El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
—¿Y bien? —dijo Sukhoi. La fuerza de la aceleración intensificaba su aspecto angustiado al presionarle la piel contra las cuencas de los ojos.
—Necesito siete gravedades —dijo Clavain—. Seis y medio como mínimo.
—Te he dado todo lo que puedo, Clavain.
—Esa no es la respuesta que buscaba.
La mujer lanzó un esquema contra una pared, duras líneas rojas contra metal pardo y corroído. Era una sección de la nave con un círculo superpuesto sobre la mitad de la misma, más gruesa, y la popa, donde el casco era más amplio y donde estaban acoplados los motores.
—¿Ves esto, Clavain? —Sukhoi hizo que el círculo reluciera un poco más—. La burbuja de inercia suprimida ya se traga la mayor parte de nuestra longitud, lo que es suficiente para reducir nuestra masa efectiva a una quinta parte de lo que debería ser. Pero todavía sentimos toda la fuerza de esas cinco gravedades aquí, en la parte delantera de la nave. —La mujer indicó el pequeño cono del casco que sobresalía por el borde de la burbuja.
Clavain asintió.
—El campo es tan débil aquí que necesitas detectores muy elaborados para medirlo siquiera.
—Correcto. Nuestros cuerpos y la estructura de la nave que nos rodea todavía tienen casi toda su cuota de masa inercial. El suelo de la nave nos presiona a cinco gravedades, así que sentimos cinco gravedades de fuerza. Pero eso es solo porque estamos fuera de la burbuja.
—¿Adónde quieres llegar?
—A esto. —Sukhoi alteró la imagen e hizo que el círculo se expandiera hasta encerrar todo el volumen de la nave estelar—. La geometría del campo es compleja, Clavain, y depende de una forma muy complicada del grado de supresión de la inercia. A cinco gravedades podemos excluir toda la parte habitada de la nave de los efectos más importantes de la maquinaria. Pero a seis… no funciona. Caemos dentro de la burbuja.
—Pero de hecho, ya estamos dentro de ella —dijo Clavain.
—Sí, pero no tanto como para sentir algo. A seis gravedades, sin embargo, los efectos del campo se elevarían por encima del umbral de detectabilidad fisiológica. Y además de forma brusca: no es un efecto lineal. Pasaríamos de experimentar cinco gravedades a experimentar solo una.
Clavain ajustó su posición, intentaba encontrar una postura que aliviara uno o más de los puntos de presión.
—Eso no suena tan mal.
—Pero también sentiríamos que nuestra masa inercial es una quinta parte de la que debería. Cada parte de tu cuerpo, cada músculo, cada órgano, cada hueso, cada fluido ha evolucionado en condiciones normales de inercia. Todo cambia, Clavain, incluso la viscosidad de la sangre. —Sukhoi lo rodeó con su vagón mientras intentaba recuperar el aliento—. He visto lo que les pasa a las personas que caen en campos de supresión extrema de la inercia. Muchas veces mueren. Sus corazones dejan de latir como deben. También les pueden pasar otras cosas, sobre todo si el campo no es estable… —Con cierto esfuerzo, la mujer lo miró a los ojos—. Que no lo será, te lo aseguro.
Clavain dijo:
—Todavía lo quiero. ¿La maquinaria rutinaria seguirá funcionando de forma normal? ¿Las arquetas de sueño frigorífico, ese tipo de cosas?
—No voy a hacer ninguna promesa, pero… Clavain sonrió.
—Entonces haremos lo siguiente: congelamos al ejército de Escorpio, o tantos como podamos, en las arquetas nuevas. A todos los que no podamos congelar, o a los que podríamos necesitar para alguna consulta, los enchufamos a un sistema de apoyo vital, lo suficiente para que sigan respirando y bombeando sangre a la velocidad adecuada. Eso funcionará, ¿no?
—Una vez más, no hay promesas.
—Seis gravedades, Sukhoi. Es todo lo que te pido. Puedes hacerlo, ¿verdad?
—Puedo, y lo haré si insistes en ello. Pero tienes que entender una cosa: el vacío cuántico es un nido de serpientes…
—Y nosotros lo estamos pinchando con un palo muy afilado, sí.
Sukhoi lo dejó terminar.
—No. Eso era antes. A seis gravedades ya estamos abajo, en el pozo con las serpientes, Clavain.
Él dejó que la mujer tuviera su momento, luego le dio unas palmaditas al casco de hierro del vagón de viaje.
—Tú solo hazlo, Pauline. Ya me preocuparé yo de las analogías.
Sukhoi hizo girar el vagón y fue rodando al ascensor que la llevaría nave abajo. Clavain la vio irse e hizo una mueca cuando se anunció otra ampolla de presión.
La transmisión llegó un poco después. Clavain buscó a fondo un ataque informativo oculto, pero estaba limpia.
Era de Skade, en persona. Se la llevó a su alojamiento mientras disfrutaba de un pequeño respiro de la alta aceleración. Los expertos de Sukhoi tenían que reptar por encima de su maquinaria de inercia, y no les gustaba hacerlo mientras funcionaban los sistemas. Clavain sorbió un poco de té mientras la grabación se ponía sola.
La cabeza y los hombros de Skade aparecían en un volumen de proyección ovalado, desdibujado por los bordes. Clavain recordó la última vez que la había visto así: la mujer le había retransmitido un mensaje cuando él todavía iba de camino a Yellowstone. En aquel momento había supuesto que la rígida postura de Skade era una función del formato del mensaje, pero ahora que la veía otra vez empezaba a tener sus dudas. No movía la cabeza al hablar, como si la tuviera sujeta por ese tipo de soportes que utilizaban los cirujanos cuando realizaban una operación muy precisa en el cerebro. Su cuello desaparecía en una ridícula coraza de un color negro reluciente, como algo sacado de la Edad Media, y también había algo más extraño, aunque no terminaba de ver lo que era…
—Clavain —le dijo—. Por favor, ten la cortesía de ver esta transmisión completa y estudiar con mucho cuidado lo que estoy a punto de proponerte. No hago esta oferta a la ligera, y no la haré dos veces.
Clavain esperó a que continuara.
—Has demostrado que no es tan fácil matarte —dijo Skade—. Todos mis intentos han fracasado hasta ahora, y no hay seguridad de que lo que intente en el futuro vaya a funcionar tampoco. Pero eso no significa que espere que vivas. ¿Has mirado detrás de ti en los últimos tiempos? Es una pregunta retórica, estoy segura de que lo has hecho. Debes de ser consciente, incluso con tu limitada capacidad de detección, de que hay más naves ahí fuera. ¿Recuerdas el destacamento especial que se suponía que debías comandar, Clavain? El maestro de obra ha terminado esas naves. Tres de ellas se están acercando a ti por detrás. Están mejor armadas que la Sombra Nocturna: cañones pesados de aceleración relativa, baterías bóser y gráser nave a nave, por no hablar de las picas de largo alcance. Y todas tienen un objetivo muy brillante al que apuntar.
Clavain sabía lo de las otras naves, si bien solo aparecían en el límite extremo de sus detectores. Había comenzado a adoptar las velas lumínicas de Skade, apuntaba sus propios láser ópticos hacia ellas al pasar a su lado en medio de la noche, y las viraba para colocarlas en el camino de las naves que lo perseguían. Las probabilidades de una colisión seguían siendo pequeñas y el perseguidor siempre podía desplegar las mismas defensas antivelas que él había inventado, pero con eso había bastado para obligar a Skade a abandonar la producción de velas.
—Lo sé —murmuró él.
Skade continuó.
—Pero estoy dispuesta a hacer un trato, Clavain. Tú no quieres morir y la verdad es que yo no quiero matarte. Si te he de ser franca, hay otros problemas en los que preferiría invertir mi energía.
—Encantador. —Clavain sorbió un poco más de té.
—Así que te voy a dejar vivir, Clavain. Y lo que es más importante, voy a dejar que recuperes a Felka.