La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Zedd oyó las risas ahogadas que procedían del comedor de la planta baja. Una alegre música subía hasta ellos después de traspasar las elegantes y suntuosas alfombras de colores. Un bardo estaba cantando una tonada subida de tono acerca de una princesa que se disfrazaba de moza de taberna para evitar casarse con el detestable príncipe al que su padre, el rey, la había prometido. Tras desenmascarar a su pretendiente como bribón y avaro oportunista, la princesa decidía que, pese a los pellizcos en el trasero que debía soportar, prefería seguir siendo moza de taberna a princesa y vivía una alegre existencia. La multitud expresó ruidosamente su aprobación golpeando las mesas con las jarras al ritmo de la tonada.
— Nos hemos metido en un buen lío, viejo mago —dijo Adie a su espalda suavemente.
— Sí, es cierto —repuso Zedd, asintiendo con aire ausente.
— Lo siento, Zedd. Perdóname por habernos puesto a los dos en esta situación.
— Lo hecho, hecho está. No es culpa tuya, sino mía, por no pensar antes de usar magia para tratar de curarte. Es el precio que he de pagar por pensar con el corazón y no con la cabeza. —También era el precio por violar la Segunda Norma de un mago, pero no lo dijo.
Los pesados pliegues de su túnica se arremolinaron a su alrededor al dar media vuelta para mirarla a la cara.
— Adie, piensa. Tiene que haber alguien que sepa algo sobre lo que nos ha ocurrido, alguien que sepa de skrins. Mientras acumulabas conocimientos sobre el inframundo, ¿conociste a alguien que pueda saber algo? Aunque sea muy poco, puede darme la pista que necesito para salvarnos a ambos.
Adie se recostó en los almohadones mientras pensaba. Al fin movió la cabeza de un lado al otro.
— Yo era joven cuando visitaba a mujeres con el don. Todas ellas eran más viejas que yo, y a estas alturas ya estarán muertas.
— ¿Ninguna de ellas tenía hijas? ¿Hijas que también poseyeran el don?
Adie alzó la vista hacia él y una leve sonrisa brotó en su rostro surcado por finas arrugas.
— ¡Sí! Una, que me enseñó las cosas más importantes acerca de los skrins, tenía hijas. Tres hijas. —Adie se apoyó sobre el codo bueno y su sonrisa se hizo más amplia—. Las tres poseían el don. Entonces eran aún pequeñas, pero tenían el don. Ahora serán más jóvenes que yo. Si su madre vivió lo suficiente, seguramente les enseñó lo que sabía. Así actúan las hechiceras.
Pese al dolor sordo que la extraña magia le causaba en los huesos, Zedd se movió con una vivacidad fruto de la excitación.
— ¡Pues debemos encontrarlas! ¿Dónde viven?
Adie se tumbó de nuevo sobre los almohadones con un gesto de dolor y se cubrió con una manta hasta el pecho.
— Nicobarese. Viven en una remota zona de Nicobarese.
— Córcholis. —Zedd lanzó un suspiro—. Eso está muy lejos, y en la dirección contraria. ¿Se te ocurre alguien más? —El mago se acariciaba el imberbe mentón con los dedos pulgar e índice.
Adie susurró para sí mientras iba levantando uno a uno los dedos de una mano cerrada.
— Hijos —murmuró—, sólo tenía hijos. No, no sabía nada acerca de los skrins —agregó, levantando otro dedo. Finalmente alzó el último, al tiempo que decía—: No tenía hijas. Lo siento, Zedd —se disculpó, dejando caer las manos a ambos lados—. Esas tres hermanas son las únicas que podrían saber algo, y viven en Nicobarese.
— ¿Dónde aprendió su madre lo que sabía? Quizá podríamos ir allí.
Tras alisarse la manta sobre el estómago, la mano de Adie le resbaló a un lado.
— Sólo la Luz lo sabe. Que yo sepa, el único lugar en el que podemos hallar respuestas es Nicobarese.
— Pues iremos a Nicobarese —decidió Zedd, apuntando a lo alto con un enjuto dedo.
— Zedd, en Nicobarese está la Sangre de la Virtud. Mi nombre aún se recuerda y no precisamente con cariño.
— Eso fue hace mucho tiempo, Adie. Desde entonces se han sucedido dos reyes.
— Eso no significa nada para la Sangre.
Zedd se frotó el mentón, pensativo.
— Bueno, nadie sabe quienes somos; hemos ocultado nuestra verdadera identidad para escondernos del Custodio. Así pues, seguiremos siendo dos acaudalados viajeros. Y seguiré llevando estas ridículas ropas —añadió con gesto agrio. La idea de que ambos llevaran un lujoso atuendo había sido de Adie, y a Zedd no le gustaba ni pizca.
— Parece que no tenemos elección —repuso la mujer, encogiéndose de hombros—. Lo que debe hacerse, debe hacerse. Tenemos que ponernos en marcha. —El esfuerzo de incorporarse en el lecho la hizo gruñir.
— Estás débil y necesitas descansar. Voy a buscar un medio de transporte; alquilaré un coche o algo así. Ya no podemos seguir montando a caballo. Después de todo —dijo, enarcando una ceja y dirigiéndole una traviesa sonrisa—, si llevamos esta ropa tan llamativa y fingimos ser acaudalados viajeros, lo mejor será que viajemos en coche.
Adie lo miró mientras se contemplaba en el alto espejo de cuerpo entero. El mago extendió las prendas en toda su amplitud y examinó su volumen. La túnica era de una pesada tela granate con mangas negras abullonadas. Los puños de las mangas presentaban tres hileras de brocado plateado. Alrededor del cuello y por el pecho se veían bandas de brocado dorado bordado del modo más tosco. A la cintura llevaba un ostentoso cinturón de satén rojo con hebilla dorada. El efecto global era de tan mal gusto, que Zedd gruñó interiormente.
Bueno, era necesario. Zedd describió un arco con el brazo a la altura de su cintura e hizo una exagerada reverencia.
— ¿Cómo me veo, mi querida señora?
Adie cogió una rebanada de pan moreno de la bandeja y respondió:
— Ridículo.
Zedd se irguió de inmediato y agitó un dedo hacia ella.
— ¿Tengo que recordarte que lo elegiste tú?
— Bah. Simple venganza. Tú elegiste el mío. Solamente quería desquitarme.
El mago se paseó por la habitación alfombrada, enfurruñado, refunfuñando que ella había salido mucho mejor parada.
— Descansa un poco. Yo voy a conseguirnos un transporte.
Adie dio un mordisco al pan.
— No te olvides del sombrero —dijo la mujer, hablando con la boca llena.
Zedd se quedó helado y se estremeció. Entonces giró sobre sus talones y exclamó:
— ¡Córcholis, mujer! ¿También tengo que ponerme ese sombrero?
— Según el hombre que nos vendió la ropa, hace furor entre los nobles —dijo Adie tras masticar y tragar el pan.
Zedd protestó lanzando un sonoro suspiro, pero cogió de mala gana el sombrero que descansaba en la mesa de mármol situada junto a la puerta doble que conducía a la salita.
— ¿Mejor? —preguntó, encasquetándose el sombrero sobre su ondulada melena blanca.
— La pluma está torcida.
El mago cerró los puños pero, al fin, alzó las manos y se colocó bien el blando sombrero, enderezando la larga pluma de pavo real.
— ¿Contenta ahora?
Adie sonrió, y Zedd creyó que seguramente se reía a su costa.
— Zedd, si he dicho que te veías ridículo es porque eres un hombre tan apuesto, que esa ropa tan elegante se ve ridícula al tratar de mejorar la perfección.
En el rostro de Zedd apareció una sonrisa, y dirigió a la mujer una leve reverencia.
— Caray, muchas gracias, milady.
— Zedd, ten cuidado —le aconsejó Adie, al tiempo que partía en dos una rebanada de pan.
Ante el inquisitivo ceño del mago, la mujer se explicó:
— Si te disfrazas con esas ropas, como la princesa de la canción, es posible que te pellizquen el trasero.
— No permitiré que ninguna moza descarada se tome libertades que solamente te corresponden a ti —repuso el mago con un malicioso guiño.
Dicho esto, se ladeó el sombrero y, tarareando una alegre tonada, salió por la puerta. «Un bastón —pensó—. Tal vez debería llevar un bastón. Decorado, por supuesto. Un caballero debe llevar un bastón como es debido.»