El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
Ya solo restaba una cuarta parte de la masa de la nave. El resto lo estaba suprimiendo el campo, cuya burbuja se había tragado ya la mitad de la longitud, desde la popa al punto medio.
Mantenían cuatro gravedades de aceleración.
Skade pocas veces entraba en la burbuja en sí; los efectos fisiológicos, aunque amortiguados por los mecanismos de su coraza, eran demasiado incómodos, así de simple. La burbuja carecía de un borde definido con precisión, pero los efectos del campo disminuían tan rápido que eran casi demasiado pequeños más allá de los límites nominales. La geometría del campo tampoco era una esfera geométrica: había oclusiones y curvas muy cerradas en su interior, ventrículos y fisuras donde el efecto descendía o se elevaba al interactuar con otras variables. La extraña topología de la maquinaria en sí también imponía su propia estructura al campo. Cuando la maquinaria se movía, como estaba obligada a hacer, el campo también se movía. En otras ocasiones parecía ser el campo el que estaba haciendo moverse a la maquinaria. Sus técnicos solo fingían entender todo lo que estaba pasando. Lo que tenían era una serie de reglas que les decían lo que ocurriría en ciertas condiciones. Pero esas reglas eran válidas solo en un estrecho margen de estados. Les había parecido bien suprimir la mitad de la masa de la nave, pero ahora ya no estaba tan de acuerdo. De vez en cuando, la delicada instrumentación de campo cuántico que los técnicos habían colocado en otros sitios de la nave registraban excursiones de la burbuja como si por un momento se hinchara y contrajera, envolviendo la nave entera. Skade se convenció de que sentía esos instantes, aunque duraban mucho menos de un microsegundo. A dos gravedades de supresión, las excursiones habían sido escasas. Ahora ocurrían tres o cuatro veces al día.
Skade llevó la arqueta rodando a un ascensor y fueron nave abajo, hacia los límites de la burbuja. Veía la curva inferior de la mandíbula de Galiana a través de la ventanilla de observación de la arqueta. La expresión de la mujer era de infinita calma y compostura. Skade se alegraba mucho de haber tenido la presencia de ánimo suficiente para traérsela con ella, incluso cuando el único campo de acción de la misión había sido detener a Clavain. En el fondo, incluso entonces debió de sospechar que quizá tendrían que dirigirse al espacio interestelar, y que en algún momento sería necesario buscar el peligroso consejo de Galiana. No le había costado nada traer a bordo el cadáver congelado de la mujer; ahora, lo único que le hacía falta era el valor para consultar con ella.
Empujó la arqueta hacia una sala blanca y limpia. Detrás de ella, la puerta se selló sin que nadie la viera. La habitación estaba llena de una maquinaria del mismo color pálido que la cáscara de huevo que solo era visible de verdad cuando se movía. La maquinaria era antigua, cuidada con todo cariño y temor desde los días de los primeros experimentos de Galiana en Marte. Tampoco le había costado nada a Skade traérsela con ella a bordo de la Sombra Nocturna.
Abrió la arqueta. Elevó la temperatura central del cadáver cincuenta milikélvines y luego colocó en posición la pálida maquinaria. Esta se balanceó y aleteó alrededor de Galiana, sin llegar a tocar jamás su piel. Skade dio un paso atrás con un rígido zumbido de servos. La pálida maquinaria la ponía incómoda, siempre había sido así. Había algo profundamente inquietante en ella, tanto que casi nunca se había utilizado. Incluso en esas extrañas ocasiones en las que se había utilizado, le había hecho cosas horribles a aquellos que se habían atrevido a abrirles su mente.
Skade no pensaba utilizar la maquinaria en toda su capacidad. Todavía no. Por ahora solo deseaba hablar con el lobo, y eso solo requería un subconjunto de la funcionalidad de la maquinaria, explotar su extremo aislamiento y sensibilidad, su habilidad para pulsar y amplificar las más leves señales en el agitado mar de un caos neuronal. No intentaría un acoplamiento de coherencia a menos que tuviera muy buenas razones, así que no había razones fundadas para aquella sensación de inquietud.
Pero Skade sabía lo que podía hacer la maquinaria, y con eso bastaba.
Se preparó. Los indicadores externos mostraban que ya se había calentado lo suficiente a Galiana para despertar al lobo. La maquinaria ya estaba recogiendo las conocidas constelaciones de actividad eléctrica y química que mostraban que estaba empezando a pensar otra vez.
Cerró los ojos. Hubo un momento de transición, una sacudida de percepción seguida por una sensación desorientadora de rotación. Y luego estaba de pie sobre una roca plana y dura, apenas lo bastante grande para albergar sus pies. La roca era una entre las muchas que penetraban en una neblina que la rodeaba, colocadas como unas pasaderas que se adentraban en un agua gris y poco profunda, unidas por unas crestas pronunciadas y cubiertas de excrecencias. Era imposible ver a más de quince o veinte metros en cualquier dirección. El aire era frío y húmedo, olía a mar y al hedor de algo que se parecía a algas podridas. Skade se estremeció y apretó más a su alrededor la túnica negra que vestía. Debajo no llevaba nada, los dedos desnudos se le curvaban sobre el borde de la roca. Su cabello, oscuro y húmedo, se le pegaba a los ojos. Levantó la mano y se lo retiró de la frente. No había cresta en su cuero cabelludo, y su ausencia le hizo inhalar con una sensación de intensa sorpresa. Volvía a ser completamente humana, el lobo había restaurado su cuerpo. Oyó, a lo lejos, el rugido que, como si de una multitud se tratara, lanzaban las olas del océano. Sobre su cabeza, el cielo era de un pálido color gris verdoso inseparable de la bruma que llegaba hasta el suelo, y eso la hacía sentir náuseas.
Los primeros y torpes intentos de comunicación entre Skade y el lobo habían sido a través de la boca de Galiana, algo que resultó ser demasiado unidimensional y lento comparado con la conexión entre mentes. Desde entonces, Skade había accedido a encontrarse con el lobo en un entorno prestado, una simulación de tres dimensiones en la que ella se sumergía y participaba por completo.
Una simulación que elegía el lobo, no ella. Urdía un espacio en el que Skade se veía obligada a entrar bajo los estrictos términos del lobo. Skade podría haber recubierto esta realidad con algo que hubiera elegido ella, pero temía que pudiera haber algún matiz o detalle que ella no viera.
Era mejor jugar según las reglas del lobo, incluso si con eso sentía que controlaba muchísimo menos la situación. Era, y Skade lo sabía, una peligrosa espada de dos filos. No habría confiado en nada de lo que el lobo le dijera, pero Galiana también estaba allí, en alguna parte, y Galiana había aprendido muchas cosas que quizá todavía le fueran útiles al Nido Madre. El truco estaba en distinguir al lobo de su anfitriona, y por eso Skade tenía que estar tan compenetrada con los matices del entorno. Nunca sabía cuándo podría abrirse paso Galiana, aunque solo fuera por un instante.
Estoy aquí. ¿Dónde estás tú?
El rugido de la marea se incrementó. El viento le cubrió la cara con una cortina de pelo. Se sentía vulnerable, rodeada por tantas crestas de bordes afilados. Pero sin previo aviso la bruma se abrió un poco ante ella y apareció al borde de su campo de visión una figura gris como la neblina. La figura era en realidad no más que una sugerencia de la forma humana; no había ningún detalle, y la bruma no dejaba de espesarse y desvanecerse a su alrededor. Igual podría haber sido un tocón de madera gastado por el tiempo. Pero Skade sintió su presencia, y esa presencia era conocida. Había una inteligencia aterradora y fría que emanaba de la figura como un estrecho proyector. Era una inteligencia sin conciencia; pensamiento sin emoción ni identidad. Skade sintió solo análisis e inferencia.