriptos, actualmente se está dando un caso lamentable en la Asamblea de la plebe, en la que el consular Marco Junio Silano se está defendiendo de la imputación que ha presentado contra él el tribuno de la plebe Cneo Domicio. Aunque no se ha pronunciado la palabra traición, la implicación está clara: Marco Junio es uno de esos magistrados consulares de estos últimos años que ha perdido un ejército entero, incluidas legiones de aliados itálicos.

Se volvió para mirar directamente hacia Silano, que aquel día estaba en la cámara porque eran nones fasti, días de negocios públicos, y la Asamblea plebeya no podía reunirse.

– No me corresponde hoy exponer ningún cargo contra Marco Junio. Simplemente menciono un hecho. Que otros organismos y otros hombres se ocupen de la querella. Yo simplemente menciono un hecho. Marco Junio no necesita hablar hoy aquí en defensa de sus actos por causa mía. Yo simplemente menciono un hecho.

Carraspeó, haciendo una pausa y ofreciendo a Silano la oportunidad de decir algo, pero éste permanecía en silencio, como si Mario no existiese.

– Yo simplemente menciono un hecho, padres conscriptos. Simplemente eso; un hecho es un hecho.

– ¡Oh, vamos, continuad! -dijo Metelo el Numídico con aire de fastidio.

– Bien, gracias, Quinto Cecilio -replicó Mario haciendo una gran reverencia con su mejor sonrisa-. ¿Cómo no iba a continuar habiendo sido invitado a hacerlo por un magistrado consular tan augusto y notable como vos?

– Augusto y notable significa lo mismo, Cayo Mario -terció Metelo Dalmático pontífice máximo, con fastidio similar al de su hermano menor-. Ahorraríais a esta cámara considerable tiempo si hablaseis un latín menos tautológico.

– Pido perdón al augusto y notable magistrado consular Lucio Cecilio -replicó Mario, con otra profunda reverencia-, pero, en nuestra sociedad eminentemente democrática, esta cámara está abierta a todos los romanos, incluso a aquellos que, como yo, no pueden decirse augustos y notables. -Hizo una pausa, fingiendo reflexionar, provocando una ofuscación de pestañas sobre su nariz-. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! En la carga que nuestros aliados itálicos comparten con nosotros facilitándonos tropas para defender Italia. Una de las objeciones para aportar tropas que se repite en ese alud de cartas de los magistrados de los samnitas, los apuleos, los marsos y otros -añadió, cogiendo un montón de rollos que le tendía un funcionario y mostrándolos a la cámara- se refiere a la legalidad de que exijamos a los aliados itálicos la provisión de tropas para realizar campañas fuera de las fronteras de Italia y de la Galia itálica. Los aliados itálicos, augustos y notables padres conscriptos, sostienen que han estado aportando tropas, y perdiendo miles y miles de hombres, ¡para las guerras de Roma en el extranjero!, y cito textualmente.

Se oyó un murmullo entre los senadores.

– ¡Esa alegación es totalmente infundada! -espetó Escauro-. ¡Los enemigos de Roma son también enemigos de Italia!

– Yo sólo cito lo que dicen las cartas, Marco Emilio, príncipe del Senado -contestó Mario apaciguador-. Debemos tener en cuenta lo que dicen por la simple razón de que yo imagino que esta cámara tendrá que recibir en breve embajadas de todos los pueblos de Italia que han manifestado su descontento en tan numerosas cartas.

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