En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
De igual modo lo veía Fleurette. Las preguntas que había dirigido a los buscadores, una docena de los cuales había entrado entretanto en el Hotel de Daphne y bebido whisky gratis en abundancia, desencadenaron casi un levantamiento. La sola mención del material que suministraba Ethan calentó los ánimos. Al final, Fleur estaba convencida de que, abriendo su planeada tienda de artículos de ferretería, no sólo se harían ricos, sino que habrían salvado una vida: si no se hacía algo pronto, los hombres acabarían linchando a Ethan.
Mientras Fleurette seguía recabando información, Ruben hablaba con el juez de paz. El hombre no era abogado, sino que trabajaba en realidad haciendo ataúdes y de sepulturero.
– Alguien tenía que encargarse -respondió con un gesto resignado a la pregunta de Ruben acerca de cómo había elegido esa profesión-. Y los tipos pensaron que yo estaría interesado en evitar que se mataran entre sí. Porque me ahorra trabajo…
Fleurette miró con buenos ojos la conversación de ambos hombres. Si Ruben encontraba allí la oportunidad de cursar estudios de abogacía, no insistiría a la vuelta de Dunedin en volver a su concesión.
Fleurette y Ruben pasaron su segunda noche de bodas en la confortable cama doble del Hotel de Daphne.
– En el futuro la llamaremos la Suite de la Boda -anunció la dueña.
– De todos modos, aquí no es frecuente desvirgar a nadie -bromeó Ron.
Stuart, que ya había consumido bastante whisky, le hizo una expresiva mueca.
– ¡Pues ha ocurrido! -reveló.
Al día siguiente, hacia mediodía, los amigos se pusieron en camino rumbo a Dunedin. Ruben había conseguido un carro gracias a su nuevo amigo: «Cógelo con toda tranquilidad, chico, también puedo transportar los ataúdes hasta el cementerio con la carretilla.» Y Fleurette había entablado otras conversaciones interesantes. Esta vez con las pocas mujeres respetables del lugar: la esposa del juez de paz y la del peluquero. Al final llevaba otra lista de la compra para Dunedin.
Cuando dos semanas después regresaron con el carro cargado hasta los topes, sólo faltaba un almacén para empezar con la venta. Fleurette no se había preocupado antes al respecto porque había contado con que haría buen tiempo. Sin embargo, el otoño en Queenstown era lluvioso y en invierno nevaba. En los últimos tiempos no se había producido en Queenstown ninguna muerte. Por consiguiente, el juez de paz puso a disposición su almacén de ataúdes para realizar la venta. Fue el único que no pidió ninguna herramienta nueva. En lugar de ello dejó que Ruben le hablara sobre los libros de leyes, a cuya compra fueron destinados algunos dólares de la fortuna de McKenzie.
Con la venta de la carga pronto se recuperó el dinero. Los buscadores de oro acudían en masa al negocio de Ruben y Stuart. Ya al segundo día de su apertura se habían agotado algunas herramientas. Las damas necesitaron algo más de tiempo para hacer su selección, aun más por cuanto la esposa del juez de paz dudó un poco al principio sobre si poner el salón de su casa a disposición de todas las mujeres del lugar… como probador.
– Pero pueden utilizar la habitación contigua del almacén de ataúdes -propuso, lanzando una mirada de desaprobación a Daphne y sus chicas, que ardían en deseos de probarse los vestidos y la lencería que Fleur había comprado en Dunedin-. Es donde Frank a veces amortaja a los muertos.
Daphne se encogió de hombros.
– Si ahora está libre, a mí me da igual. Ya, y además, ¿qué te apuestas a que hasta ahora ninguno de esos tipos ha tenido una muerte tan bonita?
No resultó difícil convencer a Stuart y Ruben de emprender una vez más el camino a Dunedin y, tras la segunda venta, Stuart estaba totalmente colado por la hija del peluquero y no quería de ninguna de las maneras volver a las montañas. Ruben había asumido la contabilidad del pequeño negocio y confirmó, para su sorpresa, lo que Fleurette ya hacía tiempo sabía: con cada viaje entraba mucho más dinero en caja que en todo un año en el yacimiento de oro. Sin contar con que él se desenvolvía mucho mejor como comerciante que como buscador del preciado metal. Cuando las últimas ampollas y heridas de las manos curaron, y tras seis semanas de manejar una pluma en lugar de un pico y una pala, era partidario total de la idea de abrir una tienda.
– Tenemos que construir un cobertizo -dijo al final-. Una especie de gran almacén. De este modo podríamos aumentar también el surtido.
Fleurette asintió.
– Artículos domésticos. Las mujeres necesitan urgentemente cazos como es debido y cubertería bonita… No digas que no enseguida, Ruben. A la larga la demanda de estos artículos aumentará, porque habrá más mujeres aquí. ¡Queenstown se está convirtiendo en una ciudad!
Seis meses más tarde, los O’Keefe celebraron la inauguración de los Almacenes O’Kay en Queenstown, Otago. El nombre se le había ocurrido a Fleurette y estaba muy orgullosa de ello. Además de las nuevas dependencias comerciales, la joven empresa disponía de dos carros más y seis caballos de tiro de sangre fría. La muchacha podía montar de nuevo a lomos de sus caballos y los muertos de la comunidad volvieron a ser elegantemente transportados al cementerio por caballos en lugar de por una carretilla. Stuart Peters había consolidado los vínculos comerciales con Dunedin y abandonó su puesto de jefe de compras. Quería casarse y estaba cansado de los constantes viajes a la costa. En lugar de ello, abrió con la parte de las ganancias que le correspondía una herrería en Queenstown, que no tardó en demostrar ser una «mina de oro» mucho más productiva que las minas del entorno. Fleurette y Ruben emplearon para sustituirlo como jefe de transportes a un antiguo buscador de oro. Leonard McDunn era un hombre tranquilo, sabía de caballos y también sabía tratar con la gente. Fleurette sólo estaba preocupada por los suministros de las damas.
– Realmente no puedo dejar que elija él la ropa interior -explicó quejumbrosa a Daphne, de la cual, para horror de las mujeres respetables de Queenstown, ahora ya en número de tres, se había hecho amiga-. Se pondrá rojo en cuanto me traiga el catálogo. Al menos tendré que acompañarlo cada dos o tres viajes…
Daphne hizo un gesto despreocupado.
– Que lo hagan mis mellizas. No brillan por su inteligencia y no hay que dejar a su cargo las negociaciones, pero tienen buen gusto, y eso siempre lo he valorado. Saben cómo se viste una dama y también, claro está, lo que necesitamos en el «hotel». Además, así salen y ganan su propio dinero.
Al principio Fleurette reaccionó con cierto escepticismo, pero luego no tardó en convencerse. Mary y Laurie llevaron una combinación ideal de ropa decente y unas fantásticas y perversas prendas menudas que, para sorpresa de Fleur, se vendieron como rosquillas, y no sólo entre las prostitutas. La joven esposa de Stuart adquirió ruborizada un corsé negro, y un par de montañeros creyeron que alegrarían a sus mujeres maoríes con ropa interior de colores. Fleur dudaba, sin embargo, de que las cautivara, pero el negocio era el negocio. Y también había, naturalmente, unos discretos probadores, provistos de espejos grandes en lugar de la deprimente tarima para los ataúdes.
El trabajo en la tienda todavía dejaba a Ruben tiempo suficiente para sus estudios de Derecho, que seguían interesándole aunque hubiera enterrado ya su sueño de convertirse en abogado. Para su satisfacción, pronto pudo poner en práctica lo que había aprendido: el juez de paz solicitaba cada vez más sus consejos y al final le pidió que colaborase en la resolución de los pleitos. Ruben demostró ser diligente y correcto, y cuando se convocaron elecciones, el juez en activo quiso darle una sorpresa. En lugar de presentarse para ser reelegido, propuso al joven como sucesor.