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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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—Ya hablaremos de eso más tarde. Ahora la que importa es Felka.

Hubo un largo silencio entre los dos hombres. Clavain ajustó su posición, decidido a que Remontoire no viera lo incómodo que estaba.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Remontoire.

—Skade se ha ofrecido a entregar a Felka siempre que yo abandone la persecución. La dejará caer detrás de la Sombra Nocturna, en una lanzadera. A la máxima potencia puede llegar a un marco estacionario que nosotros podemos alcanzar con una de nuestras lanzaderas.

Remontoire asintió. Clavain presintió que su amigo lo estaba pensando bien, dándole vueltas a diferentes permutaciones y posibilidades.

—¿Y si te niegas?

—Seguiría deshaciéndose de Felka, pero no nos lo pondrá fácil para llegar a ella. En el mejor de los casos, tendré que olvidarme de la persecución para tener la seguridad de recuperarla sana y salva. En el peor, no la encontraré jamás. Estamos en el espacio interestelar, Rem. Ahí fuera hay la nada más absoluta. Con la llama de Skade por delante de nosotros y la nuestra detrás, hay enormes puntos muertos en la cobertura de nuestros sensores.

Hubo otro largo silencio mientras Remontoire lo pensaba otra vez. Volvió a acomodarse en la cama para contribuir a que el flujo de sangre llegara a su cerebro.

—No puedes confiar en Skade, Clavain. No tiene ninguna necesidad de convencerte de su sinceridad, y no cree que tú llegues a tener jamás algo que ella pueda necesitar o algo que pueda hacerle daño. Esto no es el juego de los dos prisioneros que te enseñaron allá por Deimos.

—Debo de haberla asustado —dijo Clavain—. No se esperaba que la alcanzáramos con tanta facilidad.

—Aun así… —Remontoire se quedó a punto de decir algo durante unos instantes.

—Ahora comprendes por qué te he despertado.

—Sí, creo que sí. Run Seven estaba en una posición similar a la de Skade cuando tenía a Irravel Veda tras él, intentando recuperar a sus pasajeros.

—Seven te obligó a servirlo. Te viste obligado a darle consejo, tácticas que pudiera utilizar contra Irravel.

—Es una situación completamente diferente, Clavain.

—Para mí hay semejanzas suficientes. —Clavain hizo que su armazón lo elevara hasta dejarlo de pie—. El panorama es el siguiente, Rem. Skade espera mi respuesta en cuestión de días. Tú vas a ayudarme a elegir esa respuesta. En un mundo ideal, quiero recuperar a Felka sin perder de vista el objetivo.

—Entonces, ¿me has descongelado por desesperación? ¿Vale más lo malo conocido, como se suele decir?

—Tú eres mi amigo más antiguo y más íntimo, Rem. Es solo que ya no sé si puedo confiar en ti.

—¿Y si el consejo que te doy fuese bueno?

—Eso me pondría en un estado de ánimo más confiado, supongo. —Clavain esbozó una sonrisa forzada—. Claro que también tendría el consejo de Felka sobre el tema.

—¿Y si fracasamos?

Clavain no dijo nada. Solo se volvió y se fue.

Cuatro pequeños trasbordadores salieron dibujando un arco de la Luz del Zodíaco y cada uno cayó en su propia semiesfera del firmamento distorsionado por la relatividad. Los chorros de los gases de escape de las naves relucían en medio de la reacción de las llamas principales de la Luz del Zodíaco. Las trayectorias eran de una belleza dolorosa, pendían de la nave madre como los brazos curvados de un candelabro.

Si esto no fuera una acción de guerra, pensó Clavain, hasta se podría estar orgulloso de ello…

Observó su partida desde una cúpula de observación situada cerca de la proa de su nave; sentía la obligación de esperar hasta que ya no pudiera distinguirlos. Cada trasbordador llevaba un valioso miembro de su tripulación, además de una cuota de combustible que hubiera preferido no tener que gastar antes de llegar a Resurgam. Si todo iba bien, recuperaría los cuatro trasbordadores y su tripulación. Pero jamás volvería a ver la mayor parte del combustible. Solo había un diminuto margen de error, lo suficiente para que una nave pudiera regresar con una carga útil de masa humana además de su piloto.

Esperaba estar haciendo la jugada correcta.

Se decía que tomar decisiones arduas se iba haciendo más fácil a base de repetirlo, como cualquier actividad difícil. Quizá hubiera algo de verdad en esa afirmación. Pero si era así, Clavain se dio cuenta de que, desde luego, en su caso no se aplicaba. Últimamente había tomado decisiones de una extraordinaria dificultad y cada una de ellas había sido, a su manera única y especial, más difícil que la anterior. Y lo mismo ocurría con el asunto de Felka.

No era que no quisiera recuperar a Felka si había un modo de lograrlo. Pero Skade sabía cuánto deseaba él las armas. También sabía que con Clavain no era una cuestión de egoísmo. No se podía regatear con él en el sentido habitual de la palabra, ya que no quería las armas para su lucro personal. Pero con Felka, Skade tenía el instrumento perfecto para negociar. Sabía que ellos dos tenían un vínculo especial, un vínculo que se remontaba a Marte. ¿De verdad era Felka su hija? No lo sabía, ni siquiera ahora. Él se había convencido de que podría serlo y ella le había dicho que lo era…, pero eso había sido bajo una posible presión, cuando estaba intentando convencerlo para que no desertase. Si acaso, esa admisión solo había servido para ir socavando poco a poco sus propias certezas. No lo sabría con seguridad hasta que volviera a estar en su presencia y pudiera preguntarle de verdad.

¿Y debería importar, en realidad? Su valor como ser humano no tenía nada que ver con una hipotética conexión genética con él. Incluso si era su hija, él no lo había sabido, ni siquiera lo había sospechado, hasta mucho después de rescatarla de Marte. Y sin embargo, algo lo había hecho volver al nido de Galiana corriendo grandes riesgos, porque había sentido la necesidad de salvarla. Galiana le había dicho que era inútil, que no era un ser humano pensante en ningún sentido que él reconociera, solo un vegetal mecánico que procesaba información.

Y él le había demostrado que se equivocaba. Era quizá la única vez en su vida en la que le había hecho eso a Galiana.

Y aun así seguía sin importar. De lo que aquí se trataba era de humanidad, pensó Clavain, no de lazos de sangre ni lealtad. Si se olvidaba de eso, muy bien podría dejar que Skade se llevara las armas. Y muy bien podría él volver a desertar con las arañas y permitir que el resto de la raza humana se enfrentara a su destino. Pero si no conseguía recuperar las armas, ¿de qué servía un único gesto humano, por muy bienintencionado que fuese?

Las cuatro naves habían desaparecido. Clavain esperaba y rezaba por haber tomado la decisión correcta.

Un coche del Gobierno con la parte trasera de escarabajo atravesó siseando las calles de Cuvier. Había estado lloviendo otra vez, pero hacía poco que las nubes se habían despejado. El planeta desmantelado se veía ahora con claridad durante muchas de las horas de la tarde. La nube de materia liberada era un objeto de encaje con muchos brazos. Relucía con un color rojo, ocre y verde pálido, y de vez en cuando parpadeaba con lentas tormentas eléctricas, latiendo como el despliegue que hace durante el cortejo algún animal sin catalogar de la profundidad del mar. Unas sombras duras y unos brillantes focos simétricos marcaban dentro de la nube los sitios en los que la maquinaría de los inhibidores comenzaba a cobrar existencia, agregándose y solidificándose. Había habido un tiempo en el que era posible pensar que lo que le había ocurrido al planeta era un fenómeno extraño, pero natural. Ahora no existía tal consuelo.

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