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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Poco antes de llegar a la granja de Helen, Gwyn tuvo que tirar de las riendas del caballo para no atropellar a ninguno de los niños que salían de la escuela.

Tonga y uno o dos maoríes más de la colonia del lago la saludaron desabridos, sólo Marama sonrió tan amistosamente como siempre.

– ¡Estamos leyendo un libro nuevo, Miss Gwyn! -le explicó complacida-. ¡Uno para adultos! De Edward Bulwer-Lytton. ¡Es muy famoso en Inglaterra! Se trata de un campamento de romanos, es una tribu muy antigua de Inglaterra. Su campamento está junto a un volcán y entra en erupción. Es taaan triste, Miss Gwyn… sólo espero que las chicas no se mueran. ¡Con lo que Glauco quiere a Iona! Pero en serio que la gente debería ser más lista. Nadie monta su campamento tan cerca de un volcán. Y encima uno tan grande, con dormitorios y todo. ¿Cree que a Paul le gustaría leer también este libro? Lee muy poco últimamente y esto no es bueno para un gentleman, dice Miss Helen. ¡Después iré a buscarlo y le llevaré el libro! -Marama se marchó dando brincos y Gwyneira sonrió para sus adentros. Todavía sonreía cuando se detuvo ante la granja de Helen.

– Tus niños dan muestras de tener sentido común -le dijo de broma a Helen, que salió de la casa en cuanto oyó el golpeteo de los cascos. Pareció aliviada al reconocer a Gwyn y no a otro visitante-. Nunca supe qué era lo que me disgustaba de Bulwer-Lytton, pero Marama ha dado en el clavo: todo es culpa de los romanos. Si no se hubieran instalado junto al Vesuvio, Pompeya no habría sido destruida y Edwar Bulwer-Lytton se podría haber ahorrado las quinientas páginas. Sólo tendrías que haber enseñado a los niños que todo eso no sucede en Inglaterra…

La sonrisa de Helen parecía forzada.

– Marama es un chica inteligente -dijo-. Pero ven, Gwyn, no debemos perder tiempo. Si Howard lo encuentra aquí, lo matará. Todavía está furioso de que Warden y Sideblossom no contaran con él al reunir la patrulla de búsqueda.

Gwyneira frunció el ceño.

– ¿Qué patrulla? ¿Y a quién matará?

– Bueno, a McKenzie. ¡James McKenzie! Ah, es cierto, no le he dicho el nombre a Mara, por seguridad. Pero está aquí, Gwyn. ¡Y quiere hablar urgentemente contigo!

Gwyneira tuvo la impresión de que le flaqueaban las piernas.

– Pero…, James está en Lyttelton en la cárcel. No puede…

– ¡Se ha escapado, Gwyn! Y ahora ve, dame el caballo. McKenzie está en el granero.

Gwyneira se dirigió volando al granero. Se le agolpaban los pensamientos en la mente. ¿Qué iba a decirle a James? ¿Qué quería decirle él a ella? Pero James estaba ahí…, estaba ahí, y ellos…

En cuanto Gwyneira entró en el granero, James McKenzie la estrechó entre sus brazos. Ella no tuvo tiempo de resistirse y tampoco quiso hacerlo. Sin aliento se estrechó contra el hombro de James. Habían pasado trece años, pero era una sensación tan maravillosa como la de antes. Ahí estaba segura. Daba igual lo que sucediera a su alrededor, cuando James la rodeaba con sus brazos, se sentía protegida de todo.

– Gwyn, cuánto tiempo… No hubiera debido abandonarte -susurró James en su cabello-. Debería haber sabido lo de Paul. En lugar de eso…

– Yo tendría que habértelo dicho -respondió Gwyneira-. Pero no me atreví a contártelo… Pero dejémonos ahora de disculpas, siempre supimos lo que queríamos… -Le dirigió una sonrisa pícara. McKenzie no se hartaba de contemplar la expresión feliz en su rostro sofocado por la cabalgada. Naturalmente, aprovechó la oportunidad y besó la boca que de buen grado se le ofrecía.

– ¡Bien, vayamos al grano! -dijo luego resueltamente, mientras que un brillo travieso danzaba en sus ojos-. Antes que nada aclaremos un tema, y sólo quiero oír la verdad y nada más que la verdad. Ahora que ya no existe ningún esposo a quien debas tu lealtad y ningún hijo al que haya que engañar: ¿se trató entonces sólo de un pacto, Gwyn? ¿Se trataba sólo de tener un hijo? ¿O me amaste? ¿Aunque fuera un poco?

Gwyneira sonrió, frunció el ceño como si tuviera que meditar la respuesta.

– ¿Un poco? Bueno, pensándolo bien, un poco sí que te quise.

– Bien. -James a su vez se puso serio-. ¿Y ahora? Puesto que has reflexionado largo tiempo sobre ello y has criado a una hija tan preciosa. Puesto que eres libre, Gwyneira, y nadie puede darte más órdenes, ¿sigues queriéndome todavía un poco?

Gwyneira sacudió la cabeza.

– No creo -respondió lentamente-. ¡Ahora te quiero mucho más!

James la volvió a estrechar entre sus brazos y ella saboreó su beso.

– ¿Me quieres lo suficiente como para venir conmigo? -preguntó-. ¿Lo suficiente como para huir? La prisión es horrible, Gwyn. ¡Debo escapar de eso!

Gwyneira sacudió la cabeza.

– ¿Qué te imaginas que vamos a hacer? ¿Adónde quieres ir? ¿A robar ovejas otra vez? Si vuelven a atraparte, ¡esta vez te ahorcarán! Y a mí me meterán en la cárcel.

– ¡No me han pillado en más de diez años! -protestó él.

Gwyn suspiró.

– Porque encontraste esas tierras y ese paso. El escondite ideal. Ahora lo llaman McKenzie Highland. Seguramente seguirá llamándose así cuando nadie más se acuerde de John Sideblos-som y Gerald Warden.

McKenzie sonrió irónico.

– Pero ¡no puedes creer en serio que vayamos a encontrar otra vez algo así! Debes pasar los cinco años que te quedan en prisión, James. Cuando recuperes realmente la libertad, ya veremos qué hacemos. De todos modos, tampoco podría marcharme de aquí tan fácilmente. Las personas de este lugar, los animales, la granja…, James, todo depende de mí. Toda la cría de las ovejas. Gerald bebe más de lo que trabaja y, cuando lo hace, sólo se ocupa de la cría de los bueyes. Pero también en eso delega cada vez más en Paul…

– Con lo que el niño no es especialmente apreciado… -gruñó James-. Fleurette me ha contado un poco, incluso el agente de policía de Lyttelton. Lo sé todo sobre las llanuras de Canterbury. Mi celador se aburre y yo soy el único con quien puede pasar todo el día charlando.

Gwyn sonrió. Conocía vagamente al policía de haberlo visto en acontecimientos sociales y sabía que le gustaba hablar.

– Sí, Paul es difícil -reconoció-. Y por ello, todavía me necesita más la gente. Al menos por ahora. Dentro de cinco años todo será distinto. Entonces Paul casi será mayor de edad y no permitirá que le diga nada. Todavía no sé si quiero vivir en una granja administrada por él. Pero tal vez podamos quedarnos con un trozo de tierra. Después de todo lo que he hecho por Kiward Station, me corresponde.

– ¡No será tierra suficiente para la cría de ovejas -apuntó James entristecido.

Gwyn se encogió de hombres.

– Pero tal vez para la cría de perros o caballos. Tu Friday es famoso, y mi Cleo…, todavía vive, pero pronto morirá. Los granjeros se pelearían por un perro adiestrado por ti.

– Pero cinco años, Gwyn…

– ¡Sólo cuatro y medio! -Gwyneira se estrechó de nuevo contra él. También a ella le parecían cinco años eternos, pero no podía imaginarse otra solución. Y, de ninguna de las maneras, una huida a las montañas o la vida junto a un yacimiento de oro.

McKenzie suspiró.

– De acuerdo, Gwyn. ¡Pero debes darme ahora una oportunidad! Ahora soy libre. No me gusta pensar en volver a una celda. Si no me cogen, me abriré paso en los yacimientos. Y, hazme caso, Gwyn, ¡encontraré oro!

Gwyneira sonrió.

– Es cierto que también has encontrado a Fleurette. ¡Pero no vuelvas a hacerme lo de la chica maorí delante de un juzgado! ¡Pensé que se me paraba el corazón cuando hablaste de tu gran amor!

James hizo una mueca irónica.

– ¿Pues qué iba a hacer? ¿Confesarles que tenía una hija? Nunca buscarán a la chica maorí, saben exactamente que no tienen la menor posibilidad de encontrarla. Si bien Sideblossom sostenía, como es natural, que ella se ha quedado con todo el dinero.

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