Las Mujeres De Adriano
- Автор: Camín Héctor Aguilar
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:
»Carlota y Cecilia vivían en un mundo aparte. No peleaban entre ellas por mi exclusividad, ni con las otras. Carlota era confidente de mis amores, una liturgia de pleno derecho, anterior a todos ellos. En su cama habíamos hablado de todas las apariciones y las pérdidas, con la única excepción de mi recaída en Ana Segovia, que le ocultaba a Carlota por amor propio, pues le había hablado demasiado mal de Ana. A Cecilia nada había que contarle, porque nada buscaba saber, sólo quería tomar el botín del momento, no ser su propietaria. Sabía de mi relación con María Angélica y daba por descontada la existencia de otros amores, en cuya evolución mostraba un interés secundario, como el médico en los síntomas de una enfermedad trivial. Carlota era mi madre concubina, indulgente hasta la complicidad; Cecilia mi hija transgresora, cómplice hasta la indiferencia. Más allá de la vanidad del narciso mirándose en los ojos de sus mujeres, el paso de un estanque a otro no carecía de rigor pedagógico. Por una parte, íbamos envejeciendo juntos. Las conocí jóvenes y no las dejé de ver muchos años seguidos. No envejecieron para mí con esa inmediatez de lo viejo que tienen las fotos. Usted se va acostumbrando a los cambios del rostro, que son los cambios del tiempo, y sigue viendo en esas facciones apenas cambiadas la misma traza del momento primero, la misma mujer de veinte años tras el rostro de la mujer de cuarenta, del mismo modo que ve en el espejo al mismo joven de dieciocho tras las arrugas del viejo de sesenta. Por otra parte, íbamos envejeciendo diferencialmente. Carlota había sido una fragante mujer de treinta años cuando la conocí y era una alegre cincuentona que se acercaba delgada y sin complejos a los sesenta. Mi novia adolescente, Regina Grediaga, era tan joven o tan vieja como yo mismo, que caminaba al medio siglo. Ana y María Angélica veían enfrente la raya de los cuarenta, amenazante como el cargamento de arrugas que iba echando sobre sus rostros el espejo. Cecilia no era ya la estudiante anárquica que se había echado sobre mí en una fiesta, sino una mujer joven acechada por los primeros fantasmas del alcohol. La diferencia de sus edades era una enseñanza sobre los rigores del tiempo. Veía en Carlota las debilidades del cuerpo que acabarían teniendo las otras. La imprudencia de mis movimientos amorosos la lastimaba a veces donde antes la enloquecía. La rapidez de las glándulas y la dureza de los tejidos de Cecilia desafiaban mi resistencia; sus movimientos exigentes podían a su vez lastimarme en un pronto de amores imperiosos. Cecilia se me colgó un día del cuello y me echó las piernas a la cadera para que la penetrara cargándola. Al terminar, tenía una lesión en la espalda de la que no me he repuesto cabalmente. Un día me dijo: "Te habrás dado cuenta de que de un tiempo a la fecha me haces el amor con los calcetines puestos." "¿De cuánto tiempo a la fecha?", pregunté. "Unos seis meses", me dijo. Sentí ese día que la edad me había alcanzado, mejor dicho, que yo había alcanzado la edad en que todas las cosas empiezan a suceder por primera vez. Esos detalles aparte, como he dicho, aquel año tan ajeno a los hábitos de mi vida califica sin competencia alguna como el de la dicha mayor. Acaso porque era otro el que parecía vivirlo, porque en ese aluvión de las cosas juntas pude dejar de ser yo y fui otro, inesperado, sorprendente, sin misiones excesivas que cumplir ni el desánimo de no haberlas cumplido. No puedo contar aquellos meses sino por las entradas del cuaderno que registra fechas y situaciones. No registra lo esencial porque la felicidad no tiene la buena memoria de la desdicha, es un estado de suspensión que no sabe describirse, no tiene palabras ni historia, sólo suspiros, risas, inocencia, plenitud. Aquel año fue el momento mayor, sin rival, de mi historia. Ahora bien, como muestra la historia, el momento de la mayor altura de las cosas es también el principio del descenso, el punto inicial de la caída. Como en la historia del imperio romano, en mi imperio polígamo la decadencia fue más larga y en algún sentido más grandiosa que su momento estelar.
»Pero se ha hecho tarde. Empezaré a contarle la caída de mi imperio en nuestra siguiente comida. Ahora conviene que yo vuelva a mis libros y usted a su periódico, el cual ojalá se venda poco mañana: será un indicio de que nada grave le ha sucedido a nadie, cosa que no es noticia pero que tampoco está mal, para tratarse de un día cualquiera del siglo XX.»
En la semana siguiente a nuestra comida, Adriano tuvo una gripe invernal que se complicó hasta los diapasones de la neumonía. Fue como si al llegar al clímax de su narración llegara también a un clímax de su vida. Recibí una llamada de Gildardo, el chofer, confiándome la situación de su amo -palabra que nada y todo dice de la relación entre ambos-. No tenía a quién más acudir, me dijo, y agregó, misteriosamente:
– La Doñita está de viaje, no hay quien lo atienda.
Decidí que lo internaran en un hospital privado. Llegó inconsciente a la sala de terapia intensiva. Durmió entre tubos y sondas hasta que abrió los ojos fatigados dos días después de farfullar fiebres, apariciones y conjuros. Convaleció una semana en el hospital, sin más visitas que la mía y la custodia fiel de Gildardo. En una de mis visitas pregunté por la misteriosa identidad de La Doñita.
– Es la señora Cecilia, que lo visita cada semana y ordena la biblioteca -respondió Gildardo.
– ¿Cecilia Miramón? -pregunté.
– Desconozco su apellido -dijo Gildardo-. Para nosotros es la señora Cecilia y le nombran en la casa La Doñita.
– ¿Quién la nombra?
– La señora Águeda chica-dijo Gildardo.
– ¿ Y quién es la señora Águeda chica?
– El ama de llaves de don Adriano -explicó Gildardo-. Cuando yo llegué ya estaba. Su madre había estado antes con don Adriano, creo, desde que murió su tía en el año de la canica.
Cuando lo dieron de alta, fui a visitarlo a su casa. Había estado en su biblioteca portentosa un día que nos reunió a sus alumnos para consultar ahí libros que no había en la Universidad. En aquellos lejanos tiempos, su casa era una mansión renovada en sus maderas y su fachada, con un aire patricio puesto juguetonamente al día. Ahora era una mansión vieja de paredes grietosas y maderas estriadas. Había una hilera de macetones con flores secas en el corredor de la entrada. En la biblioteca, ordenada años atrás, había pilas de libros en el suelo, rastro de indolencia más que de bibliomanía. Las rinconeras atestadas de expedientes viejos y el vestigio resinoso de puros fumados concienzudamente, hacían que la casa oliera a descuido, a casino español, a ciudad de principios de siglo.
Adriano estaba sentado en un sillón de su estudio, con un libro sobre las piernas, mirando al jardín de rosales apagados cuyo único lujo era una enorme araucaria por cuyas ramas simétricas trepaba una bugambilia. Tenía la mirada fija, vidriosa, fatigada, con una vejez que no había visto antes en sus ojos.
– Me arrastró pero no me llevó -dijo, con sonrisa forzada-. En todo caso, el asunto es menos grave de lo que me había imaginado.
Debí poner cara de no entender porque Adriano aclaró:
– Me refiero al asunto de morirse. Llevo todos los días de mi convalecencia tratando de recordar algo de los días que estuve inconsciente. No recuerdo nada. No hay una sola huella de angustia o dolor. Podría estar muerto ahora. Habría sido un tránsito limpio, sin un rastro de sufrimiento. Quizá he perdido una oportunidad -sonrió-. No me entienda maclass="underline" agradezco enormemente su oportuna decisión de hospitalizarme y todas sus atenciones. Le debo la vida, no estoy listo para irme todavía. Pero he aprendido algo aquí: lo temible no es la muerte, sino la enfermedad. Hay que pedir a los dioses una vida larga o corta pero una muerte súbita.
Dijo eso y tragó un sofoco. Entendí que estaba todavía en una línea frágil, haciendo un esfuerzo desmesurado para atender mi visita. Le dejé los libros que llevaba y me despedí, prometiendo que llamaría. Al pasar por la cocina, rumbo a la calle, vi a la mujer que Gildardo llamaba Águeda chica. Era tan vieja como Adriano. Estaba sentada en una mesa frente a la estufa, con la mirada igual de lejana y vidriosa que el dueño de casa. Era la hija de su nana, bautizada así en memoria de la tía de Adriano. Habían crecido juntos hasta que Águeda chica se fugó con el novio al bordear sus dieciocho años. Regresó mujer madura, sin hijos ni novio ni memoria de lo que había sucedido con los años frescos de su vida. Su madre había muerto en su ausencia. Como si la penara por omisión, Águeda chica se radicó unos años en el servicio de Adriano. Volvió a irse después, al cruzar los treinta años, con una nueva aventura. Regresó con un hijo enfermo de polio que no podía estarse quieto y murió despeñado del techo de la casa de Adriano en la época en que cambiaban la teja del altillo y él quiso subir por la escalera para raspar, cementar y empotrar las tejas como los albañiles que caminaban por las alturas. Águeda chica penó esa nueva muerte y volvió a irse, ya mujer madura, con otro amor sin nombre que se le cruzó en el camino. Volvió sola otra vez, también sin decir palabra, con una cicatriz en el hombro que se pensó siempre herencia de algún pleito con su amor tardío. Sentó sus reales finalmente en el servicio de Adriano, inútil y silenciosa, tal como habían sido según Gildardo sus aventuras y su vida, cosas que, bien pensadas, vienen finalmente a ser lo mismo: las aventuras y la vida.