Las Mujeres De Adriano
- Автор: Camín Héctor Aguilar
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:
«Estaba a medio camino del libro sobre el reino milenario de los franciscanos en el Nuevo Mundo. Empezaba a leer, como el niño que husmea el postre antes de la comida, las primeras crónicas de la aventura jesuita en estas tierras. Se configuraba ante mí algo de lo que sería después la obra sobre las órdenes misioneras en la América hispana, asunto que habría de consolidar mi fama de reaccionario en las izquierdas, tan ciegas al hecho de que, si alguna utopía igualitaria hubo entre nosotros parecida a la que ellas buscan, son las evangelizaciones de los frailes y sus órdenes. Los frailes creían en un Dios imperioso y tenían una fe ciega en la bondad de su causa. Las utopías igualitarias de la izquierda creen en tiranos divinos y tienen una fe de carboneros en su catecismo progresista. Me es cada vez más difícil encontrar una diferencia entre ambas cruzadas, salvo que de los frailes quedaron muchas cosas buenas y de las revoluciones no quedará sino un crespón de luto y un muro de vergüenza. Pero ya estoy haciendo un artículo de periódico. Lo importante aquí es que la frialdad del gabinete me rescató de la desolación, del mismo modo que la certidumbre de que podía quitarme la vida en cualquier momento me dio fuerzas para seguir viviendo. Fue así como otra vez, poco a poco, en medio de aquel oficio sin ventanas, de aquella concentración sin esperanza, algo en mí empezó nuevamente a no querer la soledad, a necesitar la piel del mundo. Tuve en esos días un sueño como un manantial de agua fresca. Me soñé dormido boca arriba, con los labios secos de anciano pegados por su propia resequedad. Había una luz tenue al fondo, en la tranquilidad de un cuarto oscuro. Hubo de pronto una brisa como si alguien hubiera abierto gentilmente una ventana. Luego, con los ojos cerrados, sentí sobre mi rostro los labios de María Angélica, sólo sus labios, sonriendo dulcemente como ante una travesura. Me besó sin dejar de reír. Sus labios estaban húmedos, frescos, con la humedad y el frescor que le urgían a los míos, húmedos con un agua delgada que corría por su lengua como por una canaleta y mojaba mi boca, que se volvía a secar y era mojada nuevamente con la dosis exacta de humedad o rocío, porque había en esa humedad una aspersión de agua del alba. Desperté bañado por una dicha que no recordaba haber tenido, reconciliado conmigo mismo, feliz por tener dentro de mi el recuerdo casi físico de ese sueño. Tuve primero el placer de recordarlo, luego, a fuerza de recordar, tuve urgencia de María Angélica. Decidí buscarla, atraerla de nuevo, convencerla. No fue ella, sin embargo, quien oyó primero mi llamado, el llamado de mi salida al mundo, sino Cecilia Miramón. Cecilia se presentó una noche en la puerta de mi casa y pasó hasta mi recámara sin preguntar. Lo había hecho otras veces, no me sorprendió. Fue como si la genuina necesidad de María Angélica atrajera a otra, como si lo potente fuese el llamado de compañía, no el destinatario. Algo tienen que ver esas convocatorias erráticas con la universalidad del deseo. Vestimos al deseo de nombres propios y lo llamamos amor. Pero el deseo tiene su propia lista de convocados, no repara en los nombres sino en los cuerpos, y cuando es genuino los atrae, los busca, los encuentra, los persuade con la fuerza misma de su impulso. No quiere fundirse con alguien en especial, quiere sólo fundirse. Cecilia oyó la onda larga de mi deseo, sintonizó con ella porque ella misma había empezado a emitir su propia señal, luego de un año y medio de tener la antena apagada.
»Apenas la vi supe que sus demonios habían regresado, y yo con ellos. Traía una falda de cuero rojo, con una blusa negra ceñida a su talle robusto, sus pechos grandes, sus brazos redondos. Tenía el pelo esponjado como la copa de una Jacaranda, las mejillas resaltadas con sombras violeta, los labios pintados del rojo de la falda. No hacía falta tenerla cerca para saber que había bebido, pero lo comprobé cuando se acercó a besarme. "Estoy fugada del convento", me dijo. "Y te vine a ver." Tuve el impulso moral de rehusarla, luego la aceptación salvaje de que no quería salvarla de sí misma, sino tenerla al precio que fuera, al precio que tuvieran que pagar su salud o mi conciencia. Casi me mata esos días, de alcohol, desvelo y amores. Habría sido la mejor manera de morir, pienso ahora, infartado entre sus piernas ebrias, en la orilla del escándalo, muerto de adulto en los brazos de una mujer que podría ser tu hija y que fue tu pervertidora. Eso sí es eutanasia. Me perdí en ella tres semanas. Luego, sin decir palabra, Cecilia desapareció. La busqué por todas partes, moribundo de culpa, hasta el punto de contratar una agencia de investigadores privados para que la rastrearan. Un día me llegó una carta suya pidiéndome dinero. Vivía en una comuna en un antiguo real minero convertido ahora en santuario del peyote, cacto ritual de los huicholes. Le mandé dinero con la súplica, inútil, de que volviera. Semanas después llegó una nueva carta, pidiendo más dinero. Dispuse que le situaran en ese pueblo una cantidad fija al mes, para arraigarla al menos y saber dónde estaba. Se fue poco a poco la fatiga de su aparición huracanada, quedó la nostalgia de su cuerpo joven, nuevamente encendido por el alcohol. Conforme su perfume fuerte cedió el paso, el sueño de María Angélica regresó, terso, prometedor, como había sido la primera vez. Me orienté en su búsqueda. María Angélica había dejado el instituto, trabajaba como bibliotecaria en una empresa privada que formó un centro de estudios históricos en torno a una famosa biblioteca comprada como pie de acervo. El affaire con Galio Bermúdez había terminado en el desastre previsto, acaso buscado por ella misma. Cuando María Angélica le abrió la puerta, Galio ocupó el territorio con desparpajo napoleónico, se mudó a casa de ella y estableció ahí su cuartel trabajo. Llenó la casa de libros, botellas, alumnos, amigos, conocidos, reduciendo implacablemente los espacios de María Angélica y sus hijos. No sé cuánto tardó en evaporarse el amor. María Angélica tardó un año en sacar a Galio de sus dominios, luego de que lo había expulsado de sus ilusiones. Fue un desalojo penoso. Supe sus detalles por casualidad justamente en los tiempos en que la buscaba de nuevo. María Angélica confió el asunto al despacho de abogados del que yo me había retirado. El abogado que llevó su pleito contra Galio me puso al tanto. Le habían encargado una misión imposible: debía echar al inquilino sin coacción física o legal, por la vía de la conciliación, ya que María Angélica no quería cargar sobre sus hombros el bochorno de un desalojo judicial. Le sugerí al abogado enviar una carta presentando el caso al secretario de Estado a quien Galio le prestaba entonces servicios de asesoría política, redacción de discursos y libelos anónimos. Galio fue persuadido por el secretario de que se mudara. Al efecto le habilitó un departamento que fue desde entonces su vivienda: cueva y oficina. María Angélica supo de mi intervención, me envió un mensaje de agradecimiento con el abogado. Le envié de regreso un capítulo del libro sobre los franciscanos, pidiéndole su opinión. Me respondió por escrito su opinión con numerosas correcciones bibliográficas y de latines, que nunca han sido mi fuerte. Le envié de regreso el manuscrito completo. Me devolvió un pliego de sugerencias de su puño y letra, un puño suave y una letra fina, como un pañuelo bordado a mano. En un sobre aparte venía una nota preguntando si asistiría al congreso de aquel otoño en la Universidad de Chicago. No me había tomado la molestia de responder la forma de participación en el congreso, ni había pensado ir. Decidí que iría, envié parte del libro como ponencia y respondí afirmativamente a la pregunta de María Angélica. Un mes después coincidí con ella en el lobby del hotel que sería sede del congreso, la noche misma de mi llegada.
»Los congresos, como le consta a usted, han sido mis alcahuetes. Me habían regalado hasta ese momento una de mis tres aventuras sin consecuencias, que he omitido en este relato, y mi reconciliación con Ana. El congreso de Chicago me devolvió la compañía de María Angélica. No la había visto en dos años. Noté que había invertido algo en su atuendo, lo mismo que en sus lentes, cuya estudiada sobriedad no excluía una armazón ligera con terminaciones de ojo de gato. Había unas líneas tenues de pintura en sus ojos, sus pestañas estaban finamente separadas por un rimel discreto. El efecto global mejoraba sus ojos, siempre bellos por inteligentes, aunque siempre ocultos tras unas gafas sin gracia y unos peinados que no despejaban su frente. Ahora se había cortado el pelo para dejarse un casquete de muchacho, lo cual despejaba su rostro, haciéndolo parecer más fresco. Había adelgazado también, aunque después descubrí que sólo usaba ropas que ceñían mejor su cuerpo, pródigo y bello, como me constaba a mí, bajo las ropas monacales, intencionadamente desaliñadas, con que lo había ocultado toda la vida. Me recibió con un beso en la mejilla. Su leve humedad recordó y alborotó mis sueños. Hablamos un rato de mi libro, luego del suyo, mientras tomábamos un martini. En un giro de la charla, María Angélica preguntó:
»"¿Y cómo están tus mujeres?"
«"Perdidas todas", dije. "Incluyéndote a ti."
»"La pareja quiere exclusividad", sonrió María Angélica. Sonreí yo también:
»"Todas ustedes tuvieron más hombres que yo mujeres."
»"Sí", dijo María Angélica. "Pero a través de los años. No todos al mismo tiempo. No ¡cinco al mismo tiempo!, como tú."
»"A1 mismo tiempo, nunca", precisé. "Cada vez con cada una y cada una aparte de la otra."
"¿Propones tu promiscuidad como un ascetismo, la abundancia como una fidelidad?", preguntó María Angélica.
Cometí el error de ponerme serio y le dije algo así como:
»"No te engañé, ni te quise menos por el hecho de amar a las otras."
»"Esta no es la mejor conversación para un reencuentro amoroso", cortó María Angélica.
«"¿Estamos en un reencuentro amoroso?", pregunté yo.
»"La ocasión es propicia", dijo María Angélica. "Luego de ver opciones, puedo decir que no eres el peor acompañante que puede haber en este congreso. Además, mi memoria anda alcahueta en estos días."