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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Sobrevino un largo silencio en la habitación tenuemente iluminada. Verna sentía la calidez de la sangre en la mano. Por fin Leoma habló con un hilo de voz:

— No. ¿Qué quieres que haga?

— Bueno, para empezar quiero que me quites el rada’han y después, puesto que eres mi consejera, vamos a tener una pequeña charla tú y yo. Quiero que me aconsejes.

— Yo te quito el collar y tú me quitas el dacra, y luego te diré todo lo que desees saber.

Verna alzó la vista hacia los aterrorizados ojos de la hermana Leoma.

— No estás en situación de exigir, Leoma. He acabado aquí porque he sido demasiado confiada. Ya he aprendido la lección. El dacra se queda donde está hasta que acabe contigo. Si no haces lo que digo, no me sirves de nada con vida. ¿Entendido, Leoma?

— Sí —respondió la Hermana con tono de resignación.

— Pues empecemos.

Pese a avanzar como una flecha, a una velocidad vertiginosa, asimismo se deslizaba con la morosa gracia de una tortuga que nada bajo el agua en una noche de luna. No tenía ni frío ni calor. Sus ojos percibían la luz y la oscuridad en una única y espectral visión, mientras sus pulmones se henchían con la dulce presencia de la sliph, a la que respiraba en su alma. Richard estaba extasiado.

Pero súbitamente cesó.

A su alrededor estallaron formas: árboles, rocas, estrellas, luna. Ante aquel panorama se sintió atenazado por el pánico.

«Respira», le susurró la sliph en su mente.

«No», pensó él, horrorizado.

«Respira», repitió ella.

Entonces recordó a Kahlan, recordó que debía encontrarla y expulsó de sus pulmones aquel dulce aliento que lo había sumido en éxtasis. De mala gana inspiró una profunda bocanada de aquel aire extraño.

Se encontró envuelto por sonidos dolorosos en su omnipresencia: el chirriar de los insectos, el trinar de los pájaros, el silbido de los murciélagos, el croar de las ranas y el susurro de las hojas al viento.

Un reconfortante brazo lo depositó sobre un muro de piedra, desde el que se fue acostumbrando al universo nocturno que lo rodeaba. Vio a sus amigos mriswith diseminados por el oscuro bosque, más allá de las ruinas en las que se alzaba el pozo. Unos pocos estaban sentados encima de bloques de piedra caídos, y otros entre los restos de columnas. Parecían hallarse al borde de una antigua estructura en ruinas.

— Gracias, sliph.

— Estamos en el Viejo Mundo —dijo la sliph con una voz que resonó en el aire nocturno.

— ¿Estarás… estarás aquí cuando desee regresar?

— Cuando estoy despierta siempre estoy preparada para viajar.

— ¿Cuándo duermes?

— Cuando tú me lo ordenas, amo.

Richard asintió, aunque no estaba muy seguro de por qué asentía. Mientras bajaba del pozo examinó con la vista los alrededores. Reconoció el bosque, no porque el lugar le resultara familiar sino por la sensación que le provocaba. Estaba en el bosque Hagen, aunque debía de hallarse en lo más profundo de la floresta, pues nunca había visto aquella estructura de piedra. Guiándose por las estrellas llegaría a Tanimura.

Los mriswith afluían en gran número hacia las ruinas desde el sombrío bosque. Muchos lo saludaban con un «Bienvenido, hermano de piel», al pasar junto a él, y hacían chocar con el suyo sus cuchillos de triple hoja, que tintineaban.

— Que tu yabree cante pronto, hermano de piel —le decían.

— Gracias —contestaba Richard a falta de algo mejor que decir.

A medida que más y más mriswith iban desfilando junto a él dirigiéndose a la sliph y golpeando su yabree, el metálico zumbido se prolongaba más. Richard sentía un agradable ronroneo que le calentaba el brazo. Cuando los mriswith se aproximaban, él alteraba su rumbo para hacer entrechocar los yabree.

Alzó la vista para observar la luna y la posición de las estrellas. Acababa de anochecer, por lo que hacia el oeste aún se distinguía un leve resplandor. Había partido de Aydindril en plena noche. No podía ser la misma noche. Seguramente era la siguiente. Había pasado casi un día entero en la sliph.

Hizo una pausa para dejar que otro mriswith golpeara su yabree. A su espalda los mriswith penetraban en la sliph, y los que esperaban formaban una larga cola. Cada pocos segundos otro mriswith saltaba dentro del pozo y se hundía en el titilante mercurio.

Richard se detuvo para sentir el cálido ronroneo que el yabree enviaba a todo su cuerpo. No pudo evitar sonreír al percibir aquel cantarino zumbido y la agradable canción que resonaba en sus oídos y sus huesos.

De pronto un perturbador anhelo interrumpió la feliz canción.

— ¿Dónde me necesitan? —preguntó a un mriswith que pasaba por su lado.

El mriswith señaló con su yabree.

— Ella te llevará. Ella conoce el camino.

Richard tomó la dirección que le había indicado el mriswith. En la oscuridad, cerca de un muro desmoronado, esperaba alguien. El son del yabree lo impulsó a seguir adelante.

No era un mriswith sino una mujer. A la luz de la luna le pareció que la reconocía.

— Buenas noches, Richard.

Richard retrocedió un paso.

— ¡Merissa!

— ¿Cómo le va a mi estudiante? —preguntó ella con una afable sonrisa—. Ha pasado mucho tiempo. Espero que estés bien y que el yabree cante para ti.

— Sí —balbució Richard—, entona un canto de anhelo.

— La reina.

— ¡Sí! La reina. La reina me necesita.

— ¿Estás listo entonces para ayudarla? ¿Para liberarla?

Richard asintió. Merissa dio media vuelta y lo condujo hacia las ruinas. Varios mriswith se les unieron cuando traspasaron las entradas rotas. Los rayos de luz de luna entraban a través de los huecos en las paredes bordeados de plantas trepadoras, pero cuando los muros se hicieron tan macizos que no dejaban pasar la luz de la luna, la mujer encendió una llama en la palma de la mano. Richard la siguió por escaleras que ascendían en espiral por las lúgubres ruinas, así como por pasillos que, por su aspecto, se diría que nadie había transitado en miles de años.

Súbitamente penetraron en una enorme sala en la que la mágica iluminación se tornó insuficiente. Merissa envió la pequeña llama a prender las teas que colgaban a ambos lados y que iluminaron la vasta estancia con trémula luz. Galerías cubiertas de polvo y telarañas ribeteaban la sala, convertida en una charca de suelo embaldosado. Las baldosas otrora habían sido blancas, pero se habían oscurecido con manchas de suciedad y polvo. El agua era turbia y sucia. El techo, parcialmente abovedado, estaba abierto por el centro y unas estructuras se alzaban hacia lo alto por esa abertura.

Los dos mriswith se deslizaron a la espalda de Richard. Ambos hicieron chocar su yabree con el del joven. El agradable son resonó en el centro de calma de su interior.

— Aquí está la reina —dijo uno de ellos—. Nosotros vamos a ella, y cuando las crías nacen también ellas pueden irse, pero la reina no se puede mover de aquí.

— ¿Por qué? —quiso saber Richard.

El otro mriswith se adelantó y señaló con una garra. Ésta entró en contacto con algo invisible, y un escudo de luz se iluminó con un suave fulgor. El escudo encajaba a la perfección en la bóveda de piedra pero no tenía ningún orificio en el centro. Cuando el mriswith retiró su negra garra, el escudo se tornó de nuevo invisible.

— El tiempo de la vieja reina toca a su fin; está muriendo. Todos hemos comido su carne, y de la última de sus crías surgió otra reina. La nueva reina nos canta a través del yabree y nos dice que es joven y fértil. Es hora de que la nueva reina establezca una nueva colonia.

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