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Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:

Se ha dicho cl?sicamente que los autores no deber?an medirse por su capacidad de crear grandes h?roes o villanos, sino tambi?n hero?nas de carne y hueso. Una clave narrativa de Aguilar Cam?n es la construcci?n de admirables personajes femeninos. Las mujeres de Adriano es varias cosas: una novela de pasiones cruzadas-la sexta del autor-, un poema dram?tico, un brevario de amores, una escuela de la memoria, una calle con cinco sentidos. Y al final, la vaga melancol?a que nos depara la terminaci?n de un gran libro. Las mujeres de Adriano es una historia perdurable que se va como agua. P?gina tras p?gina el lector quiere saber m?s de esta confesi?n radical y risue?a, que rompe con los prejuicios m?s a?ejos y tradicionales sobre el amor.
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»Estuvo un año sobria, y floreció. Un día me dijo: "Tengo la tentación de meterme sana en tu cama.” “¿Ya estás sana?", pregunté yo. "Supongo que este impulso es un mal síntoma", dijo Cecilia. "Pero quisiera meterme en tu cama sobria, siquiera una vez." "Tendré que estar borracho", dije yo. "Si estás borracho no podré besarte. No puedo besar a nadie que haya tomado más de una cerveza." "Ni borracho ni sobrio", dije yo. "Ya veremos", dijo Cecilia. Recaímos poco después, pero recaímos en otra parte, en algo parecido a la camaradería, más que al amor. En el año segundo de su sobriedad, Cecilia me anunció su noviazgo con un compañero de museografías; luego, poco después, su matrimonio. "Es el segundo hombre que quiero sobria en la vida. Al primero lo querré siempre, y eres tú." (Durante esos años Cecilia habló de su vida "sobria" y de su vida anterior, como si sólo fuera cierta o seria la vida sobria.) Quería tener hijos, me dijo. Quería ver ginecólogos, cambiar pañales, absorberse en sus hijos, en su casa, ver engordar y aburrir a su marido: ser feliz. Eso hizo. Tuvo tres hijos en escalera y no supo sino de pañales y lactancias. Luego, el huracán la levantó de nuevo porque el huracán era parte de su vida -o de su muerte, como se prefiera.

«Vivimos en paz entonces, sin frecuentarnos físicamente pero en una sintonía especial de intimidad y confianza, no como la que puede haber entre un padre sustituto y su hija simbólica, sino como la que hay entre dos cómplices que se han puesto en un lugar aparte que ninguna competencia amorosa puede alcanzar. Fantaseo quizá, pero no puedo poner en otro sitio el hecho de que Cecilia me llamara por la noche, ya que su marido dormía, para contarme su jornada y decirme al finaclass="underline" "Voy a soñar contigo." Soñaba o no, pero era como sugerir que estaba pegada a mí en otra parte, una parte más seria que mi cama o la suya, tan real como sus hijos o mis libros, un sitio aparte. Cuando nació su tercer niño, todos hombres, todos locos cuando crecieron, lo mismo que su madre, Cecilia se ligó las trompas y empezó a construir una deliciosa fantasía. Me dijo: "Cuando todo esto se haya cumplido, yo haya crecido a mis hijos y me haya separado de mi marido, me voy a dedicar a cuidarte y a quererte." Según ella se desprendería de sus hijos cuando cumplieran veintiún años. Entonces se dedicaría a mí. Tendríamos un casa señorial, yo sería un maravilloso anciano de ochenta, ella una mujer independiente de sesenta y nos moriríamos juntos cuando tocara. Me gustaba aquella fantasía porque era una declaración de amor para todas las estaciones. Eso era, sin proponérmelo, lo que había empezado a buscar yo de mis mujeres: una especie de compañía profunda, de vínculo indisoluble, cuya expresión mayor eran los planes ilusorios de envejecer juntos, serena, gloriosamente, como no envejece nadie.»

Nos citamos para el día siguiente en el restaurante y sus maderas. Luego de un preámbulo nostálgico, siguió Adriano:

– El día que cumplí cincuenta y cinco años recibí por el correo el libro de Ana Segovia sobre la genealogía de la efigie guadalupana. Lo había terminado al fin, casi veinticinco años después de haberlo iniciado. Empecé a hojearlo y me fui deteniendo hasta hurgarlo del todo. Era una hermosa edición del más completo estudio que se hubiera hecho sobre la imaginería religiosa. Durante años había hablado con Ana de ese libro, me había resignado a su constante inconstancia, a su entrar y salir de la investigación, y había contraído la idea de que nunca iba a ponerle fin a aquel estudio. Verlo terminado sobre mi escritorio, tenerlo en mis manos, fue como una aparición laica: la propia virgen guadalupana había hecho el milagro de este libro. Mientras lo hojeaba volví al día de mi primer encuentro con Ana frente al mostrador del Archivo. Olí su perfume, recordé sus formas, pensé que el ayer era una capa delgada, que después de cierta edad la memoria, no el deseo, es la fuente verdadera de la vida. El libro de Ana venía acompañado de la invitación a un coctel vespertino donde sería presentado, entre otros, por el administrador de la Basílica, un clérigo bien vivido, historiador de altos registros, que sostenía en oscuros escritos la imposibilidad de probar históricamente las apariciones de la virgen. Era el autor de una sugerencia sacrílega, muy atractiva para agnósticos como yo, según la cual el verdadero milagro de la Virgen de Guadalupe no eran sus apariciones sino la propagación arrolladora de su culto en el corazón del pueblo.

«María Angélica atendía en Texas una reunión de bibliotecarias. Yo había terminado un prólogo inusitadamente árido, hijo de un encierro de seis días. Mi ánimo estuvo abierto para escuchar el llamado de Ana. Me presenté en el coctel tarde, calculando que la presentación hubiera empezado. El local estaba lleno, me escurrí a la parte del fondo para observar a mis anchas el acontecimiento, protegido por una columna. Pensaba ver, oír y retirarme cuando acabara. Pero Ana venía tarde y el acto no había empezado cuando llegué, lo cual no tiene importancia salvo porque la vi entrar, caminando a paso raudo por el pasillo rumbo a las primeras filas donde la esperaban. Venía en unos tacones altos, su figura sobresalía entre los asistentes sentados con una elegancia rara, como de barco deslizándose por un canal hacia el mar abierto. La miré dispuesto a no hacerle concesiones, lo cual quería decir, probablemente, que ya se las había hecho. Cuando llegó a donde estaba el abate de la basílica se puso de puntas para alcanzar su mejilla con un beso; agradecí lo mucho que quedaba de su espalda, su talle, sus piernas fuertes y largas. Se había vuelto una matrona suculenta.

Conservaba la prestancia del baile, los músculos duros, el andar ligero. Los años habían añadido carnes bien surtidas a sus formas esbeltas y un aire de sabiduría perversa a sus siempre hermosas facciones. Acepté que ninguna de mis mujeres me había gustado tanto como Ana, ninguna competía con ella en la naturalidad de su belleza. Me hirvió la sangre de verla, debo confesar, como les hierve sólo a los adolescentes, aunque lo único adolescente que quedaba en mí era el paso frenético con que me enfilaba a los sesenta. Cambié mis planes. Me quedé al coctel que siguió a la presentación del libro. En un momento de la lectura del abate, Ana me descubrió entre el auditorio. La vi ponerse roja, sonreír, lamerse los labios con aquel tic suyo que servía por igual sus momentos de rabia y de turbación. Pero no había rabia en sus ojos ni en su gesto. Había un apuro gozoso, como de quien recibe en bata la visita de amigos imprevistos. No hice sino mirarla y turbarla, especialmente cuando empezó a hablar. Los nervios la pusieron elocuente, más descreída que nunca. Leí en sus andanadas jacobinas una complicidad con nuestro pasado, con el momento en que nos conocimos, con nuestros años de burlones desencuentros en la materia. Repitió un viejo chiste común, supe que lo dijo para mí: "Como ustedes saben", sonrió, "no creo en la iglesia católica. Creo en el pueblo que cree en esa iglesia. Pero no acepto que crea en ninguna otra. Si es inevitable que el pueblo tenga una religión, por lo menos que sea la verdadera." Al terminar la entretuvieron algunos lectores que pedían autógrafos. Me acerqué al coctel, donde me alcanzó el abate. "Hacen una extraña pareja usted y Ana", le dije. "En el fondo ella cree más de lo que dice y usted cree menos de lo que acepta." Alzó una copa de vino me dijo, sonriendo con levedad angélica: "Usted, como historiador, sabe que hay algo profundamente verdadero en todo esto. Yo, como creyente, sé que hay algo profundamente incierto que sólo puede creer la fe" Pensé, comparativamente, que seguía habiendo entre Ana y yo algo fresco que no habían matado los años, también algo viejo, que no podría remozar ninguna frescura. Era el turno de la novedad, sin embargo, la hora de mi reencuentro con Ana Segovia. Así fue. Vino a mí entre los invitados al coctel, las mejillas encendidas, los ojos húmedos. Me abrió los brazos, tomándome por debajo del saco. Sentí su cuerpo lleno y su voz en mi oído: "¿Te gusté? Dime que te gusté"."Como una virgen", dije. "Eso es lo que ando, virgen" me dijo. "¿Puedes cenar después de esto?"

»Cenamos con el abate de la basílica, que se retiró a buenas horas, no sin darle término a un buen vino rojo. Antes de marcharse, preguntó: "¿Ustedes se casaron alguna vez por el rito de la Santa Madre Iglesia?" "Sólo por el rito de la carne", dijo Ana. "Es un hecho de la historia que los ritos de la Santa Ma dre Iglesia duran más que los de la carne", consagró el abate. "También son más aburridos", dijo Ana. "Mucho más", dijo el abate. "Mucho más." Cuando se hubo marchado, Ana me dijo: "El abate es mi cómplice. Quiere que me case de nuevo. Según sus registros, por primera vez. Es su manera de coquetearme." "Creo que estoy atrasado de noticias respecto de tus matrimonios", le dije. "Me divorcié hace seis meses, luego de tres separaciones", me informó Ana. "Pero como estaba casada sólo por lo civil, para el abate ese matrimonio no cuenta. Está empeñado en que me case por primera vez. Si no vistiera yo los hábitos que visto, dice, impediría que se prolongara esta situación irregular. Es un viejo coqueto, como todos los curas libertinos." "Nunca pensé que me provocarías con un cura libertino pasado de años", dije, haciéndome cargo de su estrategia. "Me gustan los hombres mayores", dijo Ana. "Tienen un no sé qué de historiadores arrepentidos." "Si empezamos a hablar de la edad terminaremos hablando de doctores", le dije. "Cuéntame de tus hijos." Eran adolescentes, uno rubio como el padre, el otro moreno como Ana, uno obsesivo como el padre, el otro fantasioso como Ana. Uno se había ido a vivir con el padre, el otro se había quedado con Ana. "Nada tan difícil como vivir con un hombre aburrido", dijo Ana. "El tedio es una epidemia que lo va invadiendo todo, objetos y personas. Hasta las alegrías se vuelven rutinarias, los colores pierden el brillo, la vajilla nueva parece vieja, nadie se ríe con los programas cómicos de la televisión. Llegué a ser auténticamente la loca de la casa porque tomaba clases de baile y cantaba en la regadera. Mi marido, mi segundo marido, es decir mi segundo exmarido, es el mejor hombre del mundo, pero es el rey del tedio. Lo único que le enciende de la sangre son los negocios. Hubiera querido ser su negocio en vez de su esposa. Pero no quiero hablar de eso. Mejor háblame de ti. ¿En qué andas? ¿Sigues con tu novia de la infancia?" "Se fue del país", dije. "No sé nada de ella." "Menos mal", dijo Ana. "Me pudre su competencia desleal. Me cae bien ella, pero me pudre pensar que es tu amor imposible. No se puede competir con un amor imposible. Me pudren los amores imposibles." "Prefiero los posibles", dije. "Mientes, como todos", dijo Ana. "A los hombres les encantan los amores imposibles: su mamá, su prima mayor, su novia de adolescencia. Son los reyes de los amores imposibles y nosotras, las mujeres de carne y hueso que sí pueden tener, somos las peor es nada, sustituías imperfectas del amor imposible. ¡Qué mal me caen!"

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