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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Richard se preguntó por última vez si eso sería un espejismo, pero también él sentía que ya no había peligro. Se inclinó hacia adelante y se abrazó al cuello de Bonnie.

En las inmensas colinas en las que estaban entrando no crecía ningún árbol, sólo hierba y flores silvestres. Los lugares más bajos estaban salpicados de rocas de color arenoso. El sol aún brillaba con fuerza, pero ya no abrasaba la tierra. Richard rió al sentir el viento en la cara.

Entonces dirigió una sonrisa a la hermana Verna, pero la mujer no sonreía. Tenía la frente fruncida y escrutaba las colinas que se extendían ante ellos.

— Borra esa sonrisa de la cara —le espetó.

— Es que estoy contento de haberlo logrado. Estoy contento de que esté viva, Hermana.

— Si tuvieras idea de lo enfadada que estoy ahora mismo contigo, Richard, no te alegrarías tanto de tenerme aún a tu lado. Te lo digo muy seriamente: harías bien en mantener la boca cerrada.

Richard sólo sacudió la cabeza.

33

— Tienes que cortarme el brazo.

Zedd le bajó la manga del vestido de satén celeste, cubriendo la herida que se resistía a curarse y el leve resplandor verde que desprendía la piel de Adie.

— No pienso cortarte el brazo, Adie. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?

El mago volvió a colocar la lámpara de cristal tallado encima de una mesita auxiliar con incrustaciones en plata de motivos florales, junto a la bandeja que contenía pan moreno y un estofado de cordero a medio comer. Después, atravesó la habitación con el suelo cubierto de alfombras y retiró con un delgado dedo las pesadas cortinas bordadas. A través de la ventana bordeada de escarcha, atisbó la oscura calle casi sin verla. El resplandor del fuego que ardía en la antesala arrojaba una cálida y tenue luz por la puerta doble, que estaba abierta. Considerando la multitud que atestaba el comedor, había bastante silencio.

Pese a hallarse en lo más crudo del invierno, o quizá justamente por eso, El Cuerno del Carnero estaba haciendo su agosto. Con tanto frío y nieve, las cunetas de la carretera ya no eran un lugar apropiado para dormir, pero el comercio no podía paralizarse por algo tan nimio como el mal tiempo. Mercaderes, carreteros y viajeros de toda ralea abarrotaban ésa y todas las posadas de Penverro.

Él y Adie podían considerarse afortunados por haber encontrado alojamiento, o quizás el afortunado había sido el posadero; afortunado de que alguien accediera a pagarle el precio de escándalo que pedía por sus mejores habitaciones.

Pero para un mago de Primera Orden como Zedd, el dinero no representaba ningún problema. Tenía otros problemas mucho más serios. El zarpazo que el skrin había propinado a Adie en un brazo no curaba. De hecho empeoraba, y de nada serviría tratar de sanar la herida con más magia, pues justamente la magia era el problema.

— Escúchame, viejo mago —le dijo Adie, incorporándose en el lecho sobre un codo—. Puede ser el único modo de detenerlo. Lo has intentado y no es culpa tuya. Pero si no hacemos algo, moriré. ¿Qué es un brazo comparado con mi vida? Si no tienes valor para hacerlo, dame un cuchillo y yo misma lo haré.

— No lo dudo, mi querida Adie —repuso un Zedd ceñudo—, pero me temo que no serviría de nada.

— ¿Qué quieres decir? —inquirió ella con un ronco susurro.

El mago cogió del cuenco con el canto dorado un trozo de cordero ya frío y se lo metió en la boca antes de remangarse un poco el lujoso atuendo y sentarse en el borde de la cama. Mientras iba masticando, le cogió la mano buena. Parecía muy delgada y frágil, pero el mago sabía que Adie era dura como el hierro.

— Adie, ¿conoces a alguien que sepa algo de este tipo de contaminación?

— ¿Por qué dices que no serviría de nada? —inquirió a su vez la mujer, haciendo caso omiso de la pregunta del mago.

— Respóndeme —le instó Zedd, dándole palmaditas en la mano—. ¿Conoces a alguien que sepa algo sobre esto?

— Se me ocurren algunos nombres, pero supongo que todos habrán muerto ya. Si tú, que eres un mago, no lo sabes, ¿quién lo sabrá entonces? Los magos son sanadores. —Adie retiró la mano—. ¿Y por qué dices que no serviría de nada cortarme el brazo? —Tras un momento de silenció, abrió mucho los ojos—. ¿Quieres decir que es demasiado tarde para…

Zedd se levantó y le dio la espalda. Apoyando una mano en su huesuda cadera, consideró las opciones. Pero no había mucho que considerar.

— Piensa un poco, Adie, y no te precipites. Esto sobrepasa mis conocimientos y es muy grave.

Zedd oyó cómo la cama chirriaba cuando Adie volvió a recostarse en las almohadas y luego lanzaba un cansino suspiro.

— En ese caso, puedo darme por muerta. Al menos me reuniré, por fin, con mi amado Pell. Vamos, vete. No pierdas más tiempo. Llevo muchos días en cama y ya te he retrasado demasiado. Debes ir a Aydindril. Por favor, Zedd, no quiero ser responsable de lo que puede ocurrir si no llegas a Aydindril. Ve a ayudar a Richard y déjame morir en paz.

— Adie, te lo ruego, haz lo que te pido y trata de pensar en alguien que pueda ayudarnos.

Se dio cuenta demasiado tarde de que había cometido un error. Con un estremecimiento se preparó para lo que sabía que se le venía encima.

— ¿Ayudarnos? —Nuevamente la cama chirrió.

— Sólo quería decir que…

La mujer lo cogió por la manga de su elegante atuendo y lo obligó a dar media vuelta. Mostraba una expresión grave y ceñuda. Entonces tiró de él para forzarlo a sentarse en la cama. A la luz de la lámpara los ojos de Adie parecían más rosa que blancos, aunque Zedd pudo percibir un ligero tinte verde.

— ¿Ayudarnos? —repitió Adie, en un áspero susurro—. ¡Y tú eres el que te quejas de los insignificantes secretos que guarda una hechicera! Suéltalo o lamentarás haberme arrastrado a esta empresa.

Zedd lanzó un cansino suspiro. En el fondo no importaba; de todos modos no habría podido ocultárselo mucho tiempo más. Así pues, se subió la manga oscura de la túnica.

En el brazo, justo en el mismo lugar en el que Adie había recibido el zarpazo, aparecían unos turbios círculos del tamaño de monedas de oro, negros, con el mismo leve resplandor verde que mostraba el brazo de la mujer. Adie se lo quedó mirando sin decir nada.

— Los magos usamos la magia de la empatía para curar a los demás. Absorbemos el dolor y la esencia del trastorno, ya sea una enfermedad o una herida. Hemos superado las pruebas del dolor, por lo que tanto en esto como en otras cosas somos capaces de soportar lo que absorbemos de los demás. Gracias al don lo soportamos y transmitimos fuerza al herido o enfermo, para que la magia cure lo que no funciona. Nuestra armonía interior corrige el desequilibrio. Tanto una enfermedad como una herida son aberraciones, y la magia restituye los flujos de poder en una persona como es debido. Dentro de unos límites, claro está. —El mago le acarició una mano y prosiguió—. No somos la mano de la Creación, pero ella nos da el don para que lo usemos cuando sea conveniente.

— Pero… ¿por qué tienes el brazo como el mío?

— Existe una barrera que impide el paso de la enfermedad o la herida en sí. Solamente absorbemos el dolor y la falta de armonía que provoca, para así transmitir fuerza y curar a la persona a la que queremos ayudar. —El mago cogió el brocado de plata del puño y volvió a bajarse la manga—. De algún modo, la contaminación del skrin logró traspasar esa barrera.

— En ese caso, ambos debemos cortarnos el brazo —sentenció Adie con expresión de preocupación.

— No —repuso Zedd después de humedecerse la lengua—. Me temo que eso no serviría de nada. Cuando trato de sanar a alguien soy capaz de percibir el foco de la enfermedad o de la herida, o sea, de la falta de armonía. —Nuevamente el mago se puso en pie y le dio la espalda—. Aunque la herida la tienes en el brazo, la magia del skrin te ha contaminado todo el cuerpo. Y también a mí —añadió, bajando la voz.

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