Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El Grito Silencioso - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
1 ... 7 8 9 10 11 12 13 14 15 ... 97
Перейти на страницу:

No obstante, Hester se olvidaba de lo sofisticado que era Sir Oliver. Había conocido su lado vulnerable durante el caso de difamación. Pero en la cena y en el teatro se mostró totalmente distinto. Como de costumbre, iba vestido de un modo impecable, con la sobriedad propia del hombre que sabe que no tiene que impresionar a nadie, pues su posición se da por sentada. Habló con soltura de toda suerte de cosas: arte, política, viajes, un poco de filosofía y una pizca de escándalos triviales. La había hecho reír. Podía recordarle con total nitidez, recostado en el respaldo, mirándola de hito en hito. Tenía unos ojos poco corrientes, muy oscuros, enmarcados en un rostro largo y delgado, con el pelo rubio, la nariz afilada y la boca delicada. Nunca lo había visto tan relajado hasta entonces, como si por un lapso de tiempo el deber y la ley hubiesen dejado de importar.

Mencionó a su padre un par de veces, un hombre a quien Hester había visto en numerosas ocasiones y por quien sentía una profunda admiración. Incluso le refirió algunas anécdotas de sus años de estudiante y de sus primeros casos, que se contaron por rotundos fracasos. Hester no estuvo muy segura de si debía mostrarse compungida o divertida. Le miró a la cara y terminó por reír. Él no dio muestras de haberse sentido ofendido en lo más mínimo.

Faltó poco para que llegaran tarde al teatro y tomaron asiento justo cuando se levantaba el telón. Era un melodrama, una obra espantosa. Hester procuró no dejarse afectar por lo que pensaba de la representación. Debía mantener la vista fija en el escenario. Rathbone, sentado a su lado, sin duda se percataría si dejaba vagar la vista o prestaba más atención al resto del público que a los actores. Permaneció envarada en el asiento, con la mirada al frente, tratando de pasarlo bien.

Luego echó un vistazo a su acompañante, tras un diálogo con frases especialmente espantosas, y observó como ponía cara de susto. Pocos segundos después volvió a mirarlo y se encontró esta vez con que le devolvía la mirada, con los ojos brillantes a causa de la triste diversión.

Hester no pudo reprimir una risita y comprendió, cuando él sacó del bolsillo un gran pañuelo que se llevó a la boca, que lo hacía por la misma razón. Entonces él, inclinándose hacia ella, le susurró: «Quizá deberíamos irnos, antes de que nos llamen la atención por desbaratar la función», y Hester aceptó encantada.

Poco después paseaban entre risas por la calle helada, imitando algunas de las peores frases y parodiando las escenas. Se detuvieron junto al brasero de un vendedor de castañas asadas ambulante. Rathbone compró dos paquetes y siguieron su camino procurando no quemarse los dedos ni la lengua.

Aquélla había sido una de las veladas más felices que recordaba, en la que, además, se había sentido muy cómoda.

Aún sonreía recordándola cuando el coche de caballos llegó a su destino en Ebury Street. Se apeó, pagó al cochero, que descargó su equipaje, y se presentó en la puerta de servicio, donde un lacayo se hizo cargo de su maleta y le indicó el lugar donde debería aguardar hasta conocer a la señora.

A Hester apenas le habían informado acerca de las circunstancias en las que Rhys Duff había resultado herido, sólo sabía que había sido víctima de un ataque en el que su padre fue asesinado. Se había interesado más sobre la naturaleza de su estado y sobre las medidas que podía emprender para ayudarle. Había visitado al doctor Riley en el hospital, quien manifestó un profundo interés por el caso de Rhys Duff; aunque era el médico de la familia, Corriden Wade, quien había acudido a ella. Éste sólo le había contado que Rhys Duff padecía graves heridas tanto externas como internas. Se hallaba sumido en un profundo estado de shock que desde el incidente no le había permitido articular palabra. Hester no debía intentar que respondiera, salvo para que el enfermo le transmitiera sus deseos a propósito de su bienestar y comodidad. Su tarea consistiría en aliviarle el dolor en la medida de lo posible y en cambiar los apósitos de las heridas externas menores. El propio doctor Wade se ocuparía de las más graves. Debía mantenerlo limpio y abrigado, y preparar comidas que el enfermo estuviera en condiciones de ingerir. La dieta, por supuesto, debía ser blanda y nutritiva.

También debía velar por mantener la habitación caliente y acogedora, y leer en voz alta en caso de que el paciente así lo quisiera. El material de lectura tenía que seleccionarse con sumo cuidado. Era preciso evitar cualquier tema que resultara inquietante, tanto para las emociones como para el intelecto, nada debía excitarlo ni privarlo de descansar tanto como le fuera posible. Desde el punto de vista de Hester, aquello excluía casi todos los libros que merecían el tiempo y el esfuerzo de ser leídos. Si no era para estimular el intelecto, las emociones o la imaginación, ¿qué objeto tenía leer? ¿Acaso le leería los horarios de los ferrocarriles?

Aunque se limitó a asentir con la cabeza y contestó obedientemente.

Cuando Sylvestra Duff entró en la habitación le produjo una grata sorpresa. Hester no se había formado una idea preconcebida de ella, pero se dio cuenta de que había esperado que fuese alguien tan anodino como el régimen que el doctor Wade tenía prescrito para Rhys. En cambio, Sylvestra era cualquier cosa menos eso. Vestía de negro de pies a cabeza, con toda naturalidad, pero su alta y esbelta figura y el color de su tez se confabulaban para que el dramatismo del luto resultara de lo más favorecedor. Aún estaba pálida por la conmoción y se movía con cuidado, como si temiera que el aturdimiento fuera a hacerla tropezar con los muebles pero, a pesar de todo, conservaba una gracia y una compostura que Hester no pudo sino admirar. Su primera impresión fue muy favorable.

Se puso en pie de inmediato.

– Buenos días, señora Duff. Soy Hester Latterly, la enfermera que el doctor Wade ha contratado en su nombre para cuidar a su hijo durante la convalecencia.

– Encantada de conocerla, miss Latterly. -Sylvestra hablaba en voz baja y más bien despacio, como si midiera sus palabras antes de pronunciarlas-. Le agradezco mucho que haya venido. Sin duda habrá atendido a muchos jóvenes con heridas terribles.

– Sí, así es. -Dudó si agregar algo a propósito de que muchos de ellos se habían recuperado de forma asombrosa, incluso en las más atroces circunstancias, pero al advertir la serenidad de la mirada de Sylvestra decidió que resultaría innecesario y superficial, como si pretendiera minimizar la realidad. Además, todavía no había visto a Rhys Duff, aún no se había formado una idea de su estado por sí misma. El rostro demacrado y los ojos inquietos del doctor Riley, su manifiesto deseo de ser informado acerca de cualquier progreso, indicaban que abrigaba profundos temores y que si el paciente lograba recuperarse, lo haría muy lentamente. El doctor Wade también se había mostrado afligido durante la entrevista mantenida con ella antes de contratarla.

– Hemos dispuesto una habitación para usted al lado de la de mi hijo -prosiguió Sylvestra-, así podrá avisarla con la campanilla cuando la necesite. Claro que no puede hacerla sonar, pero sí puede arrojarla al suelo y eso bastará para que usted la oiga. -Estaba revisando todos los detalles prácticos, hablando muy deprisa para disimular la emoción-. La cocina le servirá las comidas, naturalmente, a la hora que sea más conveniente. Debe aconsejar a la cocinera sobre lo que opina que es lo mejor para mi hijo, con un día de antelación. Espero que se encuentre cómoda entre nosotros. Si necesita cualquier cosa, no dude en decírmelo, por favor; haré lo que esté en mi mano para proporcionársela.

– Muchas gracias -dijo Hester-, estoy convencida de que todo será satisfactorio.

La sombra de una sonrisa se posó en los labios de Sylvestra.

– Me figuro que el mozo habrá llevado su equipaje arriba. ¿Quiere que primero le enseñe su habitación? Supongo que querrá cambiarse.

1 ... 7 8 9 10 11 12 13 14 15 ... 97
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)