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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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«Pero tú lo cruzaste», le dijo la voz de su conciencia, «lo cruzaste y disfrutaste al hacerlo».

Ben la metió en el ascensor. Esperaron en silencio a que las puertas se cerraran. Y en el momento en el que lo hicieron, Rachel se arrepintió.

Aquel espacio era demasiado pequeño y estaba rodeado de espejos, de manera que podía verse a sí misma reducida, débil e indefensa en esa condenada silla. Y, peor aún, podía verlo a él, alto y fuerte, tras ella.

– Esto es ridículo.

– ¿Que esté yo aquí? Pues tendrás que acostumbrarte.

Aquello provocó una carcajada de Rachel, y un intenso dolor en las costillas por el esfuerzo. Se quedó sin respiración y apretó los ojos con fuerza al tiempo que ahogaba un pequeño grito.

Sintió entonces unas enormes manos en los muslos, sorprendentes por su delicadeza.

– Relájate. Respira, Rachel.

No, no iba a respirar. Porque entonces le dolería todavía más. No iba a volver a respirar ni a moverse en toda su vida.

– Ve… vete.

– Respira -repitió Ben, deslizando las manos por sus muslos-. Vamos, despacio. Aspira y expira.

Rachel obedeció y, sorprendentemente, sirvió. La ayudaba oír aquella voz, hablándole suavemente, recordándole una y otra vez que se relajara, que respirara. Abrió los ojos poco a poco y lo vio arrodillado frente a ella.

– Esto… ha sido culpa tuya.

– Sin duda alguna. Todo es culpa mía. Sigue respirando. Despacio, despacio.

Se levantó en el momento en el que las puertas del ascensor se abrieron y se apartó de ella.

– Lo que me sorprende -comentó mientras la sacaba del ascensor-, es que todavía sepas reír.

Rachel intentó fingir que aquel comentario no le había dolido más que las costillas. Claro que sabía reír. Él mismo le había enseñado. ¿Acaso lo había olvidado? ¿Había olvidado todo lo que habían llegado a ser el uno para el otro?

Permaneció en silencio mientras la conducía por aquel pasillo lleno de fotografías del pasado que empezaban con el nacimiento de Emily y continuaban reflejando la que hasta entonces había sido su vida.

Ben iba en silencio, sin decir nada y Rachel se preguntaba si estaría viendo siquiera las fotografías, si las vería y se sentiría extraño al no aparecer en ninguna de ellas. ¿Tendría la sensación de que lo habían dejado al margen?

Era extraño, pero Rachel no quería que lo sintiera. Ella tenía a Emily, el mejor regalo que le había dado la vida, su mayor alegría, gracias a Ben. Era una deuda que tenía hacia él y por eso, cada vez que se lo había pedido, le había enviado a Emily por medio de su tía Melanie.

Ella tenía aquella casa y a Emily, tenía su mundo. Un mundo estable y seguro. Ben sólo tenía una bolsa de viaje y unas cuantas cámaras. Por lo menos por lo que ella sabía. Aunque a Ben le gustaba que las cosas fueran así, o, por lo menos, hasta entonces le había gustado.

En la distancia, el hecho de que hubieran sido capaces de pasar seis meses juntos incluso resultaba sorprendente.

– ¿Rach? -Ben se inclinó sobre ella como si fuera la más frágil pieza de porcelana china-. ¿Estás bien? Estás muy callada y muy pálida.

Rozó su cuello con la ligereza de una pluma y un escalofrío recorrió la espalda de la joven. No era un escalofrío provocado por el frío, sino por algo mucho más devastador.

– Sí, estoy bien…

Otro roce de sus dedos, en aquella ocasión casi vacilante, y sin apartar los ojos de los suyos.

– Rachel, todavía está aquí. ¿No puedes sentirlo?

– Yo… -«no», quería decir, pero era ridículo mentir cuando seguramente Ben era capaz de sentir el latido de su cuerpo ante el más mínimo contacto.

– Continúas teniendo esos ojos que me derriten -musitó Ben.

Rachel esbozó una sonrisa nerviosa. Ben le devolvió la sonrisa.

– No tengo la menor idea de por qué te estoy sonriendo.

Ben enmarcó su rostro con la mano.

– No me importa, pero continúa haciéndolo.

Rachel dejó de respirar. Ben cerró la mirada sobre la suya mientras le acariciaba lentamente la barbilla con el pulgar. El cuerpo de Rachel respondió con una sacudida de placer, como si reconociera que aquel hombre, y sólo él, había sido capaz de darle los más increíbles placeres.

Ben dejó escapar un sonido de incredulidad, posó la mano en su nuca y comenzó a descender hacia sus labios.

«Muévete», se dijo Rachel. Y lo hizo, para acercar sus labios a los de Ben. Era algo impensable, incomprensible. Ben no tenía derecho a tocarla y ella no tenía derecho a desearlo, pero lo deseaba. Dios, cómo lo deseaba.

El primer roce de sus labios bastó para que sintiera que se le deshacían los huesos y con ellos el dolor. Buscando equilibrio, posó la mano derecha en el pecho de Ben. Sintió bajo su camisa el firme latir de su corazón. Y, ligeramente aturdida, se quedó mirándolo fijamente.

Ben susurró suavemente su nombre, le hizo cambiar la inclinación de la cabeza y buscó de nuevo sus labios.

La boca de Ben era cálida, firme, generosa, y tan hermosamente dadivosa que Rachel cerró los ojos y perdió la capacidad para hacer nada que no fuera sentir.

Ben acarició sus labios con la lengua.

Sobrecogida por la familiaridad y al mismo tiempo la rareza de aquella caricia, Rachel gimió, y volvió a hacerlo al sentir la lenta penetración de su lengua. Se aferró con fuerza a su camisa, invitándolo a acercarse y arrancando un gemido de lo más profundo de su garganta.

Fue un sonido crudamente sensual, pero justo entonces Ben se apartó y dejó escapar lentamente la respiración.

Rachel lo imitó, pero eso no cambiaba el hecho de que continuaba deseando mucho más.

Pero ese había sido siempre su problema, los deseos.

– Tu dormitorio -dijo Ben con cierta dureza.

– La próxima puerta.

Ben se colocó tras ella y empujó la silla. Una vez en el interior del dormitorio, se detuvo. Había una fotografía colgada de una pared que había sido tomada dos años antes. En ella aparecía Emily con un vestido de verano y una sonrisa de oreja a oreja mientras sostenía su título de graduado escolar. Sus ojos chispeaban con tanta alegría, con tanta vida, que dolía incluso mirarla. Pero Rachel desvió la mirada en cuando sintió que Ben estaba mirándola.

¿Lo habría notado? El parecido no era tanto físico, aunque también estaba allí, como de su propia esencia. Para él, ver aquella fotografía debía de haber sido como enfrentarse a un espejo.

El cielo sabía que su hija no había heredado de ella su sentido de la aventura y su amor por la vida. Hasta que no había conocido a Ben, Rachel no había conocido nada parecido a la aventura. Ben había hecho más que compartirla, de alguna manera, le había insuflado su propio ser, arrastrándola a la vida durante los meses que habían compartido.

Pero Emily… Emily había estado llena de vida desde el primer día.

– Es preciosa -dijo Ben con voz queda-, como tú.

– Ben…

– Déjame meterte en la cama -se acercó a ella-. No intentes moverte, yo te levantaré.

Rachel dejó de respirar al darse cuenta de lo que realmente significaba la presencia de Ben en aquella casa. Iba a tener que ayudarla, que mirarla.

Iba a tener que tocarla.

Antes de que el pánico se apoderara por completo de ella, Ben se dirigió hacia la cómoda y abrió un cajón. Sacudió la cabeza al ver solamente calcetines y abrió otro.

– ¿Qué buscas?

Ben sacó entonces una camisola y unas bragas de seda.

– Vaya…

Las dos prendas eran de color azul pálido, más suaves que la respiración de un bebé y el pijama preferido de Rachel. Pero entre los dedos de Ben, aquel inocente pijama parecía la prensa más atrevida que Rachel había visto en su vida.

Y, por supuesto, no pensaba ponérsela.

– Ante usabas esos camisones de franela atados hasta la barbilla, ¿te acuerdas?

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