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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Así que empecé a pensar que si no era inminente la guerra con los germanos, nos interesaba tratar de obtener información de primera mano -continuó Sila-. Mis dos esclavos han estado al servicio de romanos bastante tiempo y hablan latín, aunque en el caso del germano, un latín rudimentario. Lo curioso es que, por el galo, he sabido que entre sus compatriotas de pelo largo la segunda lengua es el latín, no el griego. Bueno, no es que vaya a suponer que los galos vayan por ahí contando chistes en latín, pero gracias a los contactos que mantenemos con las tribus asentadas, como son los eduos, a través de soldados y comerciantes, hay galos que tienen conocimientos de latín y han aprendido a leerlo y escribirlo, y, como su lengua no se escribe, cuando leen y escriben lo hacen en latín. No en griego. Es fascinante, ¿verdad? Estamos tan acostumbrados a pensar que el griego es la lengua universal que resulta gracioso que haya una parte del mundo en la que se prefiera el latín.

– No siendo erudito ni filósofo, Lucio Cornelio, debo confesarte que no es algo que me subyugue. No obstante -añadió Mario con una tímida sonrisa-, sí que tengo sumo ínterés en saber datos sobre los germanos.

– ¡Tocado, Cayo Mario! -exclamó Sila alzando las manos, como rindiéndose-. Muy bien. Veamos: hace casi cinco meses que vengo aprendiendo la lengua de los carnutos del centro de la Galia y el idioma de los cimbros germánicos. Mi maestro de carnuto siente mayor entusiasmo por el plan que mi maestro de germano, pero también hay que decir que es más despierto. -Sila hizo una pausa para reflexionar sobre tal afirmación y no acabó de complacerle-. Mi impresión de que el germano es más cerrado de mollera quizá no sea correcta; quizá sea porque la añoranza de los suyos es más fuerte que en el caso del galo y le produce un distanciamiento mental de su actual desgracia. O, dado la suerte de la sisa y el hecho de que fue lo bastante tonto para dejarse capturar en una guerra que ganaron los suyos, quizá si que sea un germano tonto.

– Lucio Cornelio, mi paciencia no es inagotable -dijo Mario, más bien en tono de resignación-. ¡Pareces un peripatético especialmente peripatético!

– Perdona -replicó Sila con una sonrisa, volviéndose a mirarle a la cara. El fulgor en sus ojos cesó y de nuevo pareció un ser mortal-. Con mi pelo, mi tez y mis ojos -prosiguió animado-, puedo hacerme pasar fácilmente por galo. Voy a convertirme en galo y viajar a zonas en que los romanos no se arriesgarían a aventurarse. Concretamente, pienso seguir a los germanos en su marcha hacia Hispania, lo que, tengo entendido, incluye a los cimbros y seguramente a los otros pueblos. Sé suficiente címbrico para entender al menos lo que dicen, y por eso me centraré en los cimbros. -Lanzó una carcajada-. En realidad, mi pelo tendría que ser más largo que el de una bailarina, pero, de momento, valdrá; si me preguntan por qué es tan corto diré que tuve una enfermedad en el cráneo y tuve que cortármelo. Suerte que me crece rápido.

No dijo más. Durante un buen rato Mario tampoco dijo nada; se limitó a poner el pie en un tronco, a apoyar el codo en la rodilla y la barbilla en el puño. La verdad es que no sabía qué decir. Llevaba meses preocupado porque iba a perder a Lucio Cornelio en los placeres de Roma porque la campaña iba a ser demasiado aburrida, y todo aquel tiempo Lucio Cornelio había estado elaborando pacientemente un plan que nada tenía de aburrido. ¡Menudo plan! ¡Vaya hombre! Ulises era el primer espía conocido de la historia en su disfraz de troyano, infiltrándose dentro de Ilión para recoger toda la información posible, y uno de los temas preferidos que los grammaticus imponían a los alumnos era si Calcas se pasó a los aqueos porque estaba realmente harto de los troyanos, porque quería espiar por cuenta del rey Príamo, o porque quería sembrar la discordia entre los reyes de Grecia.

Ulises también tenía el pelo rojo y también era de alta cuna. Sin embargo, a Mario le resultaba imposible pensar en Sila como un Ulises redivivo. Era un hombre suyo en todos los aspectos y tenía un plan perfecto. Era un hombre sin miedo que veía aquella fantástica misión con perspectiva práctica y… y de un modo irrebatible. En otras palabras, lo enfocaba como el aristócrata romano que era, y no albergaba dudas ante un posible fracaso, porque sabía que era mejor que los demás mortales.

Bajó el puño, el codo y la pierna, lanzó un suspiro e inquirió:

– ¿Crees sinceramente que puedes conseguirlo, Lucio Cornelio? ¡Qué romano más extraordinario eres! Siento enorme admiración por ti y por tu magnífico plan, pero tendrás que desprenderte de todo vestigio de romano, y no sé yo si un romano es capaz de eso. Nuestra cultura es tan profunda que deja marcas indelebles. Tendrás que vivir una farsa.

– ¡Oh, Cayo Mario, toda mi vida he vivido una clase u otra de mentira! -replicó Sila enarcando una de sus rubias cejas y esbozando una mueca con las comisuras de los labios.

– ¿Incluso ahora?

– Incluso ahora.

Reemprendieron el camino.

– ¿Piensas ir solo, Lucio Cornelio? -inquirió Mario-. ¿O crees que será mejor ir acompañado? ¿Y si necesitas enviarme un mensaje urgente y no puedes hacerlo tú? ¿No te sería útil tener un compañero para que os sirváis mutuamente de espejo?

– He pensado en eso -respondió Sila-, y quisiera ir con Quinto Sertorio.

De entrada, Mario pareció encantado, pero luego puso ceño.

– Su tez es demasiado oscura; no pasaría por galo, y menos por germano.

– Cierto. Pero podría ser un griego con sangre celtibérica -dijo Sila con un carraspeo-. En realidad, cuando salimos de Roma le regalé un esclavo, un celtíbero de los ilergetes. No le expliqué lo que tramaba, pero le dije que aprendiese a hablar celtíbero.

– Está muy bien pensado -dijo Mario mirándole-. Lo apruebo.

– Entonces, ¿puedo llevarme a Quinto Sertorio?

– Claro. Aunque sigo pensando que es de tez demasiado oscura y eso podría delatarte.

– No, no pasará nada. Quinto Sertorio me servirá admirablemente y su color de piel creo que será positivo. Mira, Quinto Sertorio tiene magia animal y los hombres con magia animal tienen un gran ascendiente entre los pueblos bárbaros. Ese color de piel realzará sus poderes chamánicos.

– ¿Magia animal? ¿Qué es eso?

– Quinto Sertorio tiene poder para someter a las fieras. Lo descubrí en Africa un dia que silbó a un gatopardo y lo acarició. Y, apenas estaba yo pensando un papel para él en esta misión cuando amaestró a un aguilucho al que había estado curando, aunque sin extirparle el instinto natural de ser libre y volar. El ave vive ahora como debe según su naturaleza, pero sigue siendo amiga suya, viene a verle, se le posa en el brazo y le da besos. Los soldados le guardan reverencia. Es un buen presagio.

– Lo sé -dijo Mario-. El águila es la insignia de las legiones y Quinto Sertorio la refuerza.

Permanecieron mirando un lugar en que estaban clavando en el suelo seis águilas de plata en astas también de plata, adornadas con coronas, phalerae y torcas; ante ellas ardía un fuego en un trípode, había una guardia firme y un sacerdote togado con la cabeza cubierta echaba incienso en las brasas del trípode mientras recitaba las plegarias del atardecer.

– ¿Cual es exactamente la importancia de esa magia con los animales? -inquirió Mario.

– Los galos son muy supersticiosos en relación con los espíritus que habitan los animales salvajes, y tengo entendido que también los cimbros y germanos. Quinto Sertorio personificará perfectamente a un chamán de una tribu hispánica tan remota, que ni las tribus de los Pirineos sabrán de su existencia -dijo Sila.

– ¿Cuándo piensas ponerte en marcha?

– Muy pronto. Pero preferiría que se lo dijeras tú a Quinto Sertorio -dijo Sila-. El querrá venir, pero es absolutamente leal a tu persona; así que es mejor que se lo digas tú. No debe saberlo nadie -añadió con un resoplido-. ¡Nadie!

– Estoy totalmente de acuerdo -respondió Mario-. Pero hay tres esclavos que saben algo, ya que han estado dando clases de idiomas. ¿Quieres que los vendamos y los enviemos a ultramar?

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