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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Sofrenó al caballo al borde de los árboles y se quedó inmóvil, mirando al frente, antes de sentirse capaz de tirar del ronzal del caballo de carga y reanudar la marcha hacia lo que había sido la granja al’Thor. Únicamente seguía en pie la pared de piedra del aprisco, con la puerta del corral abierta y colgando de uno de los goznes. La chimenea cubierta de tizne arrojaba una sombra oblicua sobre las vigas calcinadas y desmoronadas de la casa. El establo y el secadero de tabaco no eran más que montones de cenizas. Las malas hierbas cubrían la plantación de tabaco y el huerto, y el jardín estaba pisoteado, con todo lo que no fueran plantas silvestres, mustio y roto.

Ni siquiera pensó en encajar una flecha en el arco. El fuego había sido hacía semanas, y las pasadas lluvias habían alisado y descolorido la madera quemada. La enredadera estranguladora necesitaba casi un mes para crecer a esa altura; incluso había tapado el arado y el rastrillo que estaban tirados al borde del campo, y bajo las pálidas y estrechas hojas se advertía la herrumbre.

Los Aiel exploraron la zona cuidadosamente, con las lanzas prestas y ojo avizor, rastreando el suelo palmo a palmo y revolviendo las cenizas con las puntas de las armas. Cuando Bain salió de las ruinas de la casa miró a Perrin y sacudió la cabeza. Al menos Tam al’Thor no había muerto allí.

«Lo saben. Lo saben, Rand. Tendrías que haber venido». Tuvo que hacer un gran esfuerzo de voluntad para no poner a galope a Brioso todo el camino hasta la granja de su familia. Ni siquiera su resistente montura aguantaría tanto trecho sin reventar. A lo mejor esto había sido obra de los trollocs y, en tal caso, quizá su familia seguía trabajando en la granja, aún a salvo. Respiró profundamente, pero el hedor a quemado tapaba cualquier otro olor. Gaul se acercó a él.

—Quienesquiera que hicieran esto se marcharon hace mucho. Mataron algunas ovejas y espantaron al resto. Alguien vino después para reunir el rebaño y llevarlo hacia el norte. Dos hombres, creo, pero las huellas son demasiado viejas para estar seguro.

—¿Hay alguna pista de quién pudo hacerlo?

Gaul sacudió la cabeza en un gesto negativo. Podrían haber sido trollocs. Qué curioso desear algo así. Y qué estupidez. Los Capas Blancas sabían su nombre y, por lo visto, también el de Rand. «Saben cómo me llamo». Contempló las cenizas de la granja al’Thor; Brioso se agitó al notar el temblor de sus manos en las riendas.

Loial había desmontado al llegar al borde de los árboles frutales, pero aun así la cabeza rozaba las ramas. Faile condujo su montura hacia Perrin, mirándolo pensativamente.

—¿Es…? ¿Conoces a la gente que vivía aquí?

—Rand y su padre.

—Oh. Pensé que era… —El alivio y la compasión que denotaba su voz bastaron para finalizar la frase—. ¿Vive cerca tu familia?

—No —repuso, cortante, y la joven retrocedió como si la hubiera abofeteado, pero siguió mirándolo fijamente, aguardando. ¿Qué más tenía que hacer para alejarla de él? Por lo visto, más de lo que se sentía capaz, si hasta ahora no lo había conseguido.

Las sombras seguían alargándose a medida que el sol bajaba hacia las copas de los árboles. Hizo que Brioso volviera grupas, dándole la espalda a la muchacha en un acto de intencionada descortesía.

—Gaul, tendremos que acampar cerca de aquí esta noche. Mañana quiero ponerme pronto en marcha. —Miró con disimulo por encima del hombro y vio que Faile regresaba junto a Loial, sentada en la silla con la espalda tiesa—. En Campo de Emond sabrán… —Dónde se encontraban los Capas Blancas y así podría entregarse antes de que hicieran daño a su familia. Si es que seguían bien, si la granja en la que había nacido no estaba ya como ésta, en ruinas. No, tenía que haber llegado a tiempo para evitar tal cosa—. Sabrán cómo van las cosas.

—De acuerdo, partiremos temprano. —Gaul vaciló—. No conseguirás alejarla, Perrin. Es casi una Far Dareis Mai, y cuando una Doncella te ama no te la quitas de encima por mucho que corras.

—Deja que sea yo quien se preocupe por Faile. —Suavizó la voz, porque al fin y al cabo no era de Gaul de quien quería librarse—. Saldremos muy temprano, cuando todavía esté durmiendo.

Esa noche el silencio reinó en los dos campamentos instalados bajo los árboles frutales. En varias ocasiones una u otra Aiel se puso de pie y miró hacia la pequeña lumbre donde Gaul y él estaban acampados, pero lo único que se oyó fue el ulular de un búho y el piafar de los caballos. Perrin no concilió el sueño en toda la noche, y todavía la luna llena se estaba poniendo y aún faltaba una hora para que apuntaran las primeras luces del día cuando Gaul y él se alejaron a hurtadillas, el Aiel sin hacer ruido alguno con sus suaves botas y los cascos de los caballos casi igual de silenciosos. Bain, o tal vez Chiad, los vio marcharse. Perrin no sabía cuál de ellas era, pero la mujer no despertó a Faile y el joven lo agradeció.

El sol estaba bastante alto cuando por fin salieron del Bosque del Oeste, un poco más abajo de la aldea, en medio de veredas y senderos, la mayoría de los cuales estaban bordeados por setos y burdos muros bajos de piedra. El humo salía por las chimeneas de las granjas; las amas de casa se ocupaban de la primera tarea del día, cocer el pan, a juzgar por el olor. Los hombres ya se encontraban en los campos de tabaco o de cebada, y los niños vigilaban los hatos de ovejas de cara negra en los pastos. Algunas personas los vieron pasar, pero Perrin mantuvo a Brioso al trote y confió en que nadie estuviera lo bastante cerca para reconocerlo o extrañarse por el curioso atuendo de Gaul o por sus lanzas.

También los vecinos de Campo de Emond habrían empezado sus tareas cotidianas, de modo que Perrin dio un amplio rodeo hacia el este que los apartó del pueblo, de las calles de tierra apisonada, de los tejados de paja apiñados en torno al Prado, donde el manantial brotaba de una afloración rocosa con bastante fuerza para derribar a un hombre y para dar origen al arroyo. Los daños sufridos durante la Noche de Invierno de hacía un año —las casas incendiadas y los techos calcinados— ya habían sido reparados. Era como si los trollocs jamás hubieran estado allí. Perrin rogó que nadie tuviera que pasar otra vez por lo mismo. La Posada del Manantial se alzaba prácticamente en la linde oriental de la aldea, entre el sólido Puente de los Carros que cruzaba la impetuosa corriente del arroyo y las antiguas ruinas de un edificio de piedra, en medio de las cuales crecía un roble inmenso. Debajo de sus gruesas ramas se colocaban mesas y sillas para que la gente se sentara en los cálidos días estivales mientras presenciaba o participaba en una partida de bolos. A esta hora de la mañana las mesas estaban vacías, por supuesto. Sólo había unas pocas casas más hacia el este. El primer piso de la posada era de cantos de río, mientras que las paredes del segundo estaban encaladas y sobresalían alrededor de todo el perímetro de la planta inferior; doce altas chimeneas se alzaban en el reluciente techado de tejas rojas, el único que había de tejas en varios kilómetros a la redonda.

Perrin ató a Brioso y al caballo de carga a un poste destinado a tal fin que había cerca de la puerta de la cocina y echó una ojeada al establo de techo de paja. Le llegaba el sonido de hombres trabajando en su interior, seguramente Hu y Tad, limpiando las cuadras donde maese al’Vere guardaba el tiro de fuertes corceles dhurranos que alquilaba cuando había que tirar de grandes pesos. También se oían ruidos en la parte delantera de la posada: el murmullo de unas voces en el Prado, el graznido de gansos, el traqueteo de una carreta. No descargó los caballos porque sería una corta parada la que haría. Indicó por señas a Gaul que lo siguiera y entró apresuradamente llevando consigo el arco antes de que saliera ninguno de los dos mozos de cuadra.

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