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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Gwyneira se reprendió por dar vueltas a unos pensamientos que a veces se convertían en fantasías propias de una adolescente, al volver a recordar las semanas que había pasado con James. ¿Habría olvidado él los días a la orilla del lago? ¿Las maravillosas horas en el círculo de piedras? Pero no, se habían separado peleados. Él nunca la perdonaría por haber dado a luz a Paul. Algo más de todo lo que Paul también había destrozado…

Gwyneira se decidió al final por un vestido azul oscuro con pelerina, abrochado por delante, con botones de broquel que eran como pequeñas joyas. Kiri le recogió el cabello en un moño, un peinado sobrio que fue soltándose con el coqueto sombrerito que acompañaba el vestido. Gwyneira tenía la impresión de estar pasando horas delante del espejo para recoger sus rizos, cambiar un poco de sitio el sombrerito y arreglar los puños de las mangas del vestido para que los botones quedaran a la vista. Cuando al final tomó asiento en el coche de caballos estaba pálida de impaciencia, miedo y también por una especie de alegría anticipada. Si seguía así tendría que pellizcarse las mejillas para darles un poco de color antes de entrar en la sala. Pero prefería eso a ruborizarse: Gwyn esperaba no sonrojarse en presencia de McKenzie. Temblaba y se convenció de que era a causa del frío día de otoño. No podía tener las manos quietas y fruncía con dedos crispados las cortinillas del coche.

– ¿Qué sucede, madre? -le preguntó Paul al cabo de un rato, y Gwyn se sobresaltó. Paul tenía un sexto sentido para las debilidades humanas. De ninguna de las maneras debía descubrir que había algo entre ella y James McKenzie-. ¿Estás nerviosa por el señor McKenzie? -insistió-. El abuelo me ha contado que lo conociste, también él. Era capataz de Kiward Station. Madre, qué locura que se marchara de repente de allí y se pusiera a robar ovejas, ¿verdad?

– Sí, ¡una completa locura! -balbuceó Gwyneira-. Ojalá no hubiera…, no hubiéramos todos confiado en él.

– ¡Y ahora es posible que lo cuelguen! -observó complacido Paul-. ¿Iremos a ver cómo lo ahorcan, abuelo?

Gerald resopló.

– No colgarán a ese canalla. Ha tenido suerte con el juez. Stephen no es un ganadero. A él le deja frío que haya empujado a la gente al borde de la ruina…

Gwyneira esbozó una sonrisa. Por lo que ella sabía, los robos de McKenzie no eran, para ninguno de los afectados, más que una leve picadura.

– Pero pasará un par de años tras los barrotes. Y quién sabe, puede que hoy nos cuente algo sobre los individuos que están detrás de él. Parece que no lo ha hecho todo solo… -Gerald no creía en esas historias que afirmaban que una mujer acompañaba a McKenzie. Más bien pensaba que era un joven cómplice, pero sólo habían divisado su silueta.

– Sería especialmente interesante conocer al intermediario. Desde este punto de vista, habríamos tenido mejores posibilidades si el tipo se hubiera presentado ante el tribunal de Dunedin. En eso Sideblossom tenía razón. ¡Por cierto, ahí está! ¡Mirad! Ya sabía yo que no iba a perderse el juicio contra el ladrón.

John Sideblossom pasó galopando con su semental negro junto al coche de Warden y saludó con cortesía. Gwyneira gimió. ¡Cuánto le hubiera gustado evitar el reencuentro con el barón de la lana de Otago!

Sideblossom no se había disgustado porque Gerald tomara partido por los hombres de Canterbury e incluso había reservado sitio para él y su familia. Saludó calurosamente a Gerald, algo condescendiente a Paul y de forma gélida a Gwyneira.

– ¿Ya ha vuelto a aparecer su encantadora hija? -preguntó sarcástico, cuando ella se sentó lo más lejos posible de él en los cuatro asientos que tenían reservados.

Gwyneira no respondió. Pero Paul se apresuró a asegurar a su ídolo que no habían vuelto a tener noticias de Fleurette.

– En Haldon se dice que ha caído en una especie de semillero de vicios.

Gwyneira no reaccionó. En las últimas semanas se había acostumbrado a no contradecir apenas a Paul. El chico ya hacía tiempo que estaba fuera de su influencia, si es que alguna vez había ejercido alguna sobre él. Él sólo se guiaba por Gerald y apenas acudía ya a las clases de Helen. Gerald siempre hablaba de contratar a un profesor privado para el joven, pero Paul era de la opinión que ya había aprendido en la escuela lo suficiente para ser granjero y ganadero. Mientras trabajaba en la granja, seguía absorbiendo como una esponja los conocimientos sobre la conducción del ganado y el esquileo. Sin lugar a dudas era el heredero que Gerald había deseado; aunque no el socio con que soñaba George Greenwood. Reti, el joven maorí que dirigía los negocios de George mientras éste se hallaba en Inglaterra, se había quejado a Gwyneira. A su parecer, Gerald recurría a un segundo, tan ignorante como Howard O’Keefe, pero con menos experiencia y más poder.

– Al chico no puede hacérsele la menor indicación -se lamentó Reti-. Desagrada a los trabajadores de la granja y los maoríes lo odian sin más. Pero el señor Gerald se lo tolera todo. ¡La supervisión de un cobertizo de esquileo! ¡A un chico de doce años!

Los mismos esquiladores le habían confesado a Gwyneira que se sentían injustamente tratados. En su afán por hacerse el importante y ganar la tradicional competición entre los cobertizos, Paul se había anotado más ovejas esquiladas que las que en realidad había habido. A los esquiladores les convenía, pues a fin de cuentas se les pagaba por unidad. Pero luego las cantidades de lana no se ajustaban con las anotaciones. Gerald montó en cólera y culpó a los esquiladores. Los otros esquiladores se quejaron porque la apuesta estaba manipulada y los premios se habían distribuido mal. En conjunto se armó un lío horrible y Gwyn, al final, tuvo que pagar a todos un sueldo mucho más elevado para garantizar que las cuadrillas de esquiladores regresaran al año siguiente.

En realidad, Gwyneira ya estaba harta de las fechorías de Paul. Habría preferido enviarlo a un internado en Inglaterra por dos años, o al menos a Dunedin. Pero Gerald no quería ni oír hablar de ello, así que Gwyneira hizo lo que siempre había hecho desde que Paul había nacido: ignorarlo.

Gracias a Dios, en esos momentos y en la sala de la audiencia, se mantenía callado. Escuchaba la conversación entre Gerald y Sideblossom y los fríos saludos que dedicaban los otros barones de la lana al visitante de Otago. La sala pronto estuvo llena y Gwyn saludó a Reti, que fue el último en colarse dentro de la habitación: le pusieron algún obstáculo, pues algunos pakeha no querían dejar sitio al maorí, pero la sola mención del nombre Greenwood le abría a Reti todas las puertas.

Por fin dieron las diez y el honorable juez Sir Stephen entró puntualmente en la sala y abrió el juicio. El interés de la mayoría de los espectadores se despertó, no obstante, cuando el imputado fue conducido al interior. La aparición de James McKenzie desencadenó una mezcla de improperios y vítores. El mismo James no reaccionó ni a unos ni a otros, sino que mantuvo la cabeza hundida y pareció alegrarse de que el juez pidiera silencio al público.

Gwyneira se asomaba por encima de los corpulentos granjeros tras los cuales se había sentado, una elección equivocada, pues tanto Gerald como Paul disfrutaban de mejor visión, pero había querido evitar la cercanía de Sideblossom. James McKenzie llegaría a vislumbrarla cuando fuera conducido junto a su abogado defensor de oficio, que parecía bastante abatido. El inculpado alzó finalmente la vista ante todos, una vez que hubo ocupado su sitio.

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