Las Mujeres De Adriano
- Автор: Camín Héctor Aguilar
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:
»Para ese momento estaba asustado con mis pérdidas, muerto de miedo, temblando en el rincón. Me preguntaba lo que se preguntan todos los que pierden algo: ¿por qué yo? ¿Quién me acosa? Tardé años en darme la respuesta correcta: nadie te acosa sino tus errores pasados, te toca a ti porque les toca a todos; nadie está a salvo de la adversidad y todos somos víctimas de nosotros mismos, aunque no sea sino por el hecho de envejecer, que nos hace vulnerables y acerca paso a paso el momento de la debilidad final, la debilidad hacia la cual conspira cada minuto de nuestra vida, cada uno de nuestros actos. La juventud es igual al tamaño de la negación de la propia muerte. La vejez es igual al reconocimiento de su cercanía. Refrendé entonces mi viejo alivio no sólo de asumirme mortal sino de poder decidir el momento de mi muerte. Cada noche, en medio de mis pérdidas, me echaba en la cama a preguntarme: ¿puedes soportar este dolor o es la hora de ponerle término? Curiosamente, la certeza de que podía terminarlo todo en cualquier momento ampliaba mi capacidad de resistencia al dolor y a la pérdida, ponía las cosas más allá, me volvía en cierto sentido invulnerable. Saber que podía quitarme la vida me permitió seguir viviendo. Bajo beneficio de inventario, por decirlo así. Tenía nostalgias invencibles de María Angélica Navarro y de Ana Segovia. Cecilia me visitaba en sueños, ebria, disponible como antes, y la tenía como antes, sin los remordimientos de despertar todavía pegado a su cuerpo, diciéndome: "No te importa ella, te importas tú. Quisieras tenerla aun al precio de su vida." En los límites de aquellas pérdidas, en medio de los lamentos melancólicos por ellas, fue creciendo poco a poco, como una hierba entre las piedras, la idea, tan contraria a mi temperamento -estoico diría yo, otros dirían cobarde- de que podía hacer algo para recobrarlas. Podía no sólo penar la pérdida de mis mujeres, aceptar las decisiones adversas del destino, pagar mis errores. Podía también ganarlas de nuevo, imponer mis deseos, cobrarles algo de lo mucho que las había querido. En esas andaba, sacando fuerzas de flaqueza, rebotando luego de tocar fondo, cuando el fondo acabó de abrirse bajo mis pies. Y ese bajar al fondo fue que el marido de Regina, hasta entonces próspero, quebró de pronto, como un palo seco. Los acreedores se le vinieron encima, tuvo que dejar el país mientras su fortuna era confiscada, su casa embargada, sus cuentas bancarias congeladas. Durante un tiempo no pudo siquiera pagar los gastos de su familia. Regina era una mujer fantasiosa, irresistible en un sentido, pero económicamente inútil. Desconocía el trabajo y la autonomía, no sabía sino del reino de sus afectos y sus debilidades, a las que se entregaba con pasión de niña consentida, en busca de su propia dicha tiránica, impermeable a los mandatos de la realidad. Un viejo conocido mío del mundo abogadil fue el ejecutor del juicio contra el marido de Regina. Me acerqué a negociar con él para que dejara libre al menos una rendija de liquidez. Accedió a regañadientes y Regina pudo obtener de su marido lo necesario para no ahogarse del todo en la quiebra. Suficiente también para que su marido pudiera sacar a la familia del país y reunirse con ella fuera. "Yo no me voy", dijo Regina en un alarde. "Me ha engañado toda la vida. Me ha hecho vivir en un castillo de oropel como si fuera de oro." Mandó a sus hijos solos y, con el pretexto de seguir de cerca los azares legales del litigio, se quedó conmigo, sola en su domicilio, pero conmigo, que hice las veces de consejero legal. La situación práctica de soltería le alegró el ánimo. Era una muñeca sujeta al trato de otros que salía por un momento de su casa y jugaba a ser independiente. Jugamos aquel juego juntos hasta que la realidad nos alcanzó bajo la forma de una llamada perentoria del marido, exigiéndole que acudiera a cumplir con sus responsabilidades. "Me voy por mis hijos, no por él", dijo Regina para que me quedara claro que esta vez era a mí a quien amaba, no al otro. Igual, por tercera vez en nuestra vida, me dijo adiós con las cartas abiertas: entre los otros y yo, prefería nuevamente al otro, rechazarme era una manera de quererme, de decirme la verdad precisamente porque me quería y era impensable entre nosotros una mentira.
»E1 hecho es que Regina se fue del país, con ella salió de mi vida la última de mis mujeres. Su cosecha y su dispersión fueron como una metáfora agrícola. Un año las tuve juntas, el año siguiente las perdí. Entonces vino la soledad. Con ella vinieron también los años prolíficos, los muchos libros, hijos del vacío vital, de la cabeza sin ilusiones buscando en qué ocuparse, como el arte barroco, para no mirar de frente su vacío. El placer fue en aquellos años el refugio de los libros, un placer seco, ascético, el placer del artesano que pule obsesivamente una superficie porque hacerlo lo aísla del mundo y lo olvida de sí. En medio de aquella soledad, como en medio de mis pérdidas, siguió creciendo sin embargo la mata de la recuperación, la voluntad del regreso. Carlota fue el primer síntoma de que aquella mata, nacida como un oasis en medio del desierto, podía florecer. Volvió de su viaje bronceada y ardiente, con una mirada febril y una figura liviana, que cabía en sus tallas de los treinta años, treinta años atrás. Al final de una noche en que le confié mis pérdidas, me dijo: "Lo mío va viento en popa. Los médicos me dan un año de vida." Puse la cabeza entre sus senos y le pedí: "No te dejes morir." Dijo: "Me estoy dejando vivir lo que me toca. No quiero una vida a medias." "Te quiero viva, aunque sea a medias", le dije. "A medias me tienes ya", me dijo. "Y todo ha de completarse pronto." El fin de aquel año de las pérdidas, luego del año de la dicha mayor, empezó con la agonía de Carlota. No tuvo otros síntomas externos que una pérdida paulatina de peso. Luego vinieron los primeros dolores, no en el pecho, sino en la columna, a donde el mal se había extendido. Se rehusó a internarse. Yo traje un médico militar que dispuso lo necesario en materia de analgésicos mayores, asumió frente a Carlota que, cuando ella dijera, la ayudaría a transitar con una sobredosis como hacia el sueño de una borrachera. Contratamos enfermeras para que la atendieran noche y día. Les ordenó quitarse el uniforme y utilizar sus vestidos, de modo que parecieran sus damas de compañía, no las centinelas de su enfermedad. Yo iba a verla todas las noches y le leía hasta que conciliaba el sueño. Había tenido siempre la manía de peinarme las cejas. Ahora me las peinaba sin cesar con sus manos como si me tallara, mirándome largamente, como si quisiera memorizar lo que veía. Una de esas noches me dijo: "Aparte de la morfina, sólo me alivia del dolor recordarnos. Me toco ahí abajo, te pienso y algo vibra todavía, me consuelo. ¿Sería una perversión pedirte que me toques tú?" Inauguré entonces la hermosa y triste rutina de tocarla antes de leerle. La toqué casi todas las noches, con excitación y nostalgia, hasta el día de su tránsito. Un día llegué y la encontré exhausta, la mirada ardiente, punzante del dolor. "No va más", me dijo. "Esta tarde cité al médico para terminar esto. ¿Tienes algo que alegar?" "Tengo algo que decirte", le dije, y me puse frente a ella a decirle sin ahorrar palabra ni dulzura lo mucho que la había querido, lo mucho que la había llorado, lo mucho que temía como un niño su ausencia. Se lo dije largamente hasta que corrieron por su rostro ostensibles lágrimas de felicidad. "Hay una cosa final que quiero confesarte", me dijo. "La que quieras", contesté. "Siempre estuve celosa de tus otras mujeres. Eres el único hombre, después de aquel primero, del que estuve celosa, celosa como una idiota. ¿Fingí bien que no me importaba?" "Perfectamente", dije. "Me importaba muchísimo. Nada me fastidió tanto la vida como ser mayor que tú, no poderte hacer mi marido, tenerte en casa, darte hijos, ahuyentar a las otras, ser mantenida por ti. Todo eso. Hasta llegar a ser tu viuda y quedarme con tu dinero. No porque fuera dinero, sino porque era tuyo. Bueno, estas son mis últimas palabras para ti: Tú has sido mi gran amante y mi mejor marido", me dijo. "Trata de no ser mi viudo, por favor." "Le prometí que no sería su viudo, pero lo fui un largo rato, lo soy aún. Por momentos, la pérdida de Carlota es tan viva que parece haberse ido ayer.»
Adriano calló. Caí en la cuenta de que había hablado todo ese tiempo sin mirarme, con la mirada fija en la desolación de su propia memoria. Había en sus labios un rictus de pena y en sus ojos un brillo de dolor migráñico.
– Creo que voy a dormirme ahora -dijo-. Ha sido una larga jornada.
Me acerqué a ayudarle pero pudo levantarse solo. Caminó hacia la puerta del estudio como si yo me hubiera ido ya. Antes de salir, se detuvo y me dijo:
– Llámeme la semana siguiente a ver si podemos vernos en otra parte. La verdad, extraño nuestro restaurante suizo.
Nuestro regreso al restaurante del Club Suizo fue un acontecimiento. Celebraron a Adriano como si volviera no de una enfermedad reciente sino de una tumba fresca. La cigarrera lloró al verlo, las meseras lo escoltaron abrazándolo a la mesa, el barman abrió un vino blanco que sólo se escanciaba por botella, para servirle su copa ritual.
– Así debieron festejar a Lázaro cuando volvió de su mortaja -dijo Adriano, sonriendo, cuando nos quedamos solos-. Me percato ahora de que estuve gravísimo. A juzgar por su euforia, toda esta gente no esperaba volverme a ver.
– Leve no estuvo -dije yo. Había perdido peso, el saco le bailaba sobre los hombros lo mismo que el cuello de la camisa bajo el gaznate descarnado. Sus facciones se habían afilado, el pelo, siempre abundante, había perdido lustre y disciplina, parecía a la vez ralo, alborotado y seco. La voz había perdido fuerza también. Adriano tenía una voz gutural, trabajada por infinitos cigarrillos negros; conservaba aquella resonancia de caverna pero había perdido fuelle y se diluía a veces, al final de alguna frase larga, en una penosa falta de aliento. Me interrogó a fondo durante la mitad de la comida sobre el "acontecer nacional", como llamaba la prensa a las noticias políticas locales. Cuando terminé mi resumen, dijo:
– Entiendo que llamen a todo eso "acontecer nacional", no sólo por razones de pomposidad, también por algún dejo de precisión involuntaria. En todo lo que usted me cuenta, las cosas efectivamente "acontecen". No tienen origen, dirección ni sentido alguno. No parecen responder a una voluntad pública que las gobierne. Nuestros políticos son víctimas, más que actores, de su política. No hay que culparlos demasiado. Nosotros mismos somos más víctimas que arquitectos de nuestra propia vida y nuestra propia muerte.
– Salvo Carlota Besares -dije.
– Carlota fue el ser humano más libre que yo haya conocido -dijo Adriano-. Aun así, la enfermedad cayó sobre ella como las catástrofes naturales sobre nuestra indigencia pública. Yo fui la encarnación misma de esa indigencia frente a su muerte. ¿Quiere que hablemos de eso? ¿En eso se quedó nuestro relato?
Asentí.
– Pues indigencia es una buena palabra-dijo Adriano-. Durante mi lamento por la muerte de Carlota, pensé mucho en la privación adicional de no tener a nadie con quien llorarla. Ella no tenía hijos ni familia. Yo no tenía testigos de nuestra extraña vida juntos. Carlota me había conocido siendo casi un niño, me dejaba siendo casi un viejo, envejecido doblemente por su muerte. Pensé que nuestros cuerpos habían sido gemelos, cómplices en todo, empezando con la invariable felicidad de sus encuentros. Habían sido a su manera dos cuerpos felices, estériles para todo lo que no fuera su placer. Me dolió sin embargo nuestra falta de progenie y de testigos. Pensé para consolarme que la esterilidad me había emparentado profundamente con Carlota. Las mujeres que no paren y los varones que no engendran son como anomalías de la naturaleza. Hay algo raro y esencial en nosotros los estériles, una falla que sólo la civilización oculta o disculpa pero que, al final, de algún modo cobra su precio. A mí, por ejemplo, pienso que me trajo desde muy joven las ganas de morir. Supongo que el mensaje de la naturaleza era: ya que no puedes dar vida, vale poco que la tengas. Quiero decir que desde los catorce años he sido un suicida tímido pero persistente, por temporadas agobiante. Casi no recuerdo año en que no me acariciara la idea de quitarme la vida. Acariciara digo, como una promesa más que como una amenaza. Aquella libertad del límite volvió durante mi duelo de Carlota. Había perdido todo lo que me importaba, y a Carlota para siempre. No había nada ante mí salvo la vida seca de los libros, la absoluta falta de otras ilusiones que no fuera poner los ojos sobre aquellos vestigios de mundos pasados, tan fantásticos como los que pudiera inventar la más desbordada imaginación, tangibles sin embargo, audibles en antiguas tipografías, en la silenciosa voz de cientos de autores desaparecidos, sin rostro ni cuerpo, convertidos por el tiempo sólo en una inmensa biblioteca de libros sin lectores, polvo de especialistas.