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Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:

Se ha dicho cl?sicamente que los autores no deber?an medirse por su capacidad de crear grandes h?roes o villanos, sino tambi?n hero?nas de carne y hueso. Una clave narrativa de Aguilar Cam?n es la construcci?n de admirables personajes femeninos. Las mujeres de Adriano es varias cosas: una novela de pasiones cruzadas-la sexta del autor-, un poema dram?tico, un brevario de amores, una escuela de la memoria, una calle con cinco sentidos. Y al final, la vaga melancol?a que nos depara la terminaci?n de un gran libro. Las mujeres de Adriano es una historia perdurable que se va como agua. P?gina tras p?gina el lector quiere saber m?s de esta confesi?n radical y risue?a, que rompe con los prejuicios m?s a?ejos y tradicionales sobre el amor.
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Le dije a Gildardo que nos renovara el café y Gildardo se lo dijo a Águeda chica. Siguiendo las instrucciones de Adriano, me serví un Armagnac maduro de una botella que había esperado por años en un librero del estudio. Era mi día libre, en efecto, había perdido por enésima vez a la mujer que amaba, no tenía nada que hacer y encontré un consuelo en escuchar las pérdidas de otro.

Durante siete armagnacs maduros (con lo que quiere decirse copas dobles, embarnecidas, barrigonas), desde el atardecer pajizo hasta la noche cerrada, escuché a Adriano contarme las pérdidas restantes de su imperio polígamo.

– La enfermedad es una forma del desamor -dijo Adriano-. Sólo la salud puede amar, sólo ella quiere fundirse y gastar sus energías en el otro. Es el combustible de Eros. La enfermedad concentra al enfermo en su propio dolor, lo separa del mundo y de los otros, lo recluye en el infierno de sí mismo. La enfermedad apartaría de mí a Carlota; la salud, en cambio, se llevó a Cecilia Miramón. Empezaré por esta última. Al doblar sus treinta años, Cecilia tuvo la primera de sus grandes crisis alcohólicas. Como le he dicho, tomaba mucho y se jactaba de ello como un rasgo de su libertad. En realidad la tenía tomada el alcohol, era su prisionera. Al principio bebía con aires dionisiacos de fiesta, como una celebración de las potencias de la vida, como un desafío vital de sus límites. Después, como un hábito que por lo general se desbocaba y se iba más allá de lo previsto. En aquella segunda fase la recogí dos veces de la estación de policía, ebria y con delitos que pagar encima. En cualquier otro país habría pasado un tiempo en la cárcel. En el nuestro, salió libre a las veinticuatro horas con algún dinero y dos telefonazos. La primera de esa veces había subido su automóvil a las jardineras de una famosa glorieta de la ciudad, en cuyo centro había una gran fuente desde donde disparaba flechas imaginarias una hermosa Diana cazadora. Cecilia había entrado a la fuente, había subido a la estatua con el gato hidráulico del auto en la mano para destruir el arco y el perfil en bronce de la diosa. Abolló ambas cosas. La cosa no habría llegado a más si el patrullero que subió a bajarla de la fuente, después de la batalla con la diosa, hubiera procedido con menos confianza. Se acercó a Cecilia como a una borracha exhausta, porque la vio sentada en el agua de la fuente, a los pies de la estatua, efectivamente vacía por el esfuerzo, y quiso arrestarla tomándola del brazo. La furia macedónica volvió entonces al brazo de Cecilia, que asestó un tremendo mandoble lateral sobre el casco del policía, reventándole el oído. La recogí en la delegación esa noche con huellas de golpes por el arresto, el labio inferior roto, un pómulo macerado. Seguía riendo todavía bajo los efectos del alcohol cuando llegamos a la casa. Nada quiso sino más alcohol, antes de rendirse a la fatiga del día. Llevaba tomando y girando por la ciudad desde el almuerzo que habíamos tenido dos días atrás, donde bebió suficiente para dormir sin pensar hasta el día siguiente. La había dejado de hecho en su casa, en su cama, con un último gin en la mano. Se levantó poco después a perseguir la noche en compañía que no quise averiguar. Apenas recordaba lo que había hecho las últimas veinticuatro horas, los lugares donde había estado, su ataque general sobre la diosa de la fuente y sobre el policía. Cecilia bebía con encono, su despegue alcohólico era contagioso, tenía el sonido de la risa, el sabor fresco de la juventud. La zona sombría de su fiesta llegaba poco a poco bajo la forma del exceso. De pronto, a medio restaurante, estaba gritando a los cuatro vientos lo feliz que era o zapateando en la mesa unas peteneras de su invención. Su fase de decir sin tapujos lo que pensaba podía alcanzar dimensiones homéricas. Al salir de un cóctel cuya única animación eran los despropósitos de la propia Cecilia, respondió a las miradas femeninas que atestiguaban nuestro paso con un dicterio memorable: "A mí lo borracha se me quita mañana, pero a ustedes lo frígidas, nunca." La segunda vez que tuve que rescatarla fue de una redada que me avergüenza recordar. La levantaron junto con un ramillete de mujeres por ejercer la prostitución callejera. En medio de su borrachera le dio por saber en carne propia lo que era venderse y despreciar al comprador. "No hay nada tan repugnante como un hombre que compra a una mujer", me dijo al salir de la comisaría, escupiendo a los lados en señal de su desprecio por el recinto. Vivía aquello como parte de su libertad, no como el principio de su esclavitud frente al alcohol. "Tengo tantas ganas de vivir que a veces quiero morirme", gritó una vez, desnuda, desde el balcón de mi casa. Estuvo a punto de caer al jardín, en uno de los brincos de su euforia. Poco después de mi pérdida de María Angélica acudí en rescate de Cecilia por tercera vez. Me llamó una amiga suya. La encontré en su departamento, inconsciente, bajo los efectos de lo que supuse una congestión alcohólica. La lavaron y la revivieron en el hospital. El médico me dijo que presentaba un cuadro de intoxicación múltiple no sólo alcohol, también cocaína, barbitúricos, somníferos, excitantes, antidepresivos. Tardó cuarenta horas en recobrar la conciencia. Tenía una cruda como un continente. Aun en esas condiciones su juventud resplandecía con cierta dignidad estoica, ennoblecida por el dolor. "No me quiero morir", dijo cuando me senté a su lado en la cama del hospital. Me preguntó si podía pagarle un tratamiento de desintoxicación. Se internó cinco semanas. Salió rubicunda, despintada y nueva. Le hice una comida de recepción aquí en la casa, sin un rastro de alcohol en la mesa. Ella fue por una botella de vino y la escanció para mí. No tomó una gota. "Voy a ser buena niña y a vivir mi vida buena", me dijo. Pregunté si la vida buena me incluía. "Más que a ninguno de los otros", me dijo. "Pero no en la misma forma que hasta ahora." "¿Es decir?", pregunté. "Todas mis relaciones amorosas han sido parte de mi enfermedad", dijo Cecilia, repitiendo la lección aprendida en la cura. "Unas deben terminar, otras deben encontrar su nuevo lugar en mi vida. Tengo que pensar todo de nuevo. Mejor dicho, tengo que sentirlo, en particular lo nuestro. No me has llevado al campo de batalla, más bien soy yo quien te llevó, pero has sido parte de la guerra y necesito apartarme de todo eso, al menos por un tiempo." Más contundente que sus palabras era su presencia. Había perdido las maneras húmedas y cachondas, asociadas en ella al alcohol y sus efectos. Junto con el alcohol, le habían secado la sensualidad. Donde hubo una mujer precoz había ahora una joven apagada, su espíritu estaba en paz pero su cuerpo había perdido el fuego de la fiesta. Me dijo al irse que me llamaría más que antes, porque necesitaba de mi memoria para reconstruir sus heridas de guerra. Entendí que me había devuelto al lugar de donde acaso no debió moverme, el lugar de su maestro protector, la encarnación venerable más que la tentación erótica de su lesión paterna. Así perdí entonces a Cecilia Miramón. Me asomé a verla marcharse desde el balcón. Al verla caminar de espaldas sobre la calle empedrada tuve resignación adulta de su cuerpo joven, limpio de sus demonios y de mí.

«Me refugié en Carlota y en la visita semanal de Regina, pero la falta de las otras le daba a las que quedaban un aire de escasez y a mi búsqueda de sus amores un tono de angustia que no ayuda a la fiesta amorosa. El amor es un asunto optimista, le gusta reír, cree en la abundancia de la vida. Su pérdida es todo lo contrario. Yo había tenido tres pérdidas distintas que, como la santísima trinidad, se condensaban en una sola calamidad del ánimo. Era como si me hubieran succionado la esperanza, como si me hubieran devuelto al lugar de la soledad elegida que al final de cuentas, salvo por esas mujeres, había sido mi vida. Quise bien a las que quedaron, las quise con gratitud, me ocupé de sus cosas con una aplicación supersticiosa, como sugiriendo a los hados que tomaran nota de mis afanes y tuvieran por mí la piedad que despiertan quienes cuidan su huerto. Pero los hados carecen de emociones; abundan en esa impasibilidad que se parece a la saña. En lugar de consuelo, enviaron dos fulminaciones. La primera sobre Carlota. Había acudido a la consulta sobre la segunda reconstrucción estética de sus pechos. Tenía de la primera unos pechos pequeños y morenos, de pezones erguidos, intocados por la maternidad y la lactancia. Con los años, en un cuerpo esbelto, de músculos firmes, sintió colgarse aquellas joyas: perdieron su contorno de manzana. Carlota quiso reconstruirlas y aun aumentarlas para ganar sobre las obras reductoras del tiempo no sólo juventud sino volumen. El médico encontró al palparla unas fibras enigmáticas que se resolvieron pronto en la evidencia de un cáncer de mama. Los médicos sugirieron la urgente extirpación del seno con la secuela radiológica del caso. La noche del día en que recibió ese diagnóstico, Carlota y yo cenamos en su casa sus guisos sibaritas. Tuvimos después nuestros amores. Con ninguna de mis mujeres, he de decirlo, la cama fue una fiesta tan fiesta como con Carlota. Al terminar trajo champaña y me contó su ida al consultorio como si hablara de otra gente. "Tengo que operarme", dijo. "Pero no me operaré. Prefiero morir ahora completa que vivir mutilada hasta los cien años. ¿Qué opinas?" "Te prefiero mutilada pero viva a los cien años", le dije. "Prefieres eso porque te acobarda la idea de la muerte", dijo. "A mí no. A mí me horroriza la idea de una vida inútil, mutilada." Le repetí la sentencia célebre de aquel escritor norteamericano: "Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor." "Nada es preferible al dolor", dijo Carlota. "No voy a operarme. Nadie me va a cortar los senos, aunque me infeste de cáncer. Cuando empiece el dolor de verdad, escogeré la nada, como dice tu escritor. Quiero saber si me ayudarás en ese momento." "Te ayudaré en lo que quieras", dije, y no volvimos a hablar del tema. A la siguiente semana me anunció un viaje largo. Había ocho lugares del mundo que siempre había querido conocer. Quería conocerlos ya, uno tras otro, ahora que las nociones de "mañana" y "después" se le habían reducido. Me pidió que fuera con ella. Pequé entonces de la única cosa, la única, de la que me arrepiento en mi vida: me negué a acompañarla. Tenía conferencias acordadas, algún prólogo que entregar, alguna ceremonia académica. Tenía sobre todo, pienso ahora, miedo de Carlota enferma, de la muerte que iba ya caminando en ella. Miedo de ese pensamiento obsesivo, miedo de saberla indefensa, mortal. El hecho es que se fue de viaje. Fue como si la perdiera para siempre.

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