En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– Consideradlo de este modo, chicos -explicó el viejo constructor de ataúdes en su discurso-. Siempre sufrí un conflicto de intereses. Cuando he evitado que la gente se matara entre sí, no necesitábamos más ataúdes. Visto así, yo mismo he echado a perder mi propio negocio. Con el joven O’Keefe ocurre de otro modo, pues quien se rompa la crisma, no volverá a comprarse una herramienta. Así pues, por su propio interés, se encargará de que reinen la paz y el orden. ¡Votadlo pues y a mí dejadme vivir en paz!
Los ciudadanos de Queenstown siguieron su consejo y Ruben fue elegido, por una mayoría aplastante, nuevo juez de paz.
Fleurette se alegró por él, pero no veía claro el argumento.
– También puede uno romperse la crisma con una de nuestras herramientas -le dijo por lo bajo a Daphne-. Y espero de corazón que Ruben no haga desistir a sus clientes con demasiada frecuencia de cometer tan loable acto.
Las únicas gotas de amargura que empañaban la felicidad de Fleurette y Ruben en la floreciente ciudad de los yacimientos de oro era la falta de contacto con sus familias. A ambos les hubiera gustado escribir a sus madres, pero no se atrevían.
– No quiero que mi padre sepa dónde estoy -declaró Ruben cuando Fleurette ya se disponía a escribir a su madre-. Y es mejor que tu abuelo no se entere. Quién sabe lo que harían esos dos. No cabe duda de que cuando nos casamos eras menor de edad. Puede que se les ocurra causarnos problemas. Además temo que mi padre descargue su furia en mi madre. No sería la primera vez. Así y todo, no puedo ni pensar en qué habrá ocurrido allí tras mi partida.
– ¡Pero de algún modo tenemos que informarlas! -dijo Fleurette-. ¿Sabes qué? Escribiré a Dorothy. Dorothy Candler. Ella se lo contará a mi madre.
Ruben se llevó las manos a la cabeza.
– ¿Estás loca? Si escribes a Dorothy también lo sabrá la señora Candler. Y luego ya puedes anunciarlo a gritos en la plaza del mercado de Haldon. Si lo deseas, escribe mejor a Elizabeth Greenwood. Confío en su discreción.
– Pero tío George y Elizabeth están en Inglaterra -replicó Fleurette.
Ruben se encogió de hombros.
– ¿Y qué? En algún momento tendrán de regresar. Hasta entonces, nuestras madres habrán de esperar. Y quién sabe, tal vez Miss Gwyn tenga noticias sobre James McKenzie. Está en alguna cárcel de Canterbury. Es posible que se ponga en contacto con él.
9
James McKenzie fue procesado en Lyttelton. El principio fue algo caótico porque John Sideblossom recomendó que el juicio se hiciera en Dunedin. Presentó como argumento el hecho de que allí habría más posibilidades de descubrir al colaborador del ladrón de ganado y desmontar así todo el entramado criminal.
Sin embargo, Lord Barrington se declaró enérgicamente en contra. Según su opinión, Sideblossom sólo pretendía llevar a la víctima a Dunedin porque allí conocía mejor al juez y albergaba esperanzas de que al final el ladrón de ganado fuera condenado a la horca.
Sideblossom habría preferido resolverlo todo enseguida y sin llamar más la atención, justo después de haber atrapado a McKenzie. Se adjudicó este triunfo sólo a sí mismo, pues a fin de cuentas él había derrotado y apresado a McKenzie. En opinión de los otros hombres la reyerta en el cauce del río había sido innecesaria se mirase por donde se mirase. Por el contrario, si Sideblossom no hubiera tirado al ladrón del mulo y no le hubiera golpeado, habrían podido perseguir a su cómplice. Así que el segundo hombre (algunos de los miembros de la patrulla sostenían que era una muchacha) no habría huido.
Los demás barones de la lana tampoco habían aprobado que Sideblossom vejara a McKenzie haciéndole caminar junto al caballo, una vez reducido, como si fuese un esclavo. No veían ninguna razón para que el hombre, ya gravemente maltrecho, tuviera que ir a pie cuando disponía de un mulo. En algún momento, hombres sensatos como Barrington y Bealey asumieron la responsabilidad y censuraron a Sideblossom por su forma de proceder. Puesto que McKenzie había cometido la mayoría de sus hurtos en Canterbury, se decidió casi por unanimidad que respondiera allí de sus actos. A pesar de las protestas de Sideblos-som, los hombres de Barrington liberaron al ladrón el día después de haberlo detenido, aceptaron su palabra de honor de que no escaparía y lo condujeron, desprovisto casi de ataduras, a Lyttelton, donde fue encarcelado hasta su juicio. No obstante, Sideblossom insistió en quedarse con el perro de James, lo que a éste pareció dolerle más que las contusiones que siguieron a la pelea y las cadenas con que Sideblossom le había atado de pies y manos incluso durante la noche que pasó encerrado en un cobertizo. Pidió a los hombres con voz ronca que permitieran que el perro lo acompañara.
Pero Sideblossom no cedió.
– El animal puede trabajar para mí -declaró-. Ya encontraré pronto a alguien que pueda impartirle instrucciones. Un perro pastor de primera clase como éste es caro. Me lo quedaré como una pequeña compensación por los daños que me ha ocasionado ese tipo.
Así que Friday se quedó atrás y aulló de forma lastimera cuando los hombres se llevaron a su amo de la granja.
– John no sacará demasiado provecho de esto -opinó Gerald-. Esos chuchos obedecen a un solo pastor.
Durante la polémica en torno de McKenzie, Gerald apenas tomó partido. Por una parte, Sideblossom era uno de sus más antiguos amigos; por otra parte, debía llegar a un entendimiento con los hombres de Canterbury. Y, como casi todos los demás, también él tenía, a su pesar, en gran estima al genial ladrón. Claro que estaba rabioso por las pérdidas que había sufrido, pero, por su naturaleza de jugador, entendía que alguien se ganara la vida no siempre de la manera más honrada. Y si esa persona conseguía además que durante más de diez años no lo atraparan, merecía todo su respeto.
Tras la pérdida de Friday, McKenzie se sumergió en un hermético silencio que ni una sola vez rompió hasta que las rejas de la cárcel de Lyttelton se cerraron tras él.
Los hombres de Canterbury estaban decepcionados: les habría gustado saber de primera mano cómo había realizado McKenzie los hurtos, cómo se llamaba su agente de compras y quién era el cómplice que había huido. No obstante, no tuvieron que esperar demasiado al juicio. Éste se fijó, bajo la presidencia del honorable juez de justicia Stephen, para el mes siguiente.
Lyttelton disponía ya de su propia sala de audiencias y los juicios ya no se realizaban en el pub o al aire libre como había sido usual durante los primeros años. No obstante, durante el proceso contra James McKenzie, la sala demostró ser demasiado reducida para acoger a todos los ciudadanos de Canterbury ansiosos por conocer al famoso ladrón. Incluso los barones de la lana que habían salido perjudicados viajaron con sus familias y se pusieron temprano en camino para conseguir un buen asiento. Gerald, Gwyneira y el emocionado Paul se alojaron el día antes en el hotel White Hart de Christchurch para dirigirse luego en carro a Lyttelton a través del Bridle Path.
– Iremos a caballo -dijo Gwyneira sorprendida cuando Gerald le comunicó sus planes-. ¡A fin de cuentas pasaremos el Bridle Path!
Gerald rio satisfecho.
– Te sorprenderás de cómo ha cambiado el camino -respondió alegremente-. Con el tiempo se ha ampliado y se puede circular fácilmente por él. Así que iremos en el coche de caballos, descansados y convenientemente vestidos.
El día en que se celebraba el juicio se puso sus mejores prendas. Y Paul, vestido con un terno, parecía muy mayor.
Gwyneira, por el contrario, se atormentó cavilando qué significaba ir convenientemente vestido. Si tenía que ser franca, hacía tiempo que no se preocupaba por qué ropa llevaba. Pero por mucho que se dijera que a fin de cuentas poco importaba lo que vistiera una dama de edad madura en un juicio, mientras fuera arreglada y no llamara demasiado la atención, su corazón latía con fuerza al pensar en que iba a volver a ver a James McKenzie. Aunque, él también la vería a ella, y, naturalmente, la reconocería. ¿Pero qué sentiría al contemplarla? ¿Volverían a brillar los ojos del hombre como entonces, como cuando ella no supo apreciarlo? ¿O sentiría él compasión porque ella había envejecido, porque las primeras arrugas surcaban su rostro, porque las preocupaciones y el miedo habían dejado en él sus huellas? Tal vez sólo sintiera indiferencia; tal vez ella sólo fuera un recuerdo pálido y lejano, difuminado por diez años de vida salvaje. ¿Y si el misterioso «cómplice» era una mujer? ¡Su mujer!