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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– No te volverás loco. Te autodisciplinarás y tendrás mucho cuidado con quién te la juegas; y en seguida aprenderás las señas que se llevan aquí entre los que tienen tus gustos -dijo Sila-. Yo no podría decírtelas porque a mí no me afecta el vicio. Si eres ambicioso y quieres triunfar en la vida pública, Cayo Lusio, te recomiendo que no caigas en él. Pero, dado que eres joven y quizá no puedas reprimir tus apetitos, asegúrate de que no te equivocas con la gente.

Y con una amable sonrisa, Sila dio media vuelta y se alejó.

Estuvo un rato paseando sin rumbo fijo, con las manos a la espalda, sin apenas advertir la ordenada actividad del campamento. Se habían dado instrucciones a las legiones para montar un campamento provisional, pese a que no había fuerza enemiga en la provincia. Pero el reglamento estipulaba que un ejército romano no debía dormir sin protección. Ya estaban agrónomos y zapadores marcando el campamento fijo del alcor, y las tropas que no tenían asignada la organización del campamento provisional comenzaban a fortificar la colina, siendo la tarea principal procurarse madera para hacer vigas, estacas y estructuras; pero en el valle del Rhodanus había pocos bosques, dado que era una región muy poblada desde hacia siglos, desde los tiempos de la fundación de Massilia por los griegos, y su influencia, antes que la de los romanos, se había extendido a las tierras del interior.

El ejército estaba acampado al norte de los vastos marjales que constituían el delta del Rhodanus y se extendían al este y al oeste; como de costumbre, Mario había elegido un terreno sin cultivar.

– No hay que buscarse la enemistad de un posible aliado -dijo-. Además, con cincuenta mil bocas más en la región, necesitarán hasta el último palmo de tierra de cultivo.

Los intendentes de grano y provisiones de Mario ya andaban recorriendo la comarca para establecer contratos con los agricultores y las tropas estaban construyendo silos en lo alto del alcor para almacenar la cantidad suficiente para alimentar a los cincuenta mil hombres durante los doce meses entre una cosecha y otra. En el convoy de pertrechos venían todas las cosas que, por los informes, sabía Mario que no iba a encontrar en la Galia Transalpina o que existiría escasez de ellas: brea, grandes vigas, poleas, herramientas, grúas, cabrestantes, cal y cantidades masivas de tornillos y clavos de hierro. En Populonia y Pisae, los dos puertos a donde llegaban los lingotes de hierro dulce de la isla de Ilva, el praefectum fabrum había adquirido todos los existentes y los había hecho transportar en carros para las necesidades de fundición; entre los pertrechos y la maquinaria había yunques, crisoles, martillos, ladrillos y todo lo necesario. Ya había una cuadrilla acarreando madera para hacer un buen aprovisionamiento de carbón, ya que sin carbón no se podía obtener un horno con la temperatura apropiada para fundir el hierro, y no digamos acerarlo.

Cuando dio media vuelta camino de la tienda del general, Sila había ya decidido que había llegado el momento. Acababa de encontrar solución para el aburrimiento; una solución capaz de procurarle todo el drama que su espíritu necesitaba. La idea había tomado forma mientras se hallaba en Roma y la había ido madurando a lo largo de la marcha por la costa. Y acababa de cristalizar. Sí, había llegado el momento de ver a Cayo Mario.

El general estaba solo, escribiendo concienzudamente.

– Cayo Mario, ¿tendrías una hora para dedicarme? Quisiera que me acompañases a dar un paseo -dijo Sila, manteniendo abierto el faldón que separaba la tienda del toldo de piel que protegía al oficial de guardia. Un rayo de luz caía sobre su espalda, confiriéndole un aura de oro líquido, del que destacaban su cabeza y los hombros bañados por los largos rizos de su cabellera.

Mario alzó la cabeza y contempló el encuadre con desagrado.

– Necesitas cortarte el pelo -dijo sin preámbulos-. Unos centímetros más y parecerás una bailarina.

– ¡Extraordinario! -exclamó Sila, sin moverse.

– Desidia, diría yo -replicó Mario.

– Lo extraordinario es que no lo hayas advertido durante meses, y justo ahora que venía a hablarte de ello, lo adviertes. No lees en la mente de la gente, Cayo Mario, pero creo que sintonizas con el pensamiento de tus colaboradores.

– Lo que dices también parece propio de una bailarina -respondió Mario-. ¿Por qué quieres que te acompañe a pasear?

– Porque quiero hablarte en privado, Cayo Mario, en algún sitio seguro en el que las paredes no oigan. Un paseo será lo mejor.

Mario dejó la pluma, enrolló el papel y se puso en pie.

– Prefiero pasear a escribir, Lucio Cornelio. Vamos.

Cruzaron el campamento a buen paso sin hablar ni fijarse en las curiosas miradas que suscitaban por parte de centuriones, soldados y cadetes; al cabo de tres años de campañas con Cayo Mario y Lucio Cornelio, los legionarios habían adquirido un conocimiento tan certero de sus comandantes, que sabían cuándo tramaban algo importante. Y aquel día notaban que algo se traían entre manos.

Estaba ya muy avanzado el día para tratar de ascender al altozano, así que se detuvieron en un sitio en el que el viento se llevaba sus palabras.

– Bien, ¿de qué se trata? -inquirió Mario.

– Comencé a dejarme crecer el pelo en Roma -dijo Sila.

– No me había fijado hasta ahora. Supongo que el pelo tiene que ver con lo que quieres decirme.

– Voy a convertirme en galo -dijo Sila.

– ¡Oh! Cuéntame, Lucio Cornelio -dijo Mario con aire de prevención.

– El aspecto más frustrante de esta campaña contra los germanos es nuestra más absoluta falta de información sobre ellos -respondió Sila-. Desde el principio, cuando los táuricos nos enviaron su primera petición de ayuda y supimos que los germanos iniciaban una migración, nos hemos tropezado con el inconveniente de que no sabemos nada sobre ellos. No sabemos quiénes son, de dónde vienen, qué dioses adoran, y menos por qué migran de sus paises de origen, qué clase de organización social tienen y cómo se gobiernan. Y lo más importante, no sabemos por qué nos derrotan y luego se alejan de Italia.

Hablaba con la vista apartada de Mario, los últimos rayos de sol los envolvían y éste sentía un extraño temor; raras veces le causaba impresión una faceta oculta de Sila, esa faceta que él denominaba inhumana, en un sentido muy distinto del habitual. No, se trataba de que, simplemente, parecía que Sila de pronto descorriera un velo y apareciese distinto a un ser humano, y tampoco es que apareciese como un dios; se transformaba en un ser distinto a ningún mortal. Y en aquel momento, aquella faceta cobraba mayor relieve y era como si tuviese un sol interno en la mirada.

– Continúa -dijo Mario.

– Antes de salir de Roma me compré dos esclavos. Han viajado conmigo y los tengo aquí. Uno es un galo de Carnutes, la tribu depositaria de la religión celta. Es una fe extraña; creen que los árboles son seres animados, que tienen espíritu o algo parecido; es muy difícil establecer una comparación con nuestras creencias. El otro es un germano de los cimbros, capturado en Noricum cuando la derrota de Carbo. Los tengo a los dos separados y ninguno sabe de la existencia del otro.

– ¿Y no te has enterado de cosas de los germanos por tu esclavo? -inquirió Mario.

– Nada. Pretende no saber nada de quiénes son ni de dónde proceden. Por mis averiguaciones he llegado a la conclusión de que su ignorancia es un rasgo común a todos los germanos que hemos capturado y tenemos como esclavos, aunque dudo mucho que haya ningún amo romano que haya intentado obtener información. Eso, ahora, da igual. Mi propósito al comprar ese germano era obtener información, pero viendo que era tan recalcitrante, y no tiene objeto torturar a un individuo que parece un buey, se me ocurrió otra idea. La información, Cayo Mario, suele ser de segunda mano, y, para nuestros propósitos, inadecuada.

– Cierto -dijo Mario, que sabía adónde quería ir a parar Sila, pero no deseaba presionarle.

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