Torres de medianoche
- Автор: Джордан Роберт, Сандерсон Брендон
- Серия: La Rueda del Tiempo #13
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:
Persistía algo, muy en el fondo: la extenuación hasta la médula. Pero podía hacer caso omiso de eso. Se sentó, inhaló y exhaló, y después miró a Antail.
—¡Vaya si es útil ese tejido, hijo! ¡Tendrías que haberme dicho antes que sabías hacer esto!
—Es peligroso —repitió el Asha’man—. Más que la versión femenina, según me han dicho. Aunque, en ciertos aspectos, más eficaz. Estáis trocando un estado de alerta por un agotamiento más profundo después.
—Después ya no estaremos en medio de una ciudad que está cayendo en manos de los trollocs. La Luz lo quiera, al menos. ¿Y Deepe?
—Lo atendí primero —respondió Antail, que señaló con un ademan al Asha’man tendido en un catre cercano, con la ropa chamuscada y la cara manchada de sangre. La pierna derecha acababa en un muñón curado y parecía que el hombre respiraba, aunque seguía inconsciente.
—¡Connel! —llamó Ituralde.
—Milord —contestó el soldado, acercándose. Había encontrado un grupo de soldados para actuar como guardia personal.
Inspeccionemos este estropicio —dijo mientras abandonaba la tienda de heridos en dirección al Palacio de Cordamora.
La ciudad era un caos; grupos de saldaeninos y domani corrían de un lado para otro, al tuntún. Connel, demostrando ser previsor, mandó un mensajero a buscar a Yoeli.
El palacio se hallaba cerca, justo delante de la puerta principal de la ciudad. El muro que lo rodeaba había resultado dañado con la explosión, pero el edificio en sí parecía encontrarse intacto, de una pieza. Ituralde lo había estado utilizando como puesto de mando. Los hombres esperarían encontrarlo allí. Entraron corriendo, con Connel encargado de llevar la espada de Ituralde; le habían cortado el cinturón en algún momento, para quitársela. Subieron al tercer piso y a continuación corrieron al balcón desde el que se contemplaba el sector afectado por la explosión.
Como se había temido, la ciudad estaba perdida. En la sección destruida de muralla se había organizado la defensa a manos de una masa variopinta de hombres reunidos a toda prisa. Una creciente oleada de trollocs arrojaba balsas al foso y algunos empezaban a cruzarlo, seguidos por Fados. Los hombres corrían por las calles, desorientados.
Si hubieran dispuesto de más tiempo para prepararse, habrían resistido, como le había dicho a Deepe. Ahora no.
«Luz, esta defensa ha sido una sucesión de desastres».
—Reúne a los Asha’man —ordenó—. Y a cualquiera de mis oficiales que encuentres. Organizaremos a los hombres para una retirada a través de accesos.
—Sí, milord —contestó Connel.
—¡Ituralde, no! —Yoeli irrumpió en el balcón. Tenía el uniforme sucio y desgarrado.
—Habéis sobrevivido —exclamó Ituralde, aliviado—. Excelente. Mirad, vuestra ciudad ya está perdida. Lo siento. Traed a vuestros soldados con nosotros y podemos…
—¡Mirad! —gritó Yoeli mientras tiraba de él hacia un lado del balcón y señalaba hacia el este.
Una gruesa columna de humo se alzaba a lo lejos. ¿Un pueblo que los trollocs habían incendiado?
¡La almenara de la torre de vigilancia! —continuó Yoeli—. ¡Mi hermana ha visto que viene ayuda! Debemos resistir hasta que llegue.
Yoeli —dijo en voz queda Ituralde, tras una fugaz vacilación—, si una fuerza viene hacia aquí, no puede ser lo bastante numerosa para detener esta horda de trollocs. Y eso, dando por sentado que no se trate de un ardid. Los Engendros de la Sombra ya han demostrado en el pasado que son listos.
Dadnos unas pocas horas —pidió Yoeli—. Defended la ciudad conmigo y enviad exploradores a través de esos accesos vuestros para que comprueben si es cierto que una fuerza viene hacia aquí.
—¿Unas cuantas horas? —repitió Ituralde—. ¿Con ese agujero en la muralla? Nos enfrentamos a un número de tropas abrumadoramente superior, Yoeli.
—Por favor —suplicó el saldaenino—. ¿No sois uno de esos a los que llaman Gran Capitán? Demostradme lo que ese título significa, lord Rodel Ituralde.
Ituralde se volvió de nuevo hacia la muralla rota. Tras él, en la habitación, oía a sus oficiales reuniéndose. La línea defensiva en la muralla se estaba fragmentando. Ya no tardaría en caer.
Demostrarme lo que ese título significa.
Tal vez…
—Tymoth, ¿estás ahí? —llamó a voces.
Un hombre pelirrojo con chaqueta negra salió al balcón. Los Asha’man estarían a las órdenes de Tymoth ahora que Deepe había caído.
—Aquí estoy, lord Ituralde —saludó.
—Reúne a tus hombres —habló en tono de urgencia—. Id a esa brecha, y que los soldados que están allí se retiren. Quiero que los Asha’man contengan el asalto por ese agujero. Necesito media hora. Quiero que toda vuestra energía, todo lo que tengáis, se descargue sobre esos trollocs. ¿Me habéis oído? Todo lo que tengáis. Si sois capaces de encauzar lo suficiente para encender una vela cuando esto haya acabado, os arrancaré la piel.
—Señor, ¿y la retirada? —dijo el Asha’man.
—Deja a Antail en la tienda de Curación. Puede hacer un acceso lo bastante grande para que los Asha’man huyan. ¡Pero todos los demás a defender esa brecha!
Tymoth salió disparado.
—Yoeli —dijo Ituralde—, nuestro trabajo es reunir a vuestras fuerzas y conseguir que los hombres dejen de correr por toda la ciudad como si… —Vaciló. Había estado a punto de decir «como si esto fuera el jodido Tarmon Gai’don». Maldición.
¡Como si ya no hubiese mandos! —acabó—. Si queremos resistir, tendremos que estar organizados y ser disciplinados. Necesito a vuestras compañías de caballería formadas en el patio de armas dentro de diez minutos. Dad las órdenes.
—Sí, milord —repuso Yoeli con un saludo.
—Ah —añadió Ituralde, que se volvió hacia él—. Voy a necesitar un par de carretadas de leña menuda y tantos barriles de aceite como podáis conseguir. También a todos los soldados de nuestros dos ejércitos que tengan heridas en cara o brazos, pero que todavía puedan correr. Asimismo, conseguidme a todo aquel que siga en esta ciudad y que alguna vez haya usado un arco. ¡Moveos!
Casi una hora después, Ituralde se encontraba de pie con las manos a la espalda, esperando. Había dejado el balcón para observar desde una ventana a fin de no exponerse. Pero desde allí también tenía una buena vista de la batalla.
Fuera de palacio, el frente de los Asha’man empezaba a debilitarse por fin. Habían estado combatiendo durante casi una hora haciendo saltar por los aires oleada tras oleada de trollocs en una impresionante exhibición de Poder. Por fortuna, los encauzadores enemigos no habían aparecido. Tras aquella formidable demostración de Poder, con suerte se encontraban agotados y sin capacidad para encauzar.
Daba la impresión de que llegaba el crepúsculo debido a esas agobiantes nubes suspendidas en el cielo, así como las hordas de figuras que oscurecían las laderas de las colinas más allá de la ciudad. Los trollocs, menos mal, no tenían escalas ni torres de asedio. Se limitaban a atacar la brecha de la muralla —oleada tras oleada— fustigados por los Myrddraal.
Para entonces, algunos de los hombres de chaqueta negra se alejaban renqueantes de la brecha, exhaustos. Los últimos, unos pocos, lanzaron una andanada final de Fuego y Tierra saltando por el aire, tras lo cual fueron en pos de sus compañeros. Dejaron la brecha abierta de par en par y sin defensa, como se les había ordenado.
«Venga, venid», pensó Ituralde viendo que el humo empezaba a disiparse.
Los trollocs atisbaron con los ojos entrecerrados a través del humo y treparon por encima de los cadáveres de los que habían matado los Asha’man. Los Engendros de la Sombra se desplazaron a zancadas sobre pezuñas o gruesas zarpas. Algunos olisquearon el aire.