Las Mujeres De Adriano
- Автор: Camín Héctor Aguilar
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:
Las versiones rivales de Gildardo sobre Águeda chica fueron confirmadas por Adriano semanas después, cuando escuché su voz nuevamente fresca por el teléfono. Creí conveniente visitarlo de nuevo. Me invitó a comer en su estudio, más ordenado y luminoso ahora, lo mismo que su atuendo y su mirada. Había envejecido, no sé cómo decirlo, para bien. Ahora era un anciano pleno, sin la gota de juventud rebelde que había hasta entonces en sus setenta y dos años. Parecía un viejo en paz con sus años viejos, más tersas sus canas, más pausada su voz, más irónica y libre del culto de sí mismo su memoria.
– Si no me equivoco -dijo-, tenemos una historia a medio contar.
– Así es -respondí.
– Para estas cosas hacen falta dos -siguió Adriano-. Por mi parte le digo que yo quiero acabar de contar la historia. Le pregunto si usted quiere terminar de oírla.
Asentí, desde luego. Adriano hizo una disquisición sobre los viejos como narradores compulsivos, la verdadera tribu de aquellos a quienes les va la vida en contar porque su vida se reduce poco a poco a ello. Luego de ese circunloquio, reinició su historia.
– Creo haberle dicho que en esto de mis mujeres, como todo en la vida, apenas toqué la cima empezó a caída.
– Eso me dijo, aunque mejor trovado -acepté.
– Mejor trovado, pero lo mismo. El tema es este: si los hilos de algo pueden cruzarse, tarde o temprano habrá un nudo. De los cinco hilos de mis mujeres, dos iban por fuera, sin posibilidad de cruzarse con los otros ni entre sí. Me refiero a los hilos de Carlota y Cecilia Miramón. Pero los otros tres hilos iban compitiendo en el mismo carril. Terminaron enredándose. El pleito por el amor es un pleito por la exclusividad. Es un asunto de juventud posesiva. Mis mujeres y yo estábamos lejos de ser jóvenes, pero el amor rejuvenece y es parte de su juventud enredarse y pelear. El pleito por mi exclusividad fue un asunto de Ana, de Regina y de María Angélica, un pleito nacido, como siempre, más de los impulsos que de los derechos. Salvo María Angélica, que mantenía conmigo una especie de matrimonio con domicilios separados, las otras tenían todas campamento aparte: Ana y Regina tenían marido, hijos y casa; Carlota y Cecilia, tenían libertad sin límites y juegos sin centinela. Irónicamente, como siempre, la cadena de aquella plenitud empezó a romperse por el eslabón que parecía más seguro. Fue la furia de María Angélica la que agrietó la pirámide. Curiosas las reglas de la trasgresión, tan sutiles y tan costosas. No era escandaloso que alguien me viera comiendo con María Angélica en un lugar de moda, era parte de mi rutina. Fue intolerable en cambio que un día me vieran salir del hotel con Regina Grediaga dos amigas comunes de Ana y María Angélica. Fue la única vez que salí junto con Regina del hotel, de su brazo, celebrando supongo la continuidad de nuestros amores. Esa única vez estuvieron sentadas, una en el lobby y otra en el bar, dos amigas de Ana y María Angélica. Eran suficientemente amigas para saber la historia de Regina, la intrusa del pasado, la prueba mayor de mi mal gusto y mi inconfiabilidad. Fueron suficientemente enemigas para, en nombre de la amistad, decirles a sus amigas lo que habían visto. El tóxico actuó de inmediato. "Te vieron con tu novia la vieja", me dijo María Angélica la noche siguiente en que cenamos. María Angélica era más joven que Regina y podía llamarla vieja, pero como yo veía a Regina joven creí que María Angélica hablaba de Carlota. Negué rotundamente el hecho, con certidumbres que en vez de tranquilizarla, la agraviaron. "Te vieron", porfió y yo porfié: "Mientes y te mienten." María Angélica dio paso entonces a la descripción precisa del lugar, la hora, el vestido de Regina, mi propio atuendo. Cuando entendí mi error, estaba sepultado por el alud de sus verdades. Regina había dejado suficientes indicios de nuestra ronda amorosa para que María Angélica la sintiera desde tiempo atrás merodeando su gallinero. Yo había negado aquella ronda tantas veces como sospechas había tenido María Angélica. Mi mentira de ahora probaba las mentiras de antes. De un solo golpe, el rosario de mentiras resultó demasiado grande para pagarlo en una sola exhibición. "No quiero volverte a ver en un buen tiempo", dijo María Angélica. "Y me asumo, desde ahora, desligada de ti." Fue el primer desgajamiento. Me perturbó su partida, fue más amarga aún porque se daba en medio de mi exhibición como un charlatán. No me sentía infiel ni charlatán por el hecho de ocultar a mis mujeres la existencia de las otras. Yo lo justificaba dentro de mí como un acto de cortesía. La moral de la infidelidad es la discreción. Querer a una no me hacía querer menos a la otra y en un sentido no las engañaba dando a otras lo que no podía dar sólo a una. Ninguna, salvo María Angélica, me daba su amor en exclusiva. Yo no lo exigía de ninguna. Nadie tocaba el tema, pero todos sabíamos que en nuestros amores estaban presentes al menos cuatro personas, como quería Freud, pero de un modo literal, cada una de ellas y yo, y sus maridos y sus amantes. Todo esto es confuso, pero era abrumadoramente real; también, a su manera, de una transparencia perfecta. La ruptura de María Angélica rompió la premisa en que estaba fundado todo el silogismo de mi imperio polígamo. Esa premisa era: si nadie se da en exclusiva, nadie ha de reclamar exclusividad. María Angélica partía de otro lado: vivía solamente para mí y me quería sólo para ella, lo cual, tratándose de un historiador que peinaba canas y escribía libros de temas antiguos, no parecía demasiado pedir. El rechazo de María Angélica me quitó la sangre fría, la buena conciencia para lidiar con las exigencias de mi circo. De pronto, tuve miedo de perderlo todo, y empecé a asegurar lo que quedaba sin asegurarme primero de que estuviera inseguro. El pecado de los inteligentes es pasarse de listos. Cuando a la semana siguiente Ana Segovia tronó frente a mí porque su amiga me había visto salir del hotel con Regina, pensé que podría contentarla de mi infidelidad con Regina contándole que eso había provocado ya mi ruptura con María Angélica. Fue un error fatal. Ana odiaba a María Angélica porque la había traicionado como amiga, pero no estaba celosa de ella. La vivía como una resignación de mi edad. Había aceptado su existencia en la categoría de premio de consolación. Ignoraba en cambio mi relación con Regina, que había sido siempre su fantasma, el enigma pendiente, la mujer a la que yo había querido hasta el punto de haberme instalado por años, cuando la perdí, en la vecindad tentadora del suicidio. Sabía de mi relación con María Angélica. Lo de Regina, en cambio, era una novedad para ella. Aceptar la existencia de Regina para anunciarle mi ruptura con María Angélica, lejos de tranquilizarla por la vía de la venganza, la enervó por saberse engañada y oírlo de mis labios. Lo de María Angélica era una afrenta asumida, lo de Regina una infidelidad nueva. Salió de mi casa dando un portazo. No volví a saber de ella hasta que respondió mi enésima llamada telefónica con un énfasis insuperable de mujer airada ante las cámaras de una telenovela. Dijo: "No sé quien es usted, ni sé qué pretende llamándome. Si persiste en su intento, tendré que informarlo a mi marido." Me reí un largo rato con su salida. Me dije luego, con angustia de propietario: "De las cinco que tenía, nada más me quedan tres." Luego, con orgullo de macho herido, parafraseé a aquel general idiota. Me dije: "Volverán". Luego puse en práctica la estrategia sugerida por un escritor mexicano, Jorge Ibargüengoitia, para hacer frente a una situación desesperada: me serví un whisky y esperé un milagro. «No fue un milagro lo que siguió, sino una aberración. Supe en aquellos días, por la vía siempre dura de los hechos, que María Angélica tampoco había honrado sus pretensiones de exclusividad. En el vaivén de sus dudas por los síntomas de mi pluralidad amorosa, llamémosla así ahora que estoy viejo y usted escucha sin inquina, había buscado su compensación en el más duro lugar donde podía hallarla. Me cuesta decir esto y decírselo a usted, aunque todo mundo lo supo en su tiempo. Se acordará usted de mis querellas intelectuales con Galio Bermúdez.»
– Me acuerdo -dije.
– Bueno, pues María Angélica no tuvo mejor idea que engañarme con él.
La revelación de Adriano me completó un cuadro de época. Galio Bermúdez y Adriano Alemán se habían pasado décadas peleando aquí y allá, por una cosa y por otra, hasta representar para distintas generaciones dos polos antagónicos de la cultura y la vida pública del país. Galio Bermúdez era un filósofo alcohólico, durante un tiempo asesor del gobierno, cuya inteligencia provocadora solía irritar a Adriano. Frente a algunas reflexiones históricas de Galio esparcidas al pasar en sus colaboraciones con diarios y revistas, Adriano abandonaba su proclamada indiferencia ante el barullo de la prensa, y respondía a los artículos de Galio, que se prodigaba sin recato en el ágora, con elocuencia y brillo comparables sólo a la impopularidad de sus opiniones. Aquella rivalidad había producido una de las grandes polémicas intelectuales del país, con Adriano señalando la herencia monárquica colonial de la vida política mexicana y la urgencia de salir de ella, mientras Galio apuntaba la conveniencia de reconocer y utilizar aquella herencia, ya que era imposible cambiarla, para gobernar el país según sus costumbres autoritarias efectivas. Desde el fondo de sus libros antiguos, Adriano quería la modernidad, el cambio de la historia profunda de México. Desde la piel enervada de sus artículos periodísticos, Galio desnudaba las utopías fantasiosas del cambio mostrando las inercias reales que el país llevaba en la espalda. Desde la historia vieja, Adriano soñaba con el cambio. Desde el presente deforme, Galio invitaba a no tomar atajos y a respetar la tradición. Uno era monje de cubículo, alérgico a la vida pública y sus instrumentos, empezando por la prensa. El otro era un vividor del mundo, harto de la pureza y de las ideas sin riesgo, adicto a la turbia aleación de cada día. Adriano desconfiaba de la luz pública, Galio se desvestía sin rubor alguno frente a sus lectores. Como estudiantes habíamos acudido a aquel duelo de décadas con fascinación y encono, dividiéndonos en bandos según sus argumentos. La revelación de Adriano me completaba el cuadro de esa rivalidad en el ámbito de la vida privada y la volvía, de algún modo, esférica, perfecta.
– Digo engañar -siguió Adriano-, pero engañar es una palabra que describe mal los hechos. Primero, yo había sentido la ronda de Galio sobre María Angélica, igual que ella la de Regina y Ana sobre mí. Siendo estudiante, María Angélica había tenido un affaire con Galio, su maestro, del que había salido huyendo como de un manicomio. La huella había quedado en ella, sin embargo, y Galio se acercaba a tentarla de cuando en cuando, oliendo la posibilidad de reanudar aquella asignatura pendiente. Yo le había hecho a María Angélica por lo menos una escena de celos a propósito de aquellas rondas. Ella había negado la verdad de mis sospechas. Pero yo sabía que María Angélica era la mujer adecuada para despeñarse en Galio. Era un lago tranquilo que pedía a gritos una tormenta. Había tenido un chubasco la primera vez y tuvo el ciclón completo en el año de mi dicha mayor que fue para ella una desdicha. Sus pérdidas por aquella reincidencia con Galio llegaron hasta mi propio patio, la tormenta me barrió también a mí. Empezando porque María Angélica no me ocultó nada. Una vez que rompió nuestra alianza, paseó frente a mí sus amores con Galio como si me arrojara huevos podridos al rostro, haciéndome sentir un astado de gran tarde, digamos, en La Maestranza de Sevilla. Los paseíllos de María Angélica con Galio desbarataron mi moral polígama y facilitaron el derrumbe en los otros frentes. Es verdad como dice que los males no vienen solos, sino en rachas, lo mismo que la melancolía. Así conmigo aquella temporada, distintos hechos adversos se acumularon en el horizonte como autorizados por la depresión de perder a quien juzgaba la más segura de mis mujeres. Ya le conté mi error de aceptar frente a Ana Segovia que Regina era la causa de mi ruptura con María Angélica, y la salida teatral que hizo Ana del elenco de mi dicha. Poco después de eso, las cosas terminaron de descomponerse también con Regina, con Carlota y con Cecilia. Fue un proceso fatal que puedo contarle en detalle siempre que Gildardo nos renueve el café y usted se sirva unos coñacs maduros, hoy que no debe volver al periódico y puede oír sin preocuparse de los hechos urgentes del día.