En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– Eso realmente debería saberlo usted, Miss Gwyn. Pua significa flor y pakupaku…
– Significa pequeña… -susurró Gwyneira. Tenía la sensación de que podría haber gritado de alivio, llorado, bailado. Pero sólo sonrió.
La muchacha se llamaba Florecita. Ahora entendía Gwyn lo que la mirada evocadora de James quería decirle. Debía de haber encontrado a Fleurette.
James McKenzie fue condenado a cinco años de encierro en una prisión de Lyttelton. Naturalmente, no pudo conservar el perro. John Sideblossom debía ocuparse del animal, siempre que eso le interesara. Al juez Stephen le daba totalmente igual. El tribunal, volvió a subrayar, no era responsable de animales domésticos.
Lo que siguió fue odioso. Los alguaciles y los agentes de policía tuvieron que separar usando la violencia a McKenzie y Friday. La perrita, a su vez, mordió a Sideblossom cuando éste le puso la correa. Paul contó después, alegrándose del pesar ajeno, que el ladrón de ganado había llorado.
Gwyneira no le hizo caso. Tampoco estuvo presente cuando se falló la sentencia, estaba demasiado alterada. Paul haría preguntas cuando la viera así y temía su intuición, que con frecuencia era sorprendente.
En lugar de eso esperó fuera con el pretexto de tomar aire fresco y de necesitar moverse un poco. Para evitar a la multitud que esperaba delante del edificio del juzgado la sentencia, caminó alrededor de la audiencia, y, sin haberlo esperado, tuvo un último encuentro con James McKenzie. El condenado se retorcía entre dos hombres corpulentos que lo arrastraban de malos modos por una salida posterior hasta el vehículo carcelario que estaba aguardándolo. Había estado luchando acaloradamente hasta ese momento, pero a la vista de Gwyn se sosegó.
– Volveré a verte -dibujaron sus labios-. ¡Gwyn, volveré a verte!
10
Apenas habían pasado seis meses desde el proceso de James McKenzie, cuando Gwyneira vio interrumpidas sus labores diarias por una excitada niña maorí. Como siempre, tenía a sus espaldas una mañana ajetreada y enturbiada una vez más a causa de otra discusión con Paul. El joven había vuelto a ofender a dos pastores maoríes, y eso justo antes del esquileo y de que las ovejas fueran conducidas a los pastizales de la montaña, para lo que se necesitaban todas las manos disponibles. Ambos hombres eran insustituibles, experimentados, leales y no había la menor razón para violentarlos por que hubieran aprovechado el invierno para realizar una de las tradicionales migraciones de su tribu. Era normaclass="underline" cuando se agotaban las provisiones que la tribu había almacenado para el invierno, los maoríes desaparecían para ir a cazar a otras zonas de la región. Las casas junto al lago se abandonaban de la noche a la mañana y nadie acudía a trabajar a excepción de unos pocos empleados domésticos de confianza. Para los recién llegados pakeha esto resultaba al principio insólito, pero los colonos que llevaban allí largo tiempo, ya hacía mucho que se habían acostumbrado. Aun más cuanto las tribus tampoco desaparecían en cualquier época, sino sólo cuando no encontraban nada más que comer cerca de sus asentamientos o cuando habían ganado lo suficiente con los pakeha para ir a comprar. Cuando era la estación de la siembra en sus campos y el esquileo y la conducción del ganado ofrecían abundante trabajo, regresaban. Así también los dos trabajadores de Gwyneira, que no entendían en absoluto por qué Paul los reprendía rudamente por su ausencia.
– ¡El señor Paul ya debe saber que regresamos! -dijo uno de los hombres enfadado-. Ha compartido mucho tiempo el campamento con nosotros. Era como un hijo cuando era pequeño, como el hermano de Marama. Pero ahora…, sólo problemas. Sólo porque problemas con Tonga. Dice que no obedecemos a él, sólo a Tonga. Y Tonga querer que él marcharse. Pero es absurdo. ¡Tonga todavía no llevar tokipoutangata, hacha de jefe…, y el señor Paul todavía no señor de la granja!
Gwyneira suspiró. Por el momento, el último comentario de Ngopinis le dio una buena arma para tranquilizar a los hombres. Al igual que Tonga todavía no era jefe, a Paul todavía no le pertenecía la granja, así que no debía amonestar ni despedir a nadie. Bastaban como disculpa unas semillas, dijeron los maoríes, dispuestos al final a seguir trabajando para Gwyn. Pero cuando Paul tomara las riendas del negocio la gente se le iría. Probablemente Tonga trasladaría todo el campamento, cuando un día tuviera la dignidad de jefe, para no tener que ver más a Paul.
Gwyneira salió en busca de su hijo y le reprochó todo eso, pero Paul sólo hizo un gesto de indiferencia.
– Entonces, me limitaré a contratar a colonos recién llegados. ¡Son más fáciles de dirigir! Y de todos modos, Tonga no se atreverá a marcharse. Los maoríes necesitan el dinero que ganan aquí y la tierra en la que viven. ¿Quién va a permitirles que ocupen sus propiedades? Ahora toda la tierra pertenece a los ganaderos blancos. ¡Y lo menos que necesitan es a alguien que provoque disturbios!
Enfadada, Gwyn tuvo que admitir que Paul tenía razón. La tribu de Tonga no sería bien recibida en ningún lugar. Pero ese pensamiento no la tranquilizaba, sino que más bien le producía temor. Tonga era una persona impulsiva. Nadie podía predecir lo que ocurriría cuando fuera consciente de lo que Paul acababa de mencionar.
Y ahora llegaba esa muchacha a la cuadra, donde Gwyn estaba ensillando su caballo. Otra maorí a ojos vistas turbada. Esperaba que no tuviera más quejas contra Paul.
Pero la muchacha no pertenecía a la tribu vecina. Gwyn reconoció a una de las pequeñas pupilas de Helen. Se acercó con timidez e hizo una pequeña inclinación delante de Gwyn como una aplicada alumna inglesa.
– Miss Gwyn, me envía Miss Helen. Tengo que decirle que en O’Keefe Farm la espera alguien. Y tiene que ir deprisa, antes de que oscurezca, antes de que vuelva el señor Howard, si hoy por la noche no se va al bar. -La niña hablaba un inglés excelente.
– ¿Quién puede estar esperándome ahí, Mara? -preguntó Gwyneira desconcertada-. Todo el mundo sabe dónde vivo…
La pequeña adoptó una expresión seria.
– ¡Es un secreto! -respondió gravemente-. Y no se lo debo decir a nadie más, sólo a usted.
El corazón de Gwyneira empezó a palpitar con fuerza.
– ¿Fleurette? ¿Es mi hija? ¿Fleur ha regresado? -No daba crédito, aunque esperaba que su hija ya hiciera tiempo que viviera con Ruben en algún lugar de Otago.
Mara sacudió la cabeza.
– No, miss, es un hombre…, hum, un gentleman. Y tengo que decirle que se dé usted prisa. -Al pronunciar las últimas palabras volvió a hacer una reverencia.
Gwyneira asintió.
– Bien, pequeña. Coge deprisa unos dulces de la cocina. Moana ha preparado antes galletas. Mientras, voy a enganchar el cabriolé. Así podrás volver conmigo.
La chica sacudió la cabeza.
– Yo iré a pie, Miss Gwyn. Es mejor que coja su caballo. Miss Helen dice que se dé mucha… mucha prisa.
Gwyneira no entendía absolutamente nada, pero acabó de ensillar obedientemente el caballo. Así que hoy, nada de inspeccionar los cobertizos de esquileo, sino visita a casa de Helen. ¿Quién sería el misterioso individuo? Puso las riendas a Raven, una hija de la yegua Morgaine, a toda prisa, un ritmo que agradaba a la joven yegua. Raven se pasó diligente al trote en cuanto Gwyneira dejó tras de sí los edificios de Kiward Station. En lo que iba de tiempo, el atajo que unía las granjas estaba tan bati-do que casi no tenía que tirar de las riendas del caballo para ayudarle a pasar los tramos complicados. Raven saltó el arroyo con un poderoso brinco. Gwyneira pensó con una sonrisa triunfal en la última cacería que había organizado Reginald Beasley. El hombre había contraído segundas nupcias con una viuda de Christchurch cuya edad se ajustaba a la de él. Administraba la casa de forma excelente y cuidaba sin descanso del jardín de rosas. No obstante, no parecía ser muy apasionada, así que Beasley seguía entreteniéndose con la cría de caballos de carreras. Su rabia era pues mayor por el hecho de que Gwyneira y Raven hubieran ganado todas las cazas con rastro simulado. El hombre planeaba para el futuro la construcción de un hipódromo. ¡Entonces los caballos de Gwyn no volverían a dejar atrás a los purasangres!