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La chica del tambor

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La chica del tambor
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-�Tayeh es un gran hombre -dijo �l, quiz� dando a entender que Michel no lo era. La bombilla se encendi�-. El circuito est� bien -anunci� y, de detr�s de ella, con delicadeza, cogi� los tres trozos de explosivo-. Tayeh y yo� hemos muerto juntos. �Te cont� Tayeh ese incidente? -pregunt�, mientras, con la ayuda de Charlie, comenzaba a sujetar los explosivos, en un solo grupo, mediante cinta aislante, muy fuertemente.

-�No.

-�Los sirios nos atraparon� Corta aqu�. Primero nos dieron una paliza. Esto es lo corriente. Ponte de pie, por favor. -De la caja hab�a extra�do una vieja manta parda, que la muchacha sostuvo firmemente ex tendida ante el pecho, mientras �l, h�bilmente, la cortaba a tiras. Sus rostros, a uno y, otro lado de la manta, estaban muy pr�ximos. Ella percib�a la c�lida dulzura del cuerpo �rabe del hombre.

-�En el curso de la paliza se irritaron much�simo, de modo que decidieron rompernos todos los huesos. Primero los dedos, luego los brazos, luego las piernas. Despu�s nos quebraron las costillas con los fusiles.

La punta del cuchillo que atravesaba la manta estaba a pocos cent�metros del cuerpo de ella. El cortaba r�pida y limpiamente, como si la manta fuese alguien a quien hubiera dado caza y asesinado.

-�Cuando terminan con nosotros, nos dejan en el desierto. Estoy contento. �Al menos, moriremos en el desierto! Pero no llegamos a morir. Una patrulla de nuestros comandos nos encuentra. Durante tres meses, Tayeh y El Jalil yacen el uno junto al otro en el hospital. Mu�ecos de nieve. Cubiertos de escayola. Tenemos algunas conversaciones interesantes, nos hacemos muy amigos, leemos juntos algunos buenos libros.

Plegando las tiras y acumul�ndolas en pulcras pilas militares, El Jalil se dirigi� a la cartera negra y barata de Minkel, respecto de la cual observ� por vez primera que estaba abierta por la parte posterior, por los goznes, en tanto los cierres delanteros permanec�an firmemente abrochados. Una a una, dispuso en el interior las tiras dobladas, hasta construir una plataforma mullida para que la bomba descansara sobre ella.

-��Sabes qu� me dijo Tayeh una noche? -pregunt� como sol�a hacerlo-. �El Jalil�, dijo ��por cu�nto tiempo m�s vamos a seguir representando el papel de buenos chicos? Nadie nos ayuda, nadie nos agradece. Pronunciamos grandes discursos, enviamos buenos oradores a las Naciones Unidas y, si esperamos otros cincuenta a�os, quiz� nuestros nietos, si es que est�n vivos, alcancen un peque�o, trozo de justicia�� -Interrumpi�ndose, le indic� c�mo ser�a el trozo, con los dedos de la mano buena-. �Entretanto, nuestros hermanos �rabes nos matan, los sionistas nos matan, los falangistas nos matan, y aquellos de nosotros que permanecen con vida entran en su di�spora. Como los armenios. Como los propios jud�os.� -Su expresi�n pas� a reflejar astucia-. �Pero si fabricamos unas cuantas bombas�, matamos unas pocas personas�, hacemos una carnicer�a, durante s�lo dos minutos de historia��

Sin terminar la frase, tom� el artefacto y, solemnemente, con gran precisi�n, lo introdujo en el malet�n.

-�Necesito gafas -explic� con una sonrisa, y movi� la cabeza como un viejo-. Pero �d�nde ir�a a buscarlas� un hombre como yo?

-�Si fuiste torturado como Tayeh, �por qu� no cojeas como Tayeh? -pregunt� ella, levantando s�bitamente la voz en su nerviosismo.

Delicadamente, �l separ� la bombilla de los cables, dejando los extremos pelados libres para ser conectados al detonador.

-�No cojeo debido a que he rogado a Dios para que me diese fuerzas, y Dios me las ha dado para que pudiese combatir a mi verdadero enemigo y no a mis hermanos �rabes.

Entreg� el detonador a la muchacha y la observ� con satisfacci�n, mientras ella lo un�a al circuito. Cuando hubo terminado, �l recogi� el cable sobrante y, con un movimiento h�bil, casi inconsciente, lo enroll� cual si de lana se tratase en torno a las puntas de sus dedos muertos, formando un ovillo. Despu�s envolvi� el conjunto con la misma hebra, haci�ndole dar dos vueltas en sentido transversal, a modo de cintur�n.

-��Sabes lo que me escribi� Michel antes de morir? �En su �ltima carta?

-�No, El Jalil, no lo s� -replic� ella, mientras le miraba colocar el ovillo en la cartera.

-��Dec�as?

-�No. Dec�a que no, que no lo s�.

-��En la carta enviada tan s�lo unas horas antes de morir? �La amo. Ella no es como las dem�s. Es cierto que cuando la conoc� ten�a la conciencia paralizada de un europeo.� Aqu�, sujeta el reloj, por favor, �� y tambi�n que era una puta. Pero ahora es �rabe en lo hondo de su alma, y un d�a la mostrar� a nuestra gente y a ti.�

Faltaba la trampa explosiva, y para ella deb�an trabajar en a�n mayor intimidad, por cuanto la labor requer�a que ella hiciera pasar un trozo de cable de acero a trav�s del tejido de la tapa, de forma tal que �l la sostuvo todo lo bajo que le fue posible, mientras la muchacha, con sus peque�as manos, llevaba el cable hasta el clavijero con las pinzas. Esta vez, cautelosamente, �l volvi� a acercar el artilugio al lavamanos y, d�ndole la espalda, repuso las bisagras, sold�ndolas por ambos lados. Hab�an pasado el punto desde el cual a�n era posible retornar.

-��Sabes que le dije una vez a Tayeh?

-�No.

-��Tayeh, amigo m�o, nosotros, los palestinos, somos muy indolentes en nuestro exilio. �Por qu� no tenemos palestinos en el Pent�gono? �Ni en el Departamento de Estado? �Por qu� todav�a no controlamos el New York Times, Wall Street, la CIA? �Por qu� no estamos haciendo pel�culas en Hollywood acerca de nuestra gran lucha, ni se nos elige para la alcald�a de Nueva York ni para la presidencia del Tribunal Supremo? �Qu� es lo que no hacemos bien, Tayeh? �Por qu� carecemos de esp�ritu de empresa? No basta con que los nuestros lleguen a ser doctores, cient�ficos, profesores. �Por qu� no mandamos en Estados Unidos tambi�n? �Por eso tenemos que emplear bombas y armas?

Estaba de pie ante ella y sujetaba la cartera por el asa, como un buen viajante de comercio.

-��Sabes qu� debemos hacer?

Ella no lo sab�a.

-�Marchar. Todos. Antes de que acaben con nosotros definitiva-mente. -Ofreci�ndole el antebrazo, la ayud� a ponerse en pie-. De Estados Unidos, de Australia, de Par�s, de Jordania, de Arabia Saud�, del L�bano�, de todos los lugares del mundo en que haya palestinos. Embarcamos hacia las fronteras. Aviones. Millones de nosotros. Como una gran marea a la que nadie pueda hacer retroceder. -Tendi� la cartera a la muchacha y comenz� a reunir r�pidamente sus herramientas y a colocarlas en la caja-. Entonces, todos juntos, marchamos hacia nuestra patria, reclamamos nuestras casas y nuestras granjas y nuestras aldeas, aun cuando tengamos que derribar sus ciudades e instalaciones y kibutzim para dar con ellas. No funcionar�a. �Sabes por qu� no? Ellos nunca vendr�an.

Se dej� caer en cuclillas, examinando la alfombra ra�da en busca de se�ales reveladoras.

-�Nuestros ricos no ser�an capaces de soportar su propio descenso en las condiciones socioecon�micas de vida -explic�, destacando ir�nicamente la jerga-. Nuestros mercaderes no abandonar�an sus bancos y tiendas y despachos. Nuestros doctores no dejar�an sus elegantes cl�nicas, ni los abogados sus pr�cticas corruptas, ni nuestros acad�micos sus c�modas universidades. -Estaba de pie ante ella, y su sonrisa era un triunfo sobre todo su dolor-. De modo que los ricos hacen dinero y los pobres luchan. �Acaso alguna vez fue distinto?

Ella le precedi� escaleras abajo. Fue la salida de una furcia con su cajita de afeites. La furgoneta de Coca-cola segu�a en el patio, pero ella pas� de largo ante el veh�culo, como si nunca en su vida lo hubiese visto, y subi� a un Ford de modelo rural, un diesel con balas de paja atadas encima. Se sent� junto a �l. Nuevamente, colinas. Pinos cargados por un lado de nieve h�meda y fresca. Instrucciones, en el mismo estilo que las de Joseph: �Charlie, �entiendes?� �Si, El Jalil, entiendo.� �Entonces, rep�temelo.� Ella lo hizo. �Es por la paz, recu�rdalo.� �Lo recordar�, El Jalil; lo recordar�: por la paz, por Michel, por Palestina; por Joseph y El Jalil; por Marty y la revoluci�n y por Israel, y por el teatro de lo real.�

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