Las Mujeres De Adriano
- Автор: Camín Héctor Aguilar
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:
»Veía a Carlota una o dos veces a la semana para comer o cenar en su casa; recibía a María Angélica una o dos noches en la mía, casi siempre los fines de semana en que podía dejar a sus hijos con Matute. Con frecuencia salíamos juntos de la ciudad. Cecilia era imprevisible, pero constante. Me asaltaba en mi casa por las tardes o en mi cubículo por la mañana. Casi siempre quería seguir a comer o ir a un centro nocturno que no debía perderme. Me gustaba Cecilia pero me fastidiaba su entorno, del que se había apartado Vigil, casado prematuramente con una mujer que corrigió sus hábitos sin mejorar su vida. La dejó pronto para salir a la intemperie de la que no regresó. Almorzaba con Cecilia o salíamos de copas por la noche, y yo bebía entonces tanto como ella. Así, normalmente, lo que había empezado en amores por la mañana o en la tarde terminaba en amores por la tarde o la noche. De modo que tenía mujer todos los días; a veces, por fortuna pocas veces, dos veces cada día. No me quedaban bríos para otra cosa que leer novelas, de preferencia intimistas, pero tampoco me importaba. Gozaba aquella vagancia de ánimo laxo atento a la ocasión amorosa con su secuela de pereza y suspensión del mundo, quiero decir: el mundo de la investigación al que me había entregado como quien funda una iglesia de consumo personal. Los credos de aquella iglesia parecían desdibujados, remotos. Mi vida crecía en un lugar contiguo pero infinitamente distinto del que había elegido hasta entonces. Una tarde, en un descanso de aquel remolino, me descubrí hablando por teléfono con Regina Grediaga para invitarla a tomar una copa. La buscaba por primera vez desde nuestra separación, la encontré tan dispuesta como si ella me hubiera buscado. Seguía venturosamente casada, tenía un amante y cinco hijos, el mayor de los cuales había entrado a la Universidad. Se conservaba delgada, lánguida, irresistiblemente hermosa para mí, que amaba en ella menos a una mujer que un arquetipo, el arquetipo de la mujer perdida. Amaba en Regina lo que no pudo ser. Ella, por su parte, había ganado sentido práctico y humor de mujer hecha. Se sometía a sus esclavitudes conyugales sin renunciar a los sueños de su cuerpo ni a los lugares secretos de su independencia. Solíamos vernos al mediodía en un hotel donde almorzábamos juntos. Nos metíamos en la cama hasta caer la noche. "Hechas todas las cuentas", me dijo una vez, "a nadie he querido más tiempo que a ti." "Lo mismo digo", respondí, y los dos decíamos la verdad. Seguimos viéndonos de cuando en cuando, cada tres semanas primero, luego cada quince días, hasta que me encontré preparando en mi agenda nuestro encuentro de cada semana, cuidando que nuestras horas no tuvieran rival en las otras que eran también ya parte obligada de mis días.
»Para completar el torbellino, me faltaba una sorpresa, pero esa se la contaré en nuestra siguiente comida. Me doy cuenta al contarle de que la vida transcurre más despacio que sus cuentos. Narrar, si algo, es quitar el tiempo muerto de la vida. Tome su turno ahora. Cuénteme las cosas de la República.»
No hay en mis cuadernos el registro del tiempo muerto al que aludía Adriano, sólo de su siguiente andanada narrativa. Adivino en mi caligrafía de esa ocasión una vivacidad de más, hija de los coñacs de sobremesa y de la prisa del enigma por encontrar su fin. Según mis transcripciones, limpiadas aquí de otros temas, Adriano siguió su historia con un inesperado circunloquio. Dijo:
– Asunto de historiadores es aburrirse en congresos y simposios oyendo a los colegas repetir los hallazgos de su especialidad. Yo era un adicto a esas convenciones de la repetición, reconocía en ellas algo humilde y profundo sobre la verdad de la historia. A saber, que es imposible descubrirla. Conviene dedicarse a ella como se dedican las hormigas al hormiguero, confiando en que la actividad se explica por sí misma y que todo responde a un designio mayor, cuyo sentido se nos escapa. Acudía a esos simposios con humilde orgullo de artesano, a repetir algunas variantes de mis hallazgos, a oír las reiteraciones de otros sobre los suyos. Siendo todavía muy joven, en mi primer simposio de historiador profesional, oí a una joven doctora de la Universidad de Texas resumir su tesis doctoral sobre la movilización agraria de México en las guerras de independencia. Era mayor que yo quince años. Durante los siguientes treinta, todo lo que supe de ella, simposio tras simposio, fue que se hacía vieja añadiendo información al mismo tema de su tesis doctoral. Murió como la experta mayor en la materia. Sus conclusiones fueron revisadas, en gran medida destruidas, por la investigación sobre el mismo tema de un alumno suyo, su asistente, que dedicó dos décadas a completar y corregir el tema de su maestra inolvidable. Los dos tenían razón o no la tenían en absoluto: sus vidas habían tenido el sentido de alcanzar juntos ese conocimiento y de contradecirse y no alcanzarlo. Al separarme de ella, Ana Segovia empezaba a padecer aquel destino profesional con la ampliación interminable de su primer asunto historiográfico: la historia de la efigie de la Virgen de Guadalupe. Andaba en el tercer reinicio de su investigación sobre el tema, ampliado ahora al arte pictórico religioso de las dos orillas, América y España. Buscaba el origen de la virgen morena mexicana en la técnicas de los pintores anónimos que habían llenado de vírgenes moras la Es paña de la reconquista, en particular algunas capillas extremeñas, tierra de nuestros conquistadores. Luego de evitarla minuciosamente casi cuatro años, injustamente saturado de mi vida con ella, me la topé en uno de aquellos simposios. Nos cruzamos al entrar a la cena del primer día. El azar quiso que esperáramos juntos unos minutos la asignación de nuestros lugares. Ana despedía una exquisita fragancia de limón, usaba unos zapatos altos que arqueaban sus pies y mejoraban sus piernas. Se le habían hecho unas bolsas pequeñas bajo los ojos, su frente parecía más amplia, su boca más grande, sus dientes menos blancos. De pronto, envuelto en la fragancia de limón, volví a verla simplemente como era, como si nada supiera de ella ni la vida hubiera gastado lo nuestro. Al terminar la cena, la busqué en el bar del hotel donde se hospedaba. Me hice el turista casual hasta que di con ella: "Te estaba buscando", le dije. "Tenemos que hablar." "Hablar es mi especialidad", respondió Ana. "Junto con los historiadores maduros y los curas renegados." Nos sentamos en un rincón del bar y hablamos como si no nos conociéramos. Se había casado con un industrial de la cerveza, hijo de un emigrante gallego. Tenía dos hijos y una hostilidad fratricida contra María Angélica, su amiga y sucesora. "No la culpes a ella, cúlpame a mí", le dije. "La culpo a ella porque a ti no puedo odiarte", me dijo. "No sé por qué, pero quedaste a salvo de ese sentimiento." "¿Es decir?", pregunté. "Es decir, que en materia de amores, como tú dices, siempre hay alguien que anda corto y alguien largo", dijo Ana. Añadió: "Te recuerdo que no fui yo quien se fue de nuestra vida juntos. De hecho, no me he ido. Simplemente me casé con otro." Pasamos esa noche en mi cuarto de hotel y lo que faltaba del congreso aturdidos por el reencuentro. Nuestros cuerpos habían aprendido en otros cosas distintas de las que sabían hacer juntos. Había una extraña novedad en la restitución del hábito de querernos. Fue una sorpresa y una revelación. Al separarnos en el aeropuerto, Ana me dijo: "Voy a proceder en esto como si no hubiera sucedido, como si se tratara de un sueño. Si no fue así, desmiénteme con tu siguiente llamada. Si me llamas, yo iré a buscarte para seguir soñando."
«La noche de mi llegada tenía en el contestador telefónico llamados de María Angélica y Carlota para cenar. Había también un mensaje de Regina, reprochando mi abandono. Pero nadie estaba en mi ánimo salvo Ana Segovia, a la que había expulsado por años, sin razón alguna, como a una enemiga, de mi vida. Me eché en la cama boca arriba a pensar en ella. Pero a la hora de marcar el teléfono no la llamé a ella, sino a Cecilia Miramón, a quién hallé dispuesta a perderse conmigo en una noche de rumba. A la mañana siguiente llamé a Regina, a María Angélica y a Carlota, pero sólo quería oír la voz de Ana. La llamé también. Cuando vino al teléfono me brincó el corazón. Pensé que su marido la habría tenido aquella noche. Tuve la especie de celos que describe Spinoza, el odio por las humedades de otro en la mujer que amamos. Pasé la mañana odiando al marido de Ana, imaginándola desnuda, abierta para él en su lecho utilitario. Después, el mundo se aclaró, la evidencia de mis compromisos se me vino encima. Tenía que ver a María Angélica, dormir con Carlota, citarme con Regina, dejarme atacar por Cecilia y reincidir en Ana. El cielo se había llenado de estrellas y yo no tenía tiempo para mirarlas una por una. Era el mes de febrero, empezaba el año que yo llamo de la dicha mayor. Aquel año, en distintos tiempos, con distintos ritmos, tuve a la vez a todas las mujeres de mi vida. Todas y cada una, las cinco, una tras otra y de regreso. Nunca las quise tanto como cuando las tuve a la vez. Quiero decir: cada vez a cada una.
»Yo tenía entonces cuarenta y seis años, Carlota Besares cincuenta y seis, Regina cuarenta y cuatro, María Angélica treinta y siete, lo mismo que Ana. Cecilia Miramón tenía veintiséis. Por ahí tengo el cuadernillo con mi diario de aquellos meses. Me avergüenza su materia porque no es sino un registro envanecido de mis días fornicarios, una bitácora de presunción adolescente. Debo decir que consignaba aquellos hechos llevado por la sorpresa más que por la vanidad. Tampoco me quedaban energías intelectuales para escribir otra cosa. Había perdido el rumbo del camino al que había dedicado mi vida. Quizás, pienso ahora, lo había encontrado porque el hecho es que, en medio de la culpa constante de no leer, no estudiar, no anotar, no escribir, venía el barco ebrio del placer, el barco de la dicha terrenal, hecha de saciedad y extravío. Fue mi año dionisiaco en el sentido pobre del término. No hubo nada divino en él y nada quedó del ejercicio de sus misterios, salvo la molicie gozosa y el espíritu húmedo, rendido a los mandatos de las vísceras, las maravillosas vísceras que secretan sin pensar, pidiendo siempre más de aquello que las sacia y las lastima.
«Pasaba los fines de semana con María Angélica en su pequeña finca de campo. Era mi remanso. Los lunes por la noche eran para Carlota con una regularidad que lejos de adocenar hacía único nuestro encuentro. Los horarios de la casa de Regina Grediaga dejaban sólo el mediodía del miércoles para nuestro encuentro. Nos escondíamos del mundo en el penthouse de un hotel de moda al que llegábamos y del que salíamos separados por razonables intervalos de tiempo. La reincidencia con Ana tuvo una especie de avidez adúltera. La veía por las mañanas, a la hora en que hacen el amor las mujeres casadas que atienden su casa, con hijos y marido. Nuestro horario se cruzaba con las irrupciones matutinas de Cecilia Miramón, que me asaltaba en el cubículo, una hora después de mi encuentro con Ana. Trabajaba esos días doble jornada sexual. El exceso era un rejuvenecimiento, henchía mi vanidad, pero me dejaba vacío de todo propósito que no fuese alguna otra forma de rito sensual, como beber o comer, abandonarme a la contemplación de lo inocuo, caminar por el bosque de Tlalpan, escudriñar su flora, alimentar sus ardillas, cuidar mis uñas con una manicurista, elegir minuciosamente la corbata. Me aficioné entonces, como dije, a la lectura de novelas, me volví adicto al cine, a las compras y a las revistas del corazón. Eran todas páginas del libro analfabeto del placer, el libro de la vida gozosa. Me acostaba tarde y me levantaba tarde, asunto por completo ajeno a mis hábitos, y no había en mi cabeza sino el cuerpo de mis mujeres bañado por la memoria de sus detalles, sus posturas, sus gemidos, sus palabras. La memoria incitaba la lujuria, lo mismo que el vino frecuente, la variedad de los cuerpos y la miseria de los sentimientos. Estar con Ana inducía perversamente la búsqueda de María Angélica, a quien Ana odiaba tan intensamente como la odiaba María Angélica y por la misma razón, o sea yo. Según Ana, María Angélica la había traicionado como amiga quedándose conmigo. Según María Angélica, la sombra rencorosa de Ana me impedía establecer con ella el matrimonio normal que deseaba. Aquella repulsión mutua las volvía atractivas alternativamente para mis bajos instintos, tan diferentes de lo que hubiera pensado nunca sobre la complejidad de los sentimientos. La rivalidad de una me echaba en brazos de la otra. Pronto descubrí que era casi siempre después de estar con alguna de ellas cuando sentía necesidad de Regina Grediaga. Regina preguntaba despectivamente por Ana y por María Angélica. Las tres me hacían sentir su celo por las otras, codicia que encendía triangularmente mi deseo por ellas. Ana y Regina sabían de mi relación estable con María Angélica y se las ingeniaban para hacerle sentir su presencia irregular. María Angélica desconocía mi recaída en Ana y mis citas con Regina, pero los recados telefónicos de una y otra dejados en el instituto o en mi casa, terrenos de María Angélica, eran demasiado públicos para ser inocentes.