En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Hacía días que Gwyneira se preguntaba qué sentiría cuando volviera a ver a James. Si lo reconocería de verdad y volvería a ver en él lo que entonces…, sí ¿qué? ¿Lo que entonces la había impresionado, cautivado? Fuera lo que fuese lo que había sido, se remontaba a doce años atrás. Tal vez su excitación estuviera de más. Tal vez sería sólo un extraño para ella al que siquiera hubiese reconocido por la calle.
Sin embargo, ya la primera mirada sobre el hombre alto que se hallaba en el banquillo de los acusados la iluminó. James McKenzie no había cambiado nada, al menos para Gwyneira. Por las ilustraciones de los periódicos que habían informado sobre su detención, había contado con encontrarse a un individuo barbudo y asilvestrado, pero ahora McKenzie estaba recién afeitado y llevaba ropa limpia y sencilla. Al igual que antes, seguía siendo delgado y fibroso, pero, bajo la camisa blanca y algo gastada, la musculatura revelaba un cuerpo vigoroso. Tenía el rostro quemado por el sol, salvo en los lugares que antes había cubierto la barba. Los labios parecían más finos, señal de que estaba preocupado. Gwyneira había visto con frecuencia esa expresión en su rostro. Y sus ojos… Nada, nada en absoluto había cambiado en su expresión osada y despierta. Claro que ahora no mostraba aquella sonrisa sardónica, sino tensión y tal vez algo parecido al miedo, pero las arruguitas de entonces seguían estando allí, aunque algo más marcadas, dando a todo el semblante de James un aspecto más duro, más maduro y mucho más grave. Gwyneira lo habría reconocido a primera vista. Ah, sí, lo habría reconocido entre todos los hombres de la isla Sur, cuando no de todo el mundo.
– ¡James McKenzie!
– ¿Señoría?
Gwyneira también habría reconocido su voz. Esa voz oscura y cálida que podía ser tan tierna, pero firme y segura cuando daba instrucciones a sus hombres o a sus perros pastores.
– Señor McKenzie, se le acusa de haber cometido numerosos robos de ganado tanto en las llanuras de Canterbury como en la región de Otago. ¿Se declara usted culpable?
McKenzie se encogió de hombros.
– En la región se roba mucho. No sabría, en lo que a mí concierne…
El juez aspiró una profunda bocanada de aire.
– Existen declaraciones de personas respetables que afirman que fue usted sorprendido con un rebaño de ovejas robadas por encima del lago Wanaka. ¿Admite esto al menos?
James McKenzie repitió el mismo gesto.
– Hay muchos McKenzie. ¡Hay muchas ovejas!
Gwyneira casi se echó a reír; pero en realidad estaba preocupada. Ése era el mejor método para que el honorable juez Sir Stephen montara en cólera. Además no tenía ningún sentido negarlo. El rostro de McKenzie todavía mostraba las señales de la pelea con Sideblossom y también Sideblossom debía de haberse llevado una buena paliza. Gwyn encontró cierta satisfacción en que el ojo de éste estuviera todavía mucho más morado que el de James.
– ¿Puede alguien en la sala dar fe de que se trata aquí del ladrón de ganado McKenzie y no, por azar, de otra persona que responde a este nombre? -preguntó el juez suspirando.
Sideblossom se levantó.
– Yo lo puedo atestiguar. Y tenemos una prueba aquí que puede disipar cualquier duda. -Se volvió hacia la entrada de la sala, donde había apostado a un ayudante-. ¡Suelta al perro!
– ¡Friday! -Una sombra pequeña y oscura pasó volando por la sala de audiencias directa hacia James McKenzie. Éste pareció olvidarse al instante del papel que había pensado jugar delante del tribunal. Se inclinó, cogió a la perrita y la acarició-. ¡Friday!
El juez puso los ojos en blanco.
– Podría haber sido una irrupción menos dramática, pero sea. Haga constar en el acta que el hombre fue confrontado con el perro pastor que conducía el rebaño de ovejas robadas y que ha reconocido al animal como suyo. Señor McKenzie, ¿no me contará que el perro también tiene un doble?
James esbozó su vieja sonrisa.
– No -respondió-. ¡Este perro es único! -Friday jadeaba y lamía las manos de James-. Su señoría, nosotros… nosotros podríamos detener un momento este juicio. Lo diré todo y lo admitiré todo mientras usted me asegure que Friday puede quedarse conmigo. También en la prisión. Eche un vistazo al animal, es evidente que apenas ha comido desde que lo separaron de mí. La perra no le sirve a ese…, al señor Sideblossom, no obedece a nadie…
– Señor McKenzie, ¡no estamos deliberando aquí sobre su perro! -contestó con firmeza el juez-. Pero si es así como está dispuesto a confesar… Los robos en Lionel Station, Kiward Station, Beasley Farms, Barrington Station… ¿corren todos de su cuenta?
McKenzie reaccionó con el ya conocido encogimiento de hombros.
– Hay muchos robos. Lo dicho, puede que de vez en cuando me haya apropiado de alguna oveja… Un perro como éste necesita adiestramiento. -Señaló a Friday, lo que desencadenó una fuerte carcajada en la sala-. Pero mil ovejas…
El juez volvió a suspirar.
– Bien. Si así lo quiere. Llamaremos a los testigos. El primero será Randolph Nielson, capataz de Beasley Farms…
La intervención de Nielson abrió una ronda de testimonios de trabajadores y ganaderos que sin excepción confirmaron que habían robado cientos de animales en las granjas mencionadas. Muchos habían sido recuperados en el rebaño de McKenzie. Todo eso era agotador y James habría podido abreviar el proceso, pero se mostraba obstinado y negó todo conocimiento sobre el ganado robado.
Mientras los testigos recitaban monótonamente cifras y fechas, McKenzie paseaba los dedos por el pelaje de Friday, acariciándola y sosegándola, dejando errar la mirada por la sala. Había cosas que antes de ese procedimiento le habían tenido más ocupado que el miedo a la soga. El juicio se celebraba en Lyttelton, en las llanuras de Canterbury, relativamente cerca de Kiward Station. ¿Estaría ella también ahí? ¿Acudiría Gwyneira? En las noches que precedieron al juicio, James recordó cada momento, cada acontecimiento por diminuto que fuera relacionado con ella. Desde su primer encuentro en el establo hasta la despedida, cuando ella le regaló a Friday. ¿Después de que lo hubiera engañado? Desde entonces no había pasado día sin que James pensara en ello. ¿Qué sucedió entones? ¿A quién había preferido antes que a él? ¿Y por qué parecía tan desesperada y triste cuando él la presionaba para que hablase? En realidad debería de haberse sentido satisfecha. El pacto con el otro había sido igual de efectivo que el que había cerrado con él…
James vio a Reginald Beasley en la primera fila, junto a los Barrington; también había sospechado del joven lord, pero Fleurette le había asegurado, respondiendo a sus cautas preguntas, que no mantenía ningún contacto con los Warden. ¿No se habría interesado más por Gwyneira si fuera el padre de su hijo? Al menos parecía ocuparse de forma conmovedora de los niños que estaban sentados entre él y su invisible esposa. George Greenwood no estaba presente. Pero según las declaraciones de Fleur, tampoco él entraba en consideración. Si bien mantenía un vivo contacto con todos los granjeros, siempre había protegido más a Ruben, el hijo de Helen O’Keefe.
Y ahí estaba ella. En la tercera fila. Casi escondida por un par de robustos ganaderos que se sentaban delante y que probablemente todavía tenían que declarar. Se inclinaba hacia delante y debía torcerse un poco para mantenerlo en su campo de visión, pero lo conseguía sin esfuerzo, delgada y ágil como estaba. ¡Sí, era hermosa! Igual de hermosa, despierta y vigilante como siempre. Su cabello se liberaba una y otra vez del rígido peinado con que había intentado domarlo. Tenía el semblante pálido y los labios entreabiertos. James intentó no cruzar su mirada con la de ella, habría sido demasiado doloroso. Tal vez más tarde, cuando su corazón dejara de latir frenético y cuando ya no temiera que sus ojos revelaran lo que todavía sentía por ella…