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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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– Era una niña.

Algo brilló en los ojos de Ben.

– Yo no diría tanto.

Antes de que a Rachel se le hubiera ocurrido una respuesta, se echó el pijama al hombro y comenzó a caminar hacia ella.

A pesar del agotamiento y del dolor, Rachel consiguió sacudir la cabeza.

– No pienso ponerme eso delante de ti.

Ben giró la silla hacia la cama y se echó a reír.

– En eso tienes razón, porque voy a ponértelo yo.

– Ben…

– Rachel -la imitó y deslizó los brazos a su alrededor, haciendo que desapareciera de su mente hasta el último pensamiento racional-, tranquilízate.

Y delicadamente, con tanta delicadeza de hecho que Rachel se sintió como si estuviera siendo elevada por el aire, se irguió con ella en brazos.

– ¿Estás bien?

– Suéltame.

Ben obedeció. La tumbó en la cama y una miríada de sensaciones golpeó a Rachel. El dolor, a pesar del cuidado que Ben había tenido, el confort de sentirse en su propia cama después de tantas semanas. Y la devastación de sentir las manos de Ben sobre ella.

Entonces Ben alargó las manos hacia los botones de su blusa. Pero Rachel emitió un sonido que le hizo alzar inmediatamente la mirada.

– No puedes hacerlo tú -le explicó Ben, intentando mostrarse razonable.

– Yo… dormiré vestida.

– Oh, sí, será muy cómodo -bajó la mirada hacia su expresión obstinada y suspiró mientras le acariciaba la mejilla-. Estás agotada, déjame ayudarte.

Rachel abrió la boca para protestar, pero Ben la silenció con un dedo.

– Hubo otro tiempo en el que me dejabas ayudarte a todo, ¿te acuerdas?

– Llama a Emily. Ella me ayudará.

Ben sacudió la cabeza lentamente y le quitó las zapatillas.

– Está preparando la cena. Hamburguesas con queso. Tiene la impresión de que ahora que has vuelto a casa vas a recuperarte muy rápido. Si la hiciéramos subir ahora y viera que apenas puedes respirar, se llevaría un susto de muerte.

Rachel cerró los ojos al sentir los dedos de Ben sobre los botones de la blusa y los apretó con fuerza mientras notaba cómo deslizaba la blusa por sus hombros y la pasaba por encima de la escayola con un cuidado tan extremo que los ojos se le llenaron de lágrimas.

Pero no, no iba a llorar hasta que no estuviera sola.

Ben le quitó el sujetador antes de meterle la camisola del pijama por la cabeza y guiarla muy tiernamente a través del brazo escayolado. El tejido rozó los pezones de Rachel y una sorprendente oleada de deseo la sacudió de pies a cabeza.

Abrió los ojos y se encontró con los de Ben. Hubo otro tiempo en el que Ben también provocaba aquellas reacciones en su cuerpo, pero las circunstancias eran muy diferentes. ¿Se acordaría él? A juzgar por la tensión de su rostro y el ligero temblor de sus manos mientras le quitaba los pantalones, lo recordaba.

Decidida a no sentir nada mientras le ataba los botones del pijama y la arropaba después en la cama, Rachel se concentró en respirar.

Ben se apartó de la cama y abrió la ventana del dormitorio para dejar que entrara la brisa del atardecer. Y en ese momento, otro recuerdo la golpeó. Recordaba a Ben cruzando su dormitorio tal como lo estaba haciendo en aquel momento: alto y volviéndose hacia ella con una sonrisa pícara mientras abría la ventana y posaba el pie en el alféizar, cuando todavía no había empezado a amanecer, dispuesto a dejarla después de una larga noche de caricias, besos, conversaciones y amor.

Ese mismo recuerdo estaba haciendo sonreír a Ben en aquel momento.

– Supongo que ya es hora de que utilice la puerta en vez de arriesgar mi vida trepando por el enrejado, ¿te acuerdas?

Rachel se estremeció. Era condenadamente difícil no sentir nada, negarse a tomar la ruta de los recuerdos cuando Ben estaba diciéndole «¿recuerdas?» con aquella voz tan sensual cada dos minutos.

– Vuelve a decirme por qué has tenido que hacer esto, Ben. Por qué vas a quedarte.

Ben se volvió.

– ¿De verdad tienes tan mala opinión de mí que creías que no lo haría?

– Creo que estás loco si esperas que me trague que quieres estar aquí, en South Village, atado a una casa, a un único lugar, cuando todo en ti anhela moverse.

Ben se dirigió hacia la puerta.

– Bueno, en ese caso, llámame loco.

– ¿Pero por qué? No puedes querer estar aquí.

– Esto no tiene nada que ver con lo que quiera o lo que deje de querer -la miró por encima del hombro-. Tú lo que tienes que hacer es mejorar. Ponte buena y me iré de aquí antes de que te hayas dado cuenta. Después, volverás a tu vida segura y estéril y te olvidarás de que he venido a molestarte.

La puerta se cerró tras él y antes de que pudiera ponerse a pensar en lo ocurrido, el sueño se llevó su maltratado cuerpo, liberándola de pensar, del dolor y las preguntas.

Pero no de soñar.

Dos meses antes de la graduación, National Geographic se puso en contacto con Ben. Querían que se internara en Venezuela con uno de sus fotógrafos durante el verano. Si aquel primer trabajo funcionaba, le asignarían una misión para el otoño en Sudáfrica.

– Ven conmigo -le dijo a Rachel.

Estaban sentados en el jardín botánico, en su lugar habitual de encuentro, a medio camino de sus respectivas casas.

Rachel alzó la mirada con la carta entre las manos y se quedó mirándolo fijamente. Nunca había visto a Ben tan animado y ella sabía por qué.

Durante toda su vida, Ben había estado esperando el momento de dejar la ciudad y por fin tenía la oportunidad de hacerlo.

Pero ella había estado esperando durante toda su vida la oportunidad de quedarse en un solo lugar. Y además adoraba South Village, adoraba las alegres gentes de sus calles, las vistas, los olores, todo… Aquella ciudad era su vida, era su corazón. La adoraba y no quería marcharse, ni siquiera por Ben. Si se marchaba, su vida a su lado sería idéntica a la que había llevado hasta aquel momento: viajar, viajar y viajar, cuando lo único que ella quería era un hogar.

– ¿Rach?

– Yo quiero quedarme.

– No, tenemos que irnos. En esta ciudad no hay nada para mí y lo sabes. Es mi futuro -añadió con voz ronca, diciéndole lo mucho que aquello significaba para él, pero sin explicarle por qué.

Oh, Dios, dejar que se marchara sería como dejar que se desgarrara una parte de ella, la mejor parte.

– No puedo -sentía el corazón en la garganta porque lo sabía: Ben estaba destinado a marcharse.

Y ella estaba destinada a quedarse.

– Vendrás conmigo -dijo confiadamente Ben.

No volvieron a hablar porque poco después Rachel cayó enferma de gripe y después de verla vomitando todas las tardes a las cuatro en punto durante toda una semana, Ben decidió llevarla a una clínica.

– ¿Necesita antibióticos? -le preguntó al médico, estrechando con fuerza la mano de Rachel mientras esperaba una respuesta.

– No, lo que estás incubando no es contagioso -le respondió el médico a Rachel-, es un bebé.

Capítulo 6

El teléfono despertó a Melanie en lo que tuvo la sensación de ser el borde del amanecer. Abrió los ojos, se estiró perezosamente en la cama y entró en contacto con un cuerpo cálido, duro e innegablemente masculino.

Oh, sí, qué forma más agradable de despertarse.

Jason, no… Justin, recordó con un suspiro de alivio, había tenido el detalle de ofrecerse para llevarla a casa desde el bar al que había ido después del trabajo porque necesitaba tomarse una copa.

El teléfono continuó sonando y estaba comenzando a alterarle los nervios.

– Aparta eso, cariño -dijo, palmeando el trasero desnudo de su amante mientras alargaba el brazo para descolgar el teléfono inalámbrico de la mesilla.

Y entonces vio el despertador. ¡Mierda! Volvía a llegar tarde al trabajo.

«¿Puedes verme en este momento, papá?» Miró hacia el cielo con una sonrisa irónica. O quizá debería estar mirando hacia el infierno, porque era mucho más probable que su padre hubiera terminado allí. «Llego tarde a trabajar, papá, y estoy orgullosa de ello. Así que ya puedes comenzar a retorcerte en tu tumba».

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